sábado, 24 de diciembre de 2011

HISTORIAS, RECUERDOS Y CURISIDADES


A partir de aquí vamos a incluir textos, historias, curiosidades, etc. Se admiten colaboraciones de todo el mundo. Lo importante es la colaboración.  

Todos los textos antiguos están transcritos fielmente del original, por lo que se pueden apreciar errores ortográficos.

De momento, como podréis observar, somos muy pocos los que trabajamos en el blog. Me gustaría que fuéramos muchos más. De vosotros depende que esto se llene de contenido y se haga más interesante, gracias por visitarnos.
Jose m Gregorio









  
RECUERDOS DEL TÍO FORTU - 7
 Era un domingo de primeros de marzo. Antes había habido bastantes días en los que el tiempo había estado "emberronado", con sacudidas de lluvia, frío y viento.
Era lo que “los del tiempo” en televisión habían denominado como una ciclogénesis explosiva. Menos mal, decía el tío Fortu, que ya había “escampao”. Quiso aprovechar la buena mañana de este domingo de marzo para "darse una vuelta hasta el río". Le habían dicho que "estaba bastante alto". No como antiguamente que, cuando se ponía a su máximo nivel, llegaba hasta las casas del pueblo. En esta ocasión quiso comprobarlo por sí mismo. Cruzó casi toda la localidad y no vio a nadie por las calles. Sólo se oía el silencio. Un silencio que, por ser tan intenso, casi se hacía molesto.
Al llegar a la plazuela de "delante de la casa que fue de Vicente el de Clara”, miró a la derecha y vio el triste espectáculo que presenta ahora aquello que antes fueron los huertos. Lo que en tiempos fue una bella arboleda de negrillos, ahora no es otra cosa que un amasijo entremezclado de arbustos enmarañados, de los que destacan garzas y tacales  (saúcos)  y de los que sobresalen, cual brazos esqueléticos, como pidiendo ayuda al cielo, las ramas secas y putrefactas de los últimos negrillos que se atrevieron a enfrentarse a la inmisericorde grafiosis.
Ya llegando a la calle Gadaña, cuyo rótulo vio en la pared de las tenadas de "Manolo el de Upe", escuchó el canto no demasiado armonioso de aves. El tío Fortu conocía bien ese canto. Le recordaba en algo al de las abubillas y también al de los cucos. Pero tenía otros matices. Él sabía que ese canto que procedía de los huertos lo emitían unas palomas, ¿o son tórtolas?, que en los últimos años se han extendido como la pólvora y a las que todo el mundo denominada como las turcas. Pensando en esto estaba, mientras continuaba su paseo. Fue entonces sorprendido por los estridentes ladridos de los que, según él, eran los “perruchos de Roquito”.
Los pequeños perros de caza ladraban amenazantes desde los cobertizos en los que los tiene encerrados su dueño, a la vez molestos por la presencia detectada de humanos, y también seguros de sí mismo por la protección que para ellos suponen los cobertizos. El tío Fortu no pudo menos que sonreír al pensar que esos perruchos, en esos momentos tan desafiantes y seguros de sí mismo por la protección que tenían, seguramente, de estar fuera, en la calle, saldrían huyendo como alma que lleva el diablo a la menor amenaza que se les hiciera.
Nada más haber dejado atrás lo que en su día fue la vivienda de Benito y de Atilana, los canes se callaron. Volvió de nuevo el silencio. Algunos minutos después casi se alegró de oír un leve murmullo del que al principio desconocía su procedencia. Después lo identificó como el ruido que hacía el agua del arroyo al caer, en forma de pequeña cascada, en la represa artificial hecha años atrás frente a la cortina de Segismundo. Poco después el tío Fortu llegó a lo que había sido la cortina de Victoriano. Y entonces los recuerdos llegaron a su mente de forma atropellada, en grupo, y empujándose unos a otros. El tío Fortu trató de calmarlos y de ponerlos en orden. Recordó en primer lugar que tiempo atrás el agua del embalse casi llenaba la cortina. Algunas veces, por portillos hechos en la pared de piedra de pizarra, se metían los peces. Él recordaba especialmente  las carpas. Y recordó que en más de una ocasión, cuando bajaba bruscamente el nivel de las aguas, algunas carpas quedaban allí atrapadas, lo que suponía una gran alegría para aquellos que, no sin esfuerzo, se disponían a atraparlas. No tuvo el tió Fortu nada más que levantar la vista y mirar hacia el otro lado del arroyo para reconocer que eso mismo ocurría a veces del otro lado, en las cortinas de Aureliano y de Benjamín el Rodero. Y una vez más el tío Fortu volvió a recordar con esto de “El Rodero” que qué ganas tenían los de nuestros pueblos vecinos con eso de poner motes. Y al recuerdo del tío Fortu llegaron los motes con los que también habían llegado muchos de los que, procedentes de Almendra, Palacios o Andavías, se habían casado en Valdeperdices: Benjamín el Rodero, Ángel el Torda, Juan el Reculo, Pepe el Miguelatos, Alejandro el Putica, Francisco el Chato….
El tío Fortu recordó también a todas las mujeres ( niñas y ancianas) que a ese lugar iban a lavar. Y las recordó especialmente en invierno, con el agua fría y las manos rojas. Algunas veces ellas debían romper el hielo antes de poder comenzar a lavar. Y a la mente del tió Fortu llegaron las banquillas, los lavaderos, los panales de jabón…
Recordó que una vez, siendo adolescente, corriendo por encima de la pared, había perdido el equilibrio y había caído al agua. Ésta, como era invierno, estaba muy fría. Riesgo no hubo ninguno porque la profundidad era escasa y el agua sólo le llegó hasta la rodilla. Eso sí, tuvo que soportar la risa y la burla de sus amigos. Todo terminó con una rápida carrera hasta su casa para cambiarse lo que se había mojado, que había sido casi todo.
Quiso acercarse a Tralpiñedo. Antes de llegar, las junqueras le hicieron recordar que aquel trozo de prado, al igual que la explanada próxima a Tralpiñedo, habían sido escenario de las capturas, ya entonces ilegales, de las carpas que "andaban al celo", a las que mataban algunos valdeperdiceños a golpe de guinchas o purrideras. Eran principalmente carpas casi negras, o casi blancas, parduscas, jardas, o coloradas. Recordó también que a veces los  que capturaban carpas de esa guisa eran a su vez capturados por los guardias o guardiñas, que los sancionaban con importantes multas. Y recordó también que, para evitar esto, muchas veces los valdeperdiceños pescadores habían de salir huyendo, "pies para qué os quiero", por Tralpiñedo, el Cajastro o las Estudas.
 Echó una ojeada al regato, antes completamente limpio, y ahora ocupado por agavanceras, zarzales, algún tacal (saúco) y, en el centro, todo lleno de bayones. El estado de éstos, medio deshechos en sus extremos, le recordó animales pelechando.
Iba con la intención de cruzar al otro lado del arroyo. No se atrevió a hacerlo. Consideró que podía caerse en aquellas piedras, según él, poco bien colocadas. Al volver sobre sus pasos, fue sorprendido por un ruido, como un fuerte chapoteo. Lo había hecho un "gran pajarraco", como si se tratara de una polla de agua gigante. El tió Fortu no sabía que era un cormorán. Esos "pájarotes", pensó, "antes no andaban por aquí".
Ya antes de lo del ruido del cormorán, el silencio estaba roto por el ruido que en aquel lugar hacía el agua al caer desde las tuberías de los desagües del pueblo.
 Decidió continuar hacia El Cajastro. Fue entonces cuando se levantó algo de viento. El suficiente como para que el sonido de esa brisa al chocar sobre su rostro se mezclara con el que hacía el agua al caer desde los desagües al regato. Fue también entonces cuando, mirando a su izquierda, se percató del estado en el que se encontraba la cortina de Alejandro el Putica, aquella que ya hacía varias décadas había hecho Alejandro en lo que se consideraba como tierra de nadie. Ahora la maleza lo ocupaba todo. Miro al otro lado, hacia el regato; también estaba todo aquello lleno de zarzas y tacales. Pero eso no llamó su atención. Sí lo hizo en cambio un grupo de cardos, considerados por él como muy especiales, unas plantas que el tió Fortu nunca había sabido cómo se llaman. Son plantas que, una vez secas, presentan al final de su ramas unas bolas parecidas a un huevo de gallina y que tienen la particularidad de poseer infinidad de celdillas. El tió Fortu recordó que siendo niño, él y sus amigos utilizaban aquello a modo de hisopo, para jugar a mojarse unos a otros. También llegó a la mente del tió Fortu algo que le aconteció una vez en su niñez. Era un día festivo. Su grupo de amigos y él habían estado jugando a mojarse en la zona de Tesorredondo y en el Chapazal. Cansados del juego, descendieron por la orilla derecha del regato hasta llegar a El Plantío. Desde allí vieron que en una de las solanas altas de El Piñedo había un grupo de mozas endomingadas. Alguien lo sugirió y todos los demás estuvieron de acuerdo. Cargaron sus hisopos improvisados con la líquida munición en el regato y con la mayor cautela posible, para que el agua no se cayera, ascendieron el Piñedo por la zona del Camino Zamora. Una vez arriba, fueron a situarse por detrás y por arriba de la solanera en la que se encontraban las mozas endomingadas. A una señal antes convenida, todos sacudieron sus hisopos a la vez sobre los cuerpos de las mozas que, pasado el susto inicial, emprendieron una rápida carrera, tratando de pillar a los muchachos, para darles su merecido. Los chiquillos corrieron más que las mozas y escaparon huyendo hacia Tralpiñedo. Pero no todos. El niño Fortu tropezó poco después de haber comenzado la huida. Cayó mal y se torció un tobillo. Gritaba desesperado por el dolor. Así las cosas, llegaron las mozas. No se compadecieron ni de su caída ni de lo que ellas entendían como teatro, al quejarse Fortu. Tras darle su merecido en forma de pescozones y cachetes en el culo, lo dejaron donde se había caído, en la zona más alta de El Piñedo. El tió Fortu, a sus casi 90 años, recordaba también que después el niño Fortu había tenido que descender "de allí arriba" medio a la pata coja, dando un gran rodeo por la zona del Camino Palacios.
Tras esos recuerdos el tío Fortún no se pudo resistir a coger uno de aquellos “cardos”. Quería volver a experimentar cómo funcionaban como hisopos. Lo hizo nada más llegar al Cajastro y se alegró de que fuera todo tal como él lo recordaba. Otra cosa que también hizo el tió Fortu en esos momentos fue comprobar que el nivel de las aguas del embalse había descendido algo en relación a como había estado en días anteriores. Esto lo dedujo por ciertas marcas que de su situación anterior había dejado el agua.
Después decidió continuar hasta "Las Peñas". Se temía que, pasado el minúsculo regato del Cajastro, tuviera dificultades para continuar su camino por una zona en la que, cuando los inviernos venían muy “cargados”, solía estar empantanada. No fue así. A pesar de que en las junqueras el suelo estaba algo blando, no era lo suficiente como para obstaculizar el paso.
Continuó por el sendero. Le llamaron primeramente la atención unas minúsculas flores parecidas a margaritas y cuyo nombre él desconocía; como también desconocía el de otras que vio poco después y que en algo le recordaban a las "comemeriendas" que salían en las eras cuando ya "se estaban barriendo éstas", una vez que ya se había terminado de llevar la paja a los pajares o a las pajeras.
Siguió avanzando y en un momento dado se detuvo a observar una larga fila de hormigas que le recordaron las procesiones de cofrades de la capital de su provincia en la Semana Santa. La larga fila terminaba bajo una peña. Fue entonces cuando recordó algo de su niñez. Eso había ocurrido cerca del “Puente de los Tres Ojos”. Aquel verano la era de su padre estaba en la zona de La Fontana. Un día a la hora de la siesta el niño Fortu  salió "a dar una vuelta por ahí”. Ya cerca del puente le llamó la atención una hilera de hormigas de un tamaño poco habitual, por lo grandes que eran; también, por la facilidad con la que transportaban los “titos” de trigo y de cebada. Si mucho le sorprendió eso, no le sorprendió menos que en una hilera paralela a la formada  por esas hormigas, hicieran lo mismo otras de parecidas dimensiones, si bien de una coloración algo diferente. Esto sólo se apreciaba si uno era capaz de fijarse bien. El niño Fortu dedujo por ello que unas y otras hormigas debían de ser de familias y hormigueros diferentes. Y entonces él quiso confirmar algo que ya antes había oído. Para ello cogió una hormiga y la colocó en la hilera que no era la suya. Enseguida fue atacada por varias de sus adversarias, hasta que la mataron y se la llevaron como trofeo, en la misma dirección en la que llevaban las semillas de trigo y de cebada. Como le pareció una lucha desigual, cogió otro hormiga y la colocó en la hilera de sus adversarias, pero en este caso procurando que sólo fuera una la que se pudiera enfrentar a la “intrusa”. Una contra una, la pelea estuvo bastante igualada, pero finalmente la intrusa huyó en dirección al lugar donde estaban las de su hormiguero. Todavía el niño Fortún quiso saber más, por lo que repitió la escena , pero haciéndolo al revés. Lo continuó repitiendo varias veces, cambiando de intrusas y de escenario. El resultado se repetía; siempre la vencedora era la propietaria del hormiguero y la que huía era la intrusa. Y si Fortu no apartaba a las propietarias del hormiguero, éstas, en grupo, mataban a la forastera. Eso hizo que el niño Fortu confirmara dos frases que había oído muchas veces. Eran aquello de que la unión hace la fuerza y que cada gallo canta en su “muradal”.
Tras la observación del hormiguero continuó sólo unos metros más adelante. Se sentó un ratito sobre las piedras de "las Peñas", que estaban bastante cubiertas de musgo y de líquenes.
 Le extrañó que en todo el rato que estuvo allí en el agua del embalse "no saltó" ni un solo pez. Era como si allí no hubiera vida. Y pensaba él que antiguamente en un día soleado como aquel, se habrían visto saltar, saliendo fuera de la superficie el agua para caer enseguida, a multitud de peces, principalmente cartas. Él, que ahora a sus ya casi 90 años ya no sabía mucho de esas cosas,  estaba oyendo decir a los pescadores que ahora ya había otras clases de peces en el río, peces que alguien había echado, y que los nuevos se habían comido a los de antes.
 Regresó al pueblo por el mismo camino, y también con comparecidos resultados. No encontró a nadie en las calles. El silencio seguía haciéndose pesado y molesto. Sólo ya cuando iba llegando a su casa le sorprendieron unos maullidos quejumbrosos, similares a llantos de niños pequeños. Al tió Fortu eso no lo cogió por sorpresa. Sabía muy bien que, aunque algo tarde ya, algunas gatas todavía "andaban a gatos"; éstos se estarían peleando entre ellos por conseguir los favores de las hembras. Y entonces el tío Fortún recordó que durante muchos años, cuando llegaba el mes de febrero, había escuchado a sus mayores recitar una poesía o relación que decía más o menos así:

       FEBRERO  Y  LOS  GATOS.

Agitados y revueltos
este mes trae a los gatos
y en jardines de su amor
se convierten los tejados.

Ni que llueva, ni que nieve
ni que esté la noche helando,
el morrongo que se siente
de verdad enamorado,
a buscar a su morronga
lánzase por los tejados
y la llama con maullidos
que molestan demasiado.

También pasa algunas veces
que el morrongo está maullando
y con otro morronguito
la morronga pasa el rato.
¡Ay, qué escena tan terrible!
El morrongo que es burlado
al otro minino ataca
con mordiscos y arañazos.
Y enzarzados en la lucha
caense desde el tejado
sobre un grupo de comadres
que pasando están el rato,
contando cosas y “chismes”
de personas de aquel barrio.

¿De quién fue mayor el susto
del alboroto causado?
Eso sólo lo sabrán
las comadres y los gatos.

El tió Fortu continuó su camino hacia su casa donde ya “la parienta”  le estaba esperando para comer.

                   (Patrocinio Berrocal)

RECUERDOS DE EL TIÓ FORTU — SEIS

Era un día de enero, ya pasados los Reyes. Sin que el tió Fortu acertara a saber la causa, ese día, en lo relacionado con la temperatura, "había salido" mucho mejor de lo que en principio se podría esperar, dadas las fechas. "De éstos, pocos en esta época del año", pensó él. Como "había que aprovechar", el tió Fortu decidió salir a dar un paseo, nada más haber terminado de comer. En esta ocasión lo hizo por el antiguo Camino Zamora, por el lugar que los valdeperdiceños llaman las “sorretinas”.
Dejó a la derecha viviendas ya casi totalmente derruidas, las que habían sido del tío Andrés y de Asela. Se le hizo un nudo en el estómago, al pensar que no mucho después de que el "estirara la pata", algo parecido ocurriría con su propia vivienda.
A la izquierda quedaban algunas de las solanas de la zona alta del Piñedo. Seguramente aquella tarde "allí arriba se estaría de puta madre", siguió pensando. Él ya, a sus casi 90 años, no se sentía con fuerzas para subir allí. Además aquella tarde, aunque hubiera sido capaz, tampoco lo habría hecho. Debía caminar todo lo que sus piernas se lo permitieran.
Al llegar al Camino Palacios tuvo la tentación de continuar por Traslacuesta, pero no se atrevió. Sabía que ese camino terminaba por cortarse al llegar a la huerta de Inocencia. Podría ocurrir que, una vez allí, no pudiera pasar sin riesgo de atollarse. No era difícil que eso pudiera ocurrir, debido a que en los días anteriores había llovido bastante.
Así pues, optó por subir por el Camino Palacios, ahora ya asfaltado. Cuando llegara arriba, pensó, giraría a la derecha, para continuar por los Llanos hacía la Cañada de las Merinas. Una vez allí, regresaría por la Peña.
Así lo hizo. Una vez en el pequeño promontorio rocoso, dejó el camino de Concentración Parcelaria y se puso del otro lado, donde daba el sol de plano. Sí señor, pensó, buena solana era aquella. Y allí fue donde decidió sentarse a descansar, a calentarse al sol y a dejar que sus pensamientos no llevaran a donde quisieran.
El hecho de saber que frente a él, a la derecha del Montico, estaban las naves de ganado de Atanasito y de David, le hizo pensar en la gran diferencia existente en la manera de cuidar del ganado "de antes y de ahora".
Eso hizo que sus pensamientos retrocedieran bastantes décadas. Y así se vio a sí mismo, siendo todavía un adolescente, "un muchacho" decía él, yendo "de ayuda" con su padre.
No muy lejos de allí en cierta ocasión el tío Severiano, su padre, y él estaban cuidando del ganado de ovejas de su propiedad. Había sido una primavera muy seca. No había llovido prácticamente nada. Eso había hecho que hubiera muy poca hierba para los animales. Los pastores se veían obligados a introducir el ganado en lugares de difícil acceso o de dimensiones  reducidas, donde poder encontrar algunas matas de hierba, para que comieran las ovejas. Una tarde en que éstas no hacían otra cosa que "berriar”, pidiendo la comida que no tenían, su padre decidió meterlas en una estrecha finca, rodeada ésta por otras cultivadas con algarrobas. En esa estrecha tierra sí había hierba, aunque no fuera mucha. Eso era así porque no era nada fácil acceder a ella; había que hacerlo por un estrecho camino a cuyos lados había también fincas cultivadas.
Llevándolas “acordonadas” y casi corriendo, padre e hijo, con la ayuda de los perros, hicieron que las ovejas recorrieran en pocos segundos el camino que llevaba a aquella tierra que tenía algo de pasto.
En los primeros minutos las ovejas se entretuvieron en comer la no mucha hierba que allí había. Pero ocurrió que, una vez que se acabó la hierba existente, las “mecas” continuaban teniendo hambre, por lo que comenzaron a  quererse introducir en las tierras cultivadas, para saciar su hambre con las plantas de algarrobas, cuyas vainas en aquellos días ya estaban granadas.
Con la “cacha”, a pedradas, a terronazos y con la ayuda de Rubio, el perro, Fortu trataba de impedir que las ovejas entraran a comerse las algarrobas. El perro mostraba intenciones claras de no querer conformarse con ladridos para mantener a raya a las ovejas en su intento por entrar a comer en el sembrado. Fortu en ese sentido debía frenar al perro en su intento por morder, pues sabía que el perro “tenía dinamita en los dientes”. Oveja a la que mordía Rubio, o quedaba malherida o moría. Todos decían que aquel perro era demasiado fuerte y que además mordía en muy malos sitios.
En un momento dado las ovejas "quisieron apoderarse" y un grupo bastante numeroso de ellas entró en la zona de las algarrobas. Entonces Fortu ya no se aguantó más y mandó al perro que atacara. Y eso fue lo que éste hizo rápidamente y  del modo en el que lo solía hacer; es decir, a lo bestia.
Tras morder Rubio a varias ovejas que, asustadas, salieron huyendo del sembrado, el perro se lanzó en un nuevo ataque contra la única oveja que en aquellos momentos quedaba comiendo en la finca de las algarrobas. La mordió en el pescuezo y la dejó muy malherida.
En algunas ocasiones las ovejas que eran mordidas por los perros en las gorjas, se desangraban y morían, pasados no muchos minutos. Sin embargo, en aquella ocasión no hubo demasiado derramamiento de sangre y la oveja, aunque debilitada, siguió al rebaño durante todo el día.
A la mañana siguiente, al llegar al corral de las cañizas, Fortu y su padre la encontraron muerta. Después alguien les dijo que a la oveja se le habría infectado la herida, se habría inflamado el pescuezo y eso le habría oprimido la garganta hasta no dejarle respirar.
Su padre en aquella ocasión se tuvo que conformar con despellejarla. Si hizo eso, fue porque en aquellos años la piel de las ovejas "valía un dinero". La carne sin embargo, la dejó allí para que se la comiera los buitres; ya olía mal.
Eso de que  las pieles de las ovejas en aquellos años “valieran un dinero” trajo a la memoria del tió Fortu las imágenes de los pellejeros, anunciándose por las calles del pueblo, llevando a sus hombros o a sus espaldas las pieles ya adquiridas.
Y de esas escenas recordó dos en especial. Durante aproximadamente media docena de años dos de los pellejeros que solían ir por Valdeperdices, eran hermanos y, por lo que fuera, "no se llevaban bien".
En una ocasión el tió Fortu, entonces ya adulto, presenció cómo uno de los dos hermanos insultaba de muy malas maneras al otro, que se limitó a abandonar el lugar y el pueblo, dejando lo de la compra de las pieles para mejor ocasión.
No pasados muchos días, volvió por el pueblo aquel de los dos hermanos que en la ocasión anterior había sido insultado. Y entonces varios valdeperdiceños lo animaban a que contara los motivos de desavenencia con su hermano; le tiraban de la lengua y lo "encismaban", para que hablara mal del otro. No consiguieron que "soltará prenda". Como quiera que los valdeperdiceños mostraran su extrañeza por ello, el pellejero se limitó a decir: yo nunca hablaré mal de mi hermano; quien eso hace, habla mal de sí mismo, porque sabido es que por mucho que salte la astilla, nunca llegará muy lejos del madero.
No había terminado de recordar lo relacionado con los hermanos pellejeros cuando, sin él saber la causa, el tió Fortu notó que llamaba a la puerta de sus recuerdos el Tió Procopio el pastor.
El Tió Procopio era ya un anciano cuando el tió Fortu era sólo un muchacho de unos 14 años. Ahora el tió Fortu, a sus casi 90 años, se sonreía al pensar que en aquellos años se consideraba ya como un anciano muy anciano a alguien que no tenía más de 60 años. Y pensaba también que eso ahora habría sido diferente.
Pues bien, el Tió Procopio a sus 60 años ya no trabajaba de forma continuada en su profesión. Antes sí. Se solía ajustar con algún "amo", propietario de algún rebaño de ovejas, durante todo un año, de San Pedro a San Pedro. Pero ya hacía dos años que había comenzado a tener problemas de salud. En el mal tiempo "cogía unos catarros que pa qué". Eso hacía que sólo aceptara algunos trabajos por cortos períodos de tiempo, generalmente en los meses del año en los que hacía más calor.
Y así fue como unos días después de lo de la oveja “agorjada” por el Rubio, la madre del muchacho Fortu ajustó al Tió Procopio como pastor por unos días, debido a que su marido "andaba macanche", porque en el pueblo había algo de “andacio”. Así fue como durante aproximadamente una semana el Tió Procopio, con la inestimable ayuda de Fortu, cuidó del rebaño de ovejas del tío Severiano, el padre del muchacho.
El Tió Procopio tenía fama de haber sido un muy buen pastor, al que todos los amos querían para que cuidara sus ovejas y que, en consecuencia, siempre había sido uno de los que más cobraban por su trabajo, a pesar de que eso también siempre había sido bien poco.
Lo único que se le solía objetar al Tió Procopio era que en algunas ocasiones muy excepcionales, de gran escasez de pasto, era demasiado atrevido para meter a pastar a las ovejas en lugares no debidos, por prohibidos. Eso hacía que después, en el caso de que eso fuera descubierto, los dueños del ganado tuvieran que pagar la correspondiente sanción económica.
En esa semana en la que el Tió Procopio el pastor actuó como tal para el tió Severiano, el padre de Fortu, una noche, cuando pastor  y zagal intentaban meter las ovejas en el corral de las  cañizas para que pernoctaran, las reses se negaban a obedecer las órdenes. Esto fue interpretado por el Tió Procopio como una clara muestra de que los animales no querían encerrarse, debido a que tenían hambre. Fue entonces cuando el pastor le dijo al zagal:
— No podemos encerrar las ovejas así.
— ¿Así, cómo?
— Sin haber comido lo imprescindible.
— ¿Y qué podemos hacer?
— Meterlas donde sea, para que coman.
— ¿Y si nos pillan?
— Es un riesgo que tenemos que correr.
En aquellos años los valdeperdiceños durante cierto tiempo mantenían acotadas al pastoreo algunas zonas comunales, así como aquellas fincas privadas que, estando en la hoja de los sembrados, no se hubieran cultivado. Todo ello se conocía como los "labraos".
El Tió Procopio sabía que no muy lejos del lugar donde iban a encerrar las ovejas había un “labrao”. Era una finca particular no sembrada ese año, situada entre otras tres cultivadas y un camino. A criterio de el Tió Procopio la finca en cuestión no tenía un demasiado difícil acceso para el rebaño. Al no haber sido pastoreada, en aquellos días tenía "muy buena comida", principalmente “alverjacas y reventón” con las vainas ya granadas.
Dicho lo dicho, el Tió Procopio obligó a las ovejas para que entrara en el corral. Fortu no entendía nada. Si el Tió Procopio había dicho que iban a llevar las ovejas a comer la hierba del labrao, ¿para qué las metía en el corral?
El Tió Procopio lo hacía para allí dentro poder hacer algo que él consideraba necesario. Eso era quitar a media docena de ovejas las cencerras que llevaban en sus pescuezos. Era una medida necesaria para no hacer demasiado ruido y así poder cometer la infracción sin ser descubiertos.
“Descencerradas” las ovejas y haciendo el menor ruido posible, se encaminaron al “labrao”.
Tal como el tió Procopio pensaba y decía, no le fue demasiado difícil a pastor y zagal, lógicamente con la inestimable ayuda de los perros, hacer que las ovejas llegaran al lugar de destino. Una vez allí, las “mecas” se dieron buena prisa en llenar la panza con aquellas tan nutritivas hierbas.
Cuando el tió Procopio consideró que por aquella noche las ovejas ya habían tenido tiempo suficiente para satisfacer su hambre, decidió dar por terminada la excursión nocturna por lo prohibido. En consecuencia, comenzó a hacer lo necesario para abandonar el lugar. Fue entonces cuando, sin saber de dónde había salido, hizo acto de presencia el guarda.
¡Qué, tió Procopio!¿Haciendo de las suyas?
  El tió Fortu, a sus casi noventa años, ya no recordaba el nombre de aquel guarda. Sí, que en aquellos años los valdeperdiceños todos los años ajustaban  un guarda para que cuidara los sembrados y los pastos acotados. También recordaba que a aquellos a los que el guarda sorprendía cometiendo una infracción, tenían que pagar una multa.
  Del guarda que los sorprendió aquella noche el Tió Fortu recordaba que era un mozo que no era natural de Valdeperdices y que procedía de un pueblo no muy distante y situado al otro lado del río Esla.
 También recordaba el tió Fortu que, según le había dicho su padre, “la broma de la entrada en el labrao le había salido basta




PARA UNA CONVIVENCIA SALUDABLE


Vivir en paz siempre es un deseo. Eso conlleva convivir partiendo de unos mismos principios rubricadamente aceptados. Principios, porque no tienen comienzo y no tienen temporalidad establecida ya que se trata de una ley natural. La ruptura es antigrupal; estalla y atomiza el todo.
Convivir es mantener vivos, recientes y constantes los principios aceptados. La vida del hombre es, simplemente, un recordar, un revivir lo que nos anonadó, lo que nos ensalzó, lo que nos empujó a seguir el camino. Es un todo de llanto y risa, de soledad y grupo, de amor logrado y amor ansiado. Es humanidad.
El grupo es un engranaje de voluntades imperfectas que logran el funcionamiento de la máquina social, en función de un objetivo firmado y, la mayor parte de las veces, interesado. El engranaje produoce un movimiento, en general, callado, sin roces estridentes, porque existe la sumisión a los mismos principios, con el deseo, que no el logro, de una uniformidad y el ritmo cronológico alternado.
Se trata de avanzar hacia la meta sin dejar de ser lo que cada uno es, calculando bien el ser individual que nos acompaña; dejar hacer, dejar pensar, dejando retazos vitales en la marcha programada. Toda la vida es un programa trazado con lo que fuimos, con lo que aprendimos en el tiempo que ya no existe. Todo es un pasado recordado.
De esa historia pasada, recordamos y escogemos aquello que nos aplaudieon, añadiéndole elementos del presente, para continuar construyendo nuestra torre de Babel que fundamentamos en la esperanza de coronarla con la estrella que servirá de guía hacia lo más alto, a lo más ajeno a la mentira, de los odios originales, cainitas, de los usurpadores de la paz, de los desalmados radicales e impositivos, de los nihilistas y de la prisión de un mundo troceado.
Ciertamente que los principios rubricados por todos, son como artículos constitucionales que los jerarcas, y sólo ellos, interpretan, aunque todos esos principios hayan sido entregados al grupo. Grupo que deposita su voluntad de juicio en esa jerarquía titulada y cambiante.
El objetivo del grupo es alcanzar la meta y romper la cinta separadora del antes y el después, sin tener nada de qué arrepentirse, al no tener la responsabilidad de juicio y haber aceptado la "infalibilidad" vital del intérprete.
Desiderio Macías.



RECUERDOS DEL TIO FORTU   5          
Aquella tarde de diciembre, nada más terminar de comer, el tió Fortu salió de su casa... "como alma que lleva el diablo". Cómo le habría gustado a él entonces, a sus casi 90 años, “haber dispuesto de las piernas” de cuando tenía 12 años, para haber salido corriendo, saltando y brincando "a tometer". Pero ya a su edad, “aunque no me puedo quejar”, sus piernas ya no eran lo que habían sido y, aunque todavía podría ser la envidia de sus vecinos de la misma edad, porque podía permitirse el lujo de dar paseos... de saltar y de correr… ya nada de nada.
Si el tió Fortu aquella tarde salió de su casa como salió, fue debido a que durante casi una semana el cielo se había puesto "emberronao” y no había hecho otra cosa que llover y llover, aunque no hubiera caído mucha agua. Pero aquel día, a media mañana, todo había comenzado a cambiar. Ya a mediodía habían terminado de desaparecer las nubes y lucía un radiante sol. El tió Fortu decidió que debía aprovechar la ocasión para estirar las piernas y para disfrutar de aquella buena tarde, poco habitual, según él, en esa época del año.
Y decidió dar un paseo, caminando por el Camino Muelas. Al hacerlo, tenía temores y esperanzas. Temores, porque con frecuencia el mencionado camino tenía piedrecitas sueltas de canto rodado que las ovejas levantaban al caminar por él. Eso era bastante molesto para los pies. La esperanza de que eso no ocurriera estaba basada en que aquella misma mañana desde su casa había visto cómo pasaban por ese camino dos tractores. Consideraba el tió Fortu que en esa ocasión, al estar el suelo algo húmedo, las piedrecitas estarían aplastadas y hundidas dentro de la tierra, por el peso de las ruedas de los tractores.
Después resultó que sus esperanzas se cumplieron y que pudo caminar sin problema alguno por ese camino denominado por los valdeperdiceños como “carretera de concentración parcelaria”.
Al salir del pueblo por esa zona y ver las edificaciones semiabandonadas de la derecha del camino, recordó que en algún tiempo todo aquello habían sido eras privadas. Y pasaron por su mente las imágenes de Ventura el de Juliana, de Florentino el de Laurentina y  de Felipe el de María Inés (el también conocido como Felipote).
Ya subiendo la cuesta, recordó que en aquel lugar durante bastantes años había habido pajeras, como también las había habido en otros lugares como el Ejido y Tesorredondo. Las pajeras no eran otra cosa que montones de paja de trigo o de cebada que hacían los valdeperdiceños con la que no les cabía en sus pajares. Esa paja solía ser la primera que se utilizaba, antes de que fuera deteriorada por la lluvia. Se usaba preferentemente para la lumbre y para que sirviera como camas para los animales. Alguna de ella terminaba convirtiéndose el estiércol.
Y sin que el tió Fortu lo pretendiera le llegaron las imágenes de Antonio el de Alejandra (el también denominado por muchos como el tío Antoñete). En esas imágenes Antonio el de Alejandra se le presentaba cazando pardales con pajareras en las pajeras de Tesorredondo, por donde ahora vive Serafín el de Eleuteria. Y el tió Fortu se sonrió pensando qué opinarían de esto algunos de los llamados por él mismo como ecologistas domingueros. Seguramente se rasgaría las vestiduras por el hecho de que, según su criterio, fuera una crueldad innecesaria matar a los pajarillos de ese modo.. El tió Fortu consideraba, sin embargo, que aquello que hacía Antonio el de Alejandra, y que hacían muchos de sus convecinos en Valdeperdices años atrás, no suponía daño alguno a la naturaleza, como había quedado bien demostrado, dado que aquello jamás causó ningún tipo de extinción para los animales víctimas de ese tipo de caza. Otras serían después las causas (insecticidas, herbicidas, desmontes que eliminaban lugar de refugio o de nidificación) las que después, con el paso de los años, habían ocasionado grandes daños a animales y plantas, muchas veces ya irreversibles.
Una vez pasó la zona en la que en su día había habido pajeras, el tió Fortu se limitó a caminar y a disfrutar con la vista de lo que había a su alrededor. De vez en cuando se detenía para mirar hacia todos los lados. No era mal observatorio aquel. Cierto que podría haber visto más cosas si se hubiera llegado hasta el Cerro las Cumbres, pero lo que se veía desde el Camino Muelas tampoco estaba nada mal.
Desde allí pudo contemplar los grandes molinos, como enormes gigantes de tres brazos y ojos relucientes de cíclope, instalados por alguna compañía eléctrica en la zona de El Sierro y también en cerros cercanos a Villaflor. Desde allí podía ver también, medio confundidos en color con el cielo, los cerros situados al otro lado del embalse. De modo muy parecido, los jarales de Las Fuentes. A su izquierda y más cercanas se veían zonas de El Seis y de El Siete, El Montico , Las Coronas y El Valle.
Eso fue haciendo hasta llegar a "La Senara la Iglesia". Y entonces recordó que poco después de pasar el bacillar de Benjamín el de Florencia, y a la derecha del camino, había una tierra que era propiedad de la Iglesia y que ésta durante bastantes años la tuvo arrendada a un agricultor de Almendra. Recordó también que, aunque él eso ya no lo conoció, oyó alguna vez decir que, cuando allá por 1923 se compró a Dª. Victoriana Villachica las tierras de El Término, había habido cierto enfrentamiento entre los vecinos de Valdeperdices con el cura, que por entonces era don Santiago Sastre. Todo, porque los vecinos del pueblo no querían que la Iglesia, como institución, participara en la compra de aquellas tierras, como si de un vecino más se tratara. Según los que le habían contado eso al entonces joven Fortu, en aquella ocasión la Iglesia "se había salido con la suya" y había adquirido un trozo de terreno que después sirvió para que a ese lugar se le conociera como "Senara de la Iglesia". Y entonces a la mente del tió Fortu llegaron las imágenes de otras propiedades de la Iglesia en Valdeperdices que él ya había conocido bien. Eran: la casa del cura y dos cortinas. La primera de ellas el tió Fortu nunca la conoció habitada por ningún sacerdote, que en aquellos años ya vivía en Almendra; sí, en cambio, habitada por otras personas a las que el cura se la arrendaba. De las cortinas una era aneja a la vivienda. La otra estaba situada a la salida del pueblo y durante muchos años la cultivó, arrendada, Manolo, el conocido como Roquito.
Antes de llegar a las Eras del Campo, el tió Fortu giró a la izquierda, para regresar al pueblo por lo que había sido la cañada de La Majada y que ahora es una carretera de concentración parcelaria, que no hace muchos años fue asfaltada.
Antes de llegar a Valdelamor se paró unos minutos, para descansar y, como tantas veces, para recordar hechos que a él le habían acontecido allí, siendo niño o adolescente. En esta ocasión fueron dos los hechos recordados. Los dos tenían que ver con las ovejas.
El primero de ellos había acontecido en una fría mañana de invierno, seguramente en los días de Navidad. El tió Fortu dedujo que debería de haber sido por esas fechas, porque de lo contrario él  a aquella hora debería haber estado en la escuela. Lo que recordaba el tió Fortu era que aquella mañana su madre, por deseo de su padre, le había mandado que fuera a La Majada a cambiar el corral de las cancinas. Debe decirse que no era nada habitual que en aquella época del año esos animales pernoctaran a la intemperie. Lo habitual era que pasaran la noche en las tenadas. Sin embargo, en aquella ocasión los padres del muchacho Fortu tenían una "punta de cancinas" a las que dejaban pernoctando en una tierra de las que "iban a dar a la cañada de La Majada". Seguramente eso sería debido a que no les cabrían en las tenadas, ocupadas éstas por las ovejas de vientre, “emparejadas” o preñadas.
"El caso fue, recordaba ahora el tió Fortu a sus casi 90 años, que aquella mañana, cumpliendo lo ordenado por mis padres, fui caminando hasta el lugar donde estaba el corral de las cañizas. Lo que tenía que hacer, en teoría, no era nada demasiado complicado. Total, mover las cañizas, una a una, de un lado para otro, hasta formar con ellas un nuevo recinto de forma cuadrada en un lugar nuevo y contiguo al anterior. Pero claro, la teoría era una cosa y la práctica otra. Para empezar, a mí entonces "no me acompañaban las fuerzas" y tenía serias dificultades para "cargar con una cañiza" y no digamos nada para cargar a la vez con una cañiza y con el tajo correspondiente, como hacían los mayores. Yo tenía entonces asumido que debía llevar primero el tajo, para después ir a buscar la cañiza, que colocaría en el tajo y que finalmente sujetaría a la anterior, juntándolas por las pernillas, valiéndome para ello de una corra de alambre.
Con muchas dificultades y esfuerzo, porque el peso de las cañizas era demasiado para mis escasas fuerzas, fui llevando y colocando en el lugar correspondiente algunas cañizas y algunos tajos. Pero enseguida me comenzó a ocurrir algo con lo que yo antes no había contado. Las manos se me comenzaron a entumecer y a quedar insensibles. No era nada extraño que eso ocurriera. Hacía un frío que pelaba. Además las tablas de las cañizas estaban cubiertas de una fina capa de hielo. Tuve que abandonar el trabajo momentáneamente. Debía hacer que las manos recobraran la sensibilidad. Para ello las metía bajo la ropa del pecho y las flotaba sobre mi cuerpo y también entre ellas. Cuando conseguía que estuvieran de nuevo disponibles, volvía al trabajo que cada vez se me hacía más difícil. Y así una y otra vez, porque, con sólo llevar una cañiza o un tajo, las manos volvían a las andadas de quedarse insensibles. Finalmente, cuando me quedaban sólo dos cañizas y sus correspondientes tajos por colocar, tuve que renunciar a terminar el trabajo. ¿Después? Seguramente volvería por la tarde a completarlo. También recuerdo que como consecuencia de aquello en los días siguientes mis dedos lucieron unos buenos sabañones que picaban de lo lindo".
Lo del cambio del corral de las cañizas que el tió Fortu, ahora a sus casi 90 años, recordaba, había acontecido en una tierra situada al lado izquierdo de la Majada, viniendo de las Eras del Campo. Aquella tarde el anciano recordó también que del lado de la derecha, y seguramente el mismo año, sólo que ya cerca del verano, le había acontecido algo que para el niño o adolescente Fortu había tenido consecuencias bastante desagradables.
"En aquella ocasión, continuó recordando el tió Fortu, yo andaba de ayuda con mi padre. No recuerdo muy bien, maldita sea esta niebla que se me pone delante, si eso era así porque yo entonces ya había dejado de ir a la escuela por la edad, o porque mi padre me había "sacado de ir a la escuela", porque me necesitaba para que le ayudara en el cuidado de las ovejas. El caso fue que un día, por la razón que fuera, mi padre hubo de ausentarse y me dejó a mí solo con el ganado en las Eras del Campo. Según él, lo único que debía hacer  yo aquella mañana era estar un poco más con las ovejas en aquellas eras donde "no había nada que cuidar". Después, cuando yo notara que se querían amarizar, debería llevarlas por la Majada hasta el pueblo, para que sestearan en las tenadas.
Después y en principio todo fue bien. Lo malo fue que ya cerca de Valdelamor el perro se me largó con una perra "que andaba a perros". Y entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir, que las ovejas, al no disponer yo de perro, se me envalentonaron y “se me apoderaron”. No pude impedir que se metieran en un melonar de los que había al lado derecho de la cañada. Las plantas de sandía y de melón eran entonces pequeñas y a las ovejas les costó poco arrancar prácticamente todas. El melonar quedó completamente inservible. Recuerdo que mis padres tuvieron que abonar los daños".
Tratando de recordar, sin conseguirlo, qué le habían hecho a él sus padres por lo que éstos consideraban como un descuido del muchacho, el tió Fortu continuó su paseo hacia el pueblo, bajando por Valdelamor.

            (Patrocinio Berrocal)




COMPRENSIÓN  DE NUESTROS MAYORES

Los mayores que tienen los ojos escrutadores, el rostro triste y la palabra interrogante y defensiva, es porque su vida de antes, quizás en su alborada, estuvo cargada de pobreza cultural, relacional, amorosa, de gritos imperativos, de descuidos, ¿de amenazas? Quizás son aquellos que no recibieron la caricia, el beso suave y necesitado en el momento oportuno. Han quedado confirmados con el sello indeleble de ser algo y no alguien.
Por eso, muchos, se manifiestan hoscos, vengativos, sospechosos, dispuestos al enfrentamiento y, quizás, apáticos. Sin embargo no tienen culpa alguna, los marcaron para siempre.
Eso sí, no intentes introducirte en su vida; no intentes hollar su parcela rompiendo su cerca; no intentes humillarle, porque brotarán sus formas de lenguaje tosco y desafiante y dejarás de ser para él lo que eras.
El honor es el honor y, aunque haya tenido que ser servidor de "amos" a quienes denominaba "señores", "señorito", también él, ahora, se considera "señor". Por tanto, no le discutas que se acampana; no intentes "pisarle" que se revuelve.
Tienen la tradición de pagar según la medida recibida, pero ni más ni menos. Si recibe un obsequio no te darán las gracias, pues consideran el hecho como un acto de justicia. Miran con desconfianza. Todos los acontecimientos ajenos pasan por la criba de su crítica negativa y sospechosa.
Viven en un mundo interior de recuerdos infantiles de los que no se pueden desprender. Una infancia desabastecida, de duros trabajos sin peculio, de vivencias desencontradas en la familia, de correcciones amenazantes, de miedos, de angustias, de deseos... Ese fardo lo van arrastrando como arrastran la sombra de su cuerpo, grande o chica según la hora.
Son gentes que no están preparados para gozar de la belleza, incapaces de maravillarse de un hermoso atardecer, de una pintura, de una música trabajada. Todo lo trasmiten a su mundo oscuro. No comprenden, no gozan y su sonrisa es tímida, apenas una iniciación.
Les falta lo casi imposible de conseguir: cambiar su infancia para empezar de nuevo y adquirir una cultura, una relación, una comprensión global, una fuerza para romper el círculo que sistemáticamente les oprime y del que apenas son conscientes porque es ya en ellos una naturaleza indeleble.

Desiderio Macías.
        
 EL TIÓ FORTU — CUATRO
Era una mañana de uno de los primeros días de diciembre. El tió Fortu, nada más levantarse de la cama, hizo lo que hacía todas las mañanas: acercarse al gran ventanal del comedor para ver qué aspecto tenía el día. Le alegró lo que vio. No le importaba que a aquella hora todavía hiciera un frío de esos que ponen rojas las manos y las orejas y la nariz. Eso lo dedujo porque, sin haber nevado por la noche, los tejados que se veían desde su comedor estaban completamente blancos. El tió Fortu estaba seguro de que conforme fuera avanzando la mañana "la cosa cambiaría". Su larga experiencia le decía que ese día, sin nubes y sin viento, alcanzaría, al menos al sol, una temperatura bastante agradable.
Permaneció en casa hasta unos minutos antes de "la hora del médico". Entonces salió de casa y se dirigió al edificio anejo a lo que en su día habían sido las escuelas y que era el lugar en el que pasaban consulta el médico y la enfermera. Cuando él llegó, ya había en la sala de espera otras seis personas, todas ellas de edad avanzada. "Todos viejos", pensó el tió Fortu. "No quedamos más que viejos y cada vez menos", siguió pensando el tió Fortu, “esto se acaba. Los viejos, por ley de vida, nos tenemos que ir. Niños, no quedan. Como no ocurra un verdadero milagro, cosa que no creo, esto poco dura”.
Y recordó entonces que allí mismo, en el lugar en que los otros viejos y él mismo estaban sentados en esos momentos, hubo una época en la cual aquello era "el recreo de los niños", un porche o patio semicerrado, en el cual en esa época recordada habría habido un verdadero hervidero de niños. Recordaba también que a él eso no le tocó, porque las escuelas que se hicieron donde antes había estado el trinquete, se hicieron cuando él ya había dejado de ir a la escuela. No obstante, eso no le impedía saber que allá por los años 50 y 60 del pasado siglo a aquella hora en que los otros viejos y él mismo estaban sentados en la sala de espera del consultorio médico, allí mismo habría estado jugando y gritando casi medio centenar de chiquillos. No dejó de recordar que no lejos, donde ahora está "el bar de arriba", "el club de jubilados" o "el tele club", como cada cual prefiera denominarlo, había un idéntico lugar, en el cual habría habido otras tantas muchachas.
El tió Fortu no tuvo mucho tiempo para seguir recordando. Como él sólo había ido para mirarse la tensión y eso lo hacía la enfermera, fue llamado enseguida por ella.
Salió contento. Le había dicho la enfermera que, aunque picaba algo a alta, su tensión podría ser considerada como normal, dada su edad. Eso hacía, según ella, que no fuera necesario ningún tratamiento con medicamentos ni ninguna dieta alimenticia especial.
Una vez en la calle se sentó en uno de los dos bancos existentes al lado del consultorio médico. No se estaba mal allí. El sol daba de lleno. Así y todo no era su intención estar mucho tiempo en ese lugar. Si se había sentado, era sólo porque había querido darse tiempo a sí mismo para decidir qué era lo que finalmente debía hacer aquella mañana, hasta que llegara la ahora en que "la parienta" lo llamara para comer.
No tardó demasiado tiempo en decidirse. Iría dando un paseo hasta el cementerio y regresaría al pueblo por el Camino Almendra.
Pasear ahora por el Camino San Pedro es un placer, pensó. Ahora es ancho y está totalmente hormigonado. Qué diferencia, siguió pensando el tió Fortu, con aquel otro que no tenía más anchura que la existente entre las dos ruedas de un carro y en el que no había otra cosa que piedras y barro.
Caminó lentamente disfrutando de la soleada mañana y observando detenidamente todo lo que había a uno y otro lado del camino. Ya cerca de la puerta enrejada del camposanto el tió Fortu estuvo mirando durante unos minutos "los dos cementerios", el nuevo y el viejo. A él el nuevo, al que consideraba como el de los lujosos panteones, "nada le decía". Al fin y al cabo, él allí no tenía a nadie de sus ascendientes. Así pues, su mirada se dirigió al viejo, al de las viejas cruces, ya medio oxidadas, y los pequeños montículos de tierra. Y se emocionó mucho más de lo que él mismo hubiera deseado. Allí sí estaba su gente. Aunque entonces ya no quedaba nada que lo indicara, el tió Fortu sabía los lugares exactos donde ya hacía muchos años habían sido dejados los restos mortales de sus antepasados. Hacía tantos años que, siguiendo el riguroso turno de enterramientos, en esos mismos lugares ya habían sido enterradas otras personas. Y entonces el tió Fortu le surgió la pregunta: ¿por qué se había hecho un cementerio tan pequeño? De haberse hecho de mayor superficie, siguió pensando el tió Fortu, no se habría tenido que llegar a abrir fosas para que éstas fueran ocupadas por otros difuntos.
La verdad es que el tió Fortu tenía muchas dudas sobre todo lo relacionado con ese cementerio y otros cementerios existentes anteriormente en Valdeperdice, así como de otras formas de enterramientos.
 Luisa Román, la hija de Felipe el del tió Patrocinio, le habría podido decir, porque para ello había investigado todo lo necesario, que hubo un tiempo, siglos atrás, en que los valdeperdiceños eran enterrados dentro de la iglesia del pueblo. También le habría podido dar datos sobre el cementerio exterior que allá por 1834 se había hecho detrás de la iglesia (de cara a la casa de Juanito y de la cortina de Serafín). Aunque el tió Fortu no sabía cuándo había comenzado a existir ese cementerio anejo a la iglesia, ni cuándo había cesado en sus funciones, sí recordaba aquel pequeño espacio, cercado por una pared de poco más de 1 m de altura y hecha a mampostería con piedras de pizarra. Lo recordaba como un recinto abandonado, lleno de malas hierbas, entre las que destacaban cardos, ortigas y “cibutas”.
Luisa Román le podría haber dicho que la ubicación actual del cementerio, en el Llamero, data de la segunda década del siglo XX. Es cierto que lo que está documentado es que en 1927 el cementerio ubicado en el Llamero, y que hasta entonces era municipal, pasó a ser propiedad de la Iglesia, por cesión de la corporación municipal. Lo que con eso no queda claro es cuánto tiempo antes había sido construido, aunque no parece probable que fuera mucho.
El tió Fortu esa mañana echó en falta en el cementerio viejo de  el Llamero un pequeño recinto adosado a él. El tió Fortu lo recordaba en la esquina "que daba para adelante y para abajo”. Ese pequeño recinto adosado al cementerio había servido para enterrar en él a los que se habían suicidado, a los que por ese motivo la Iglesia no les reconocía el derecho a ser enterrados "en lugar sagrado".
Recordando esto último, el tió Fortu notó cierto malestar que recorrió todo su cuerpo. Los pocos pelos que ya le quedaban "se le pusieron de punta", recordando esos casos de suicidios habidos en Valdeperdices. Habían sido cuatro entre los años 50 y principios de los 90 del siglo XX. Cuatro casos de suicidios en 40 años le parecían demasiados para una localidad de tan escasa población. Y eso sin contar otros casos que llegaron  a su mente como intentos fallidos de suicidio, que también los había habido.
En esos y en otros recuerdos, especialmente los referidos a sus familiares ya fallecidos, gastó algunos minutos más el tió Fortu. Pero llegó un momento en el que esos recuerdos sirvieran para que él se emocionara más de lo debido, según su criterio; tanto, que las lágrimas comenzaron a pedir paso. Como el tió Fortu no quería dejarse vencer por esos sentimientos, decidió largarse de allí.
Continuó caminando hacia el Camino Almendra. Ya cerca de éste, dejó a su izquierda una laguna o charca que ha sido hecha en los últimos años. Haciendo cálculos visuales, le pareció que la laguna en cuestión podría estar ubicada en la cortina que fue propiedad de Ricardo el de Presenta. Le llamó la atención que el carámbano que se había formado durante la noche en la laguna, en ese momento, medio derretido por el calor del sol, estaba rompiéndose; los trozos flotaban sobre la superficie del agua como si fueran grandes nenúfares.
Ya en el Camino Almendra, buscó un lugar en el que sentarse. Al no encontrar nada mejor, lo hizo sobre la pared de la cortina de Eladio. Una vez allí sentado, dejó volar sus recuerdos, aquellos que tenían algo que ver con el Camino Almendra.
De pronto se dio cuenta de que eran muchas las cosas que a lo largo de su vida le habían acontecido en aquel camino y en sus alrededores. Sin saber muy bien la causa, el episodio que recordaba con más precisión era uno que tenía que ver con la molienda.
Aquello tuvo que ser, pensó el tió Fortu, nada más terminar la guerra, pero ya muy avanzado el otoño. Él entonces ya "había dejado de ir a la escuela", pero todavía su padre no lo había dejado con la responsabilidad de hacer los trabajos más exigentes en las faenas del campo y que estaban reservados a los más mayores.
Una mañana de aquel avanzado otoño sus padres le encomendaron la tarea de llevar un costal de cebada al molino de Almendra. En Valdeperdices, hasta finales de la década de los años 60 o comienzos de la de los 70, no había habido nunca molino.
Para el Fortu adolescente aquella mañana su trabajo consistía en conducir la burra, valiéndose del ramal y caminando delante de ella. Lógicamente el costal de cebada iba colocado sobre el lomo de la caballería y bien atado a ella con una no muy gruesa maroma. No era ésa precisamente la forma más habitual que tenían en su familia de llevar el grano al molino. Lo que solían hacer cuando necesitaban harina, de cebada para los marranos o de algarrobas para las vacas, era llevar en el carro varios costales llenos de esas semillas.
El tió Fortu, a sus casi 90 años, ya no podía recordar por qué en aquella ocasión no se hizo como de costumbre.
"El caso fue, se dijo a sí mismo el tió Fortu, que aquella mañana de aquel avanzado y lluvioso día de otoño salí de Valdeperdices conduciendo la burra, que iba cargada con un costal de cebada, un costal de los de media carga, medida de “cogüelmo". Antes de salir de casa mi padre y mi madre me habían dado todos los consejos que consideraron oportunos y me habían avisado de todos los contratiempos que se me podían presentar en el recorrido, tanto a la ida como a la vuelta. Yo procuré seguir al pie de la letra todos esos consejos.
A la ida no surgió ningún inconveniente y todo se desarrolló según lo previsto. Sin embargo, al regreso "no fue así la cosa". Nada más salir de Almendra y comenzar a subir la cuesta que allí había entonces, nada más dejar atrás la fuente, el costal, seguramente porque no lo habíamos sujetado bien al cuerpo de la burra, comenzó poco a poco recorrerse hacia atrás. Yo entonces temí que el costal pudiera caerse por la parte trasera del cuerpo de la burra. Lo único que se me ocurrió entonces para evitar que eso sucediera, fue detener la caballería en su caminar y ponerla mirando hacia Almendra.
— ¿Qué te ocurre, majo?
Eso fue en lo que oí decir a un hombre de nuestro pueblo vecino, que estaba allí cerca en una cortina, haciendo no recuerdo qué. Al parecer él me había visto desde donde estaba y se había percatado de que yo tenía problemas.
— Que se me va el costal para atrás — respondí yo.
— Espera, que voy y te ayudo.
Y aquel hombre de Almendra, al que yo no conocía de nada y que después nunca supe quién había sido, hizo todo lo que era preciso para soltar las cuerdas, colocar adecuadamente el costal sobre la burra, para terminar sujetándolo fuertemente con la ayuda de la delgada maroma. Le di las gracias y continué mi camino.
Al llegar a Las Estudas y sin que yo supiera la causa, la burra se espantó de algo. Al hacerlo se salió del camino y fue a parar a un gran charco de agua y lodo. Enseguida me di cuenta de que "la cosa se ponía fea". Tiré fuertemente del ramal en un intento por hacer que la burra volviera al camino. Muy pronto me di cuenta de que el animal lo estaba intentando; sin embargo, no lo conseguía. Sus cuatro patas se habían hundido tanto en el charco embarrado que le era imposible sacarlas.
Yo entonces me puse muy nervioso porque no se me ocurría nada para poder hacer que la caballería saliera de aquel atolladero. Lo único, y eso lo repetía una y otra vez, era tirar del ramal para ver si ella hacía un esfuerzo mayor y conseguía por sí sola salir de allí.
Pasaban los minutos y el animal, cansado de intentarlo, desistió de su empeño. Entonces yo comencé a mirar a mi alrededor, tratando de ver a alguien que me pudiera ayudar, igual que antes lo había hecho el hombre del vecino pueblo de Almendra. Pero por allí no había ni un alma.  Pensé entonces que no tenía otra solución que ir al pueblo en busca de ayuda. Pero también consideraba que era muy arriesgado dejar allí sola la burra, aunque no supiera muy bien por qué.
En esas estaba cuando vi asomar por la Raya de Almendra a un muchacho de Valdeperdices, de mi misma edad, que venía caminando hacia mí. Ya antes de llegar a donde yo estaba, comenzó a reírse "a mandíbula batiente" por lo que me había ocurrido. Después, cuando llegó, y una vez que ya se había dado por satisfecho con lo de la risa, decidió que había que hacer algo. Lo malo fue que ese algo, tampoco él sabía en qué consistía. Finalmente tomamos la decisión de que él fuera al pueblo a pedir ayuda, mientras yo me quedaba cuidando de la burra y en especial de que no se echara en el charco, lo que habría hecho que el costal y la harina  se empaparan de agua.
Hasta que llegó un grupo de hombres para ayudar, lo pasé muy mal. La burra, cansada de estar en aquella situación, daba muestras de dejarse vencer y de querer tumbarse sobre el agua y el lodo. Yo tenía que estar constantemente tirando del ramal para que eso no ocurriera. Los segundos se me hacían minutos y los minutos horas en aquella espera que a mí me parecía interminable, a pesar de que, dada la escasa distancia de aquel lugar al pueblo, en realidad no sería demasiada.
La aproximadamente media docena de hombres, entre los que se encontraban mi hermano mayor, llegaron pertrechados con palas. Con ellas y en menos que canta un gallo retiraron el agua y el lodo que aprisionaban las patas de la burra. A continuación ella, sin ningún otro tipo de ayuda, salió de allí.”
Cuando el Tió Fortu terminó de hacer este recuerdo y antes de que su mente pudiera llevarlo a algún otro episodio acontecido en el Camino Almedra, se le acercaron varias mujeres que, procedentes del pueblo vecino, venían de hacer su diario paseo, necesario para mejorar su estado de salud, por prescripción médica. Animado por ellas y acompañándolas, regresó al pueblo.
  RECUERDOS DE EL TIÓ FORTU. 3
               Un día de helada.


Esa tarde al Tió Fortu no le pareció oportuno ir al parque. Todo, porque hacía un frío "que cortaba". Era una tarde de la tercera decena de noviembre. No había ni una sola nube en el cielo; el sol calentaba lo que podía, pero eso no era suficiente para compensar que el viento, procedente de Palacios del Pan, trajera un frío que se colaba hasta los huesos. 



Después de comer, el tió Fortu tuvo la tentación de quedarse en casa, medio tumbado en el tresillo y viendo algo en la tele. Ese algo casi siempre era algún documental sobre animales, de los de la segunda cadena. Pero se dijo a sí mismo que eso no era bueno para su organismo y que debía al menos salir a que le diera algo el aire y que lo "desapolillara". Y entonces pensó que el mejor lugar en el que podría estar aquella tarde era en las solanas de El Piñedo. Allí, seguramente, no haría demasiado frío, al menos "mientras allí diera el sol". Sabía de sobra que en aquel lugar no molestaría el viento, detenido éste por el pequeño montículo de rocas de pizarra. 



En el recorrido que tuvo que hacer desde su casa hasta El Piñedo "no vio ni un alma". 



Una vez que subió la pequeña rampa que conduce a las solanas, se dirigió a la de los hombres y allí se sentó, "cara al sol, con el tabardo viejo" — solía decir él. 



Enseguida pudo ratificarse en sus sospechas. Allí se estaba francamente bien, incluso "en aquel día de perros". Y enseguida también pensó en la suerte que tenían los valdeperdiceños por el hecho de que sus antepasados se hubieran puesto a sacar allí las piedras, para construir sus viviendas, y que, llegado el momento en que esas piedras no eran de buena calidad, lo hubiesen abandonado, dejando así aquellas oquedades que tan bien servían como perfectas solanas. 


Allí estuvo toda la tarde, sin que nadie fuera a hacerle compañía. Tan sólo pasaron por la zona de El Plantío, de camino hacia las pistas, los nietos de Enrique y los de Serafín. Eso le hizo pensar que ese día "no habría escuela", porque, si no, "no andarían esos muchachos por allí". 

Y recordó que muchos años atrás, en una tarde como aquella, allí habría habido mucha gente. Hombres y mujeres habrían salido a tomar el sol, no sólo a las dos únicas solanas en las que ahora solían sentarse; también en otras, como las situadas detrás del "güerto" del tío Patrocinio, o las de "por arriba" del transformador de la luz, o en las del Camino Zamora. 

Las mujeres entonces habrían llevado allí, para sentarse, las sillas bajas, de madera y de culo de paja trenzada. Además de las sillas, las mujeres habrían llevado algo para coser, hilar o tejer. Los hombres no solían llevar más que la lengua que le servía para estar en amena charla. 

Cuando el sol se fue por Tesolahorca, el tió Fortu supo que allí ya no tenía nada que hacer y que, de continuar allí, se quedaría congelado. Decidió que había llegado el momento de regresar a su casa. En el trayecto el intenso frío reinante le hizo recordar un día de un año de su niñez. "Entonces sí que eran duros los inviernos", pensó. 

Una mañana de un día de invierno el niño Fortu, estando todavía en la cama, oyó decir a su madre que "era parda la que había caído". Su madre se estaba refiriendo a la helada. Ya en días anteriores "habían caído buenas". También en este caso la madre se estaba refiriendo a las heladas; unas heladas que habían hecho que toda el agua de El Regato, desde Tesorredondo a la Gadaña, estuviera hecha carámbano, un carámbano que los muchachos no eran capaces de romper ni a pedradas. Pero, según decía su madre, la de aquella noche había sido todavía mucho peor. Además, también según su madre, todo era mucho más llamativo porque, antes de comenzar a helar, habían caído cuatro gotas. Éso había hecho que los negrillos de los “güertos” estuvieran completamente blancos, que de las canales de los tejados colgaran “caramelos” puntiagudos de casi medio metro y que todo el suelo estuviera cubierto de una capa de hielo que parecía como si le hubieran puesto un cristal por encima. 

Todas esas cosas escucharon decir a su madre el niño Fortu y su hermano menor, el niño Sixto, desde la cama. Era un día de vacaciones y ellos no tenían que ir a la escuela. De no haber sido por la curiosidad que despertaron en ellos las palabras de su madre, aquel día, con el frío que hacía y sin tener que ir a la escuela, se habrían quedado un rato más en la cama. Pero en aquella fría mañana la curiosidad actuó de despertador y pudo más que sus ganas de estar acostados. 

Cuando los dos niños asomaron a la calle, enseguida se dieron cuenta de que su madre no había exagerado en absoluto. En efecto, la helada era de las malas... malas, pero eso no era inconveniente para que hubiera dejado todo de "un bonito que pa qué". Blanco, blanco, estaba todo blanco; y era un blanco que no era igual que el de la nieve, pues tenía muchos más reflejos y matices. Para el niño Fortu y el niño Sixto aquello era un espectáculo único, un espectáculo que ni en el mejor de los sueños podrían haberse imaginado. Pensaron incluso que no volverían a ver nada igual en toda su vida. Y en este sentido, aunque no acertaron del todo, casi... casi. Habría de pasar mucho tiempo hasta que, en uno de los primeros años de la década de los 70, pudieron volver a ver algo parecido. 

Aquella mañana de su infancia al niño Fortu y al niño Sixto les habría gustado salir corriendo por las calles y por las afueras del pueblo para presenciar de cerca absolutamente todo aquello. No pudieron hacerlo, porque su madre se lo impidió. Según ella, en aquellas circunstancias y en aquellas condiciones no se podían aventurar a salir a la calle sin riesgo de caerse y romperse algún hueso. Según ella, cuando lo hicieran, debería ser con un calzado adecuado. 

Tanto el niño Fortu como el niño Sixto sabían que en casos así el único calzado que podía ser medianamente adecuado eran "cholas con herraduras". Aunque ellos sí tenían cholas, en aquellos últimos días éstas no tenían herraduras. Todo, porque unos días antes o se les habían desgastado o las habían perdido, al caerse los clavos que las sujetaba. Eso había hecho que ya en los días previos hubieran “besado el suelo”, al resbalar y caer. Le habían pedido a su padre que le pusiera herraduras nuevas a las cholas. Él se lo había prometido e incluso había comprado las herraduras y los clavos pero, sin saber muy bien la causa, lo había ido demorando. 

Aquella mañana de “la helada parda” los dos niños apremiaron al padre para que cumpliera lo prometido. Para facilitarle las cosas, ellos mismos llevaron hasta donde se encontraba su padre todo lo que éste necesitaba: la clavera, las tenazas de carpintero, el martillo, las herraduras nuevas y las “puntas de fuelle”. 

Una vez que el padre realizó el trabajo necesario, los niños se calzaron las cholas y salieron a la calle. Pronto se dieron cuenta de que, a pesar de las herraduras, debían andar con mucho cuidado, si no querían terminar con sus huesos en el suelo. Pronto también, se unieron a un grupo de ocho o diez niños de la misma o parecida edad que ellos. Juntos fueron buscando las edificaciones que tenían los tejados más bajos. Parte de la mañana la pasaron entretenidos en golpear los “caramelos” colgantes de los tejados, para que se soltaran de las tejas o de los “refaldos” y que se hicieran añicos al caer al suelo. 

Cuando se aburrieron de hacer eso, se fueron a los “güertos” de los árboles que estaban entre el pueblo y El Piñedo. Allí la diversión estaba en sacudir los troncos de los negrillos más delgados, a fin de que de sus ramas se desprendiera el “cenceño” que, al caer, dejaba el suelo completamente blanco y algunas veces, también el cuerpo del niño que había golpeado el tronco del árbol, si no se daba buena prisa para salir corriendo de debajo de él. 

Cuando se cansaron de lo que estaban haciendo en la arboleda de los negrillos, se fueron hasta el embalse, que ese año estaba completamente lleno. En la zona denominada el Cajastro su diversión estuvo en lanzar piedras para que, cabalgando éstas sobre el hielo, llegaran a la orilla opuesta, hasta alcanzar las rocas de El Pozón. 

Ya cerca de mediodía fueron a ver cómo estaba la laguna de Tesorredondo. Alguien les había dicho que años atrás, y en un día similar a aquél, un mozo del pueblo se había atrevido a cruzar la laguna, caminando sobre el hielo. Por el camino los muchachos se iba preguntando si ese día el carámbano de la laguna sería lo suficientemente gordo como para poder soportar el peso de una persona, sin romperse. Cuando llegaron a la charca, lo primero que hicieron fue tantear en la orilla. Con satisfacción pudieron comprobar que el carámbano aguantaba muy bien su peso. Enseguida Sixto y un amigo suyo y de su misma edad, que era "tan echao palante" como él mismo, comenzaron a expresar su decisión de cruzar la laguna de un lado a otro, andando sobre el hielo. El niño Fortu, algo mayor en edad y en sensatez que su hermano y que el amigo de éste, consiguió convencerlos del riesgo que eso suponía y de que no debían hacerlo, al menos hasta no haber comprobado antes bien el peso que podía soportar el carámbano de la laguna. 

De todos los muchachos que componían el grupo, los dos más mayores en edad aconsejaron poner en práctica algo de lo que ellos habían oído hablar y se lo explicaron a los demás. Para poderlo hacer, algunos de los muchachos fueron al pueblo y minutos después regresaron con lías y trozos de maroma. Otros buscaron por las cercanías de la laguna. Volvieron con un viejo tablero, de los de los carros, que habían encontrado, haciendo de puerta, en el “portillo” de una cortina. Unieron entre sí las lías y los trozos de maroma, hasta conseguir que todo el entramado tuviera una longitud mayor que el diámetro de la laguna. A continuación ataron las lías al tablero. Después colocaron éste en una orilla de la laguna y sobre el hielo, hecho lo cual pusieron sobre el tablero un peso de piedras similar, según su criterio, al de una persona. Finalmente, y desde la otra orilla, comenzaron a tirar de las cuerdas. Fue para toda la chiquillalería una gran alegría, que celebraban con risas y con gritos de júbilo, ver cómo el viejo tablero y su carga se desplazaban sobre el hielo y cómo éste aguantaba el peso, sin dar muestra alguna de querer romperse. 

El paso siguiente fue hacer lo mismo pero cambiando la carga, que pasó a ser el amigo de Sixto, que era el más atrevido de todos, además de ser el que menos pesaba. Después se fueron turnando y repitieron la escena hasta que lo hicieron varias veces todos los niños y quedaron satisfechos. Pero entonces ocurrió que algunos de ellos, los más “echados para adelante”, comenzaron a decir que cruzar la laguna así no era valentía ninguna, y que había que hacerlo sin ayuda; es decir, andando sobre el carámbano. 

Una vez más el amigo de Sixto fue el primero en intentarlo y en conseguirlo, sin aparente dificultad. Todos lo abrazaron y lo aplaudieron al llegar a la orilla. El siguiente fue Sixto, el hermano menor del niño Fortu. El resultado no fue el mismo. Cuando estaba en el centro de la laguna, el hielo comenzó a agrietarse a su alrededor y a producir sonidos alarmantes. Él entonces se detuvo y quedó como petrificado y sin atreverse a mover ni un dedo. Pasado el susto inicial, comenzó a reflexionar. Era consciente de que allí no se podía quedar, pero temía que, si se movía, el carámbano terminaría por romperse y él quedaría allí atrapado. En principio el grupo de niños se quedó tan asustado y paralizado como Sixto y fue entonces cuando el niño Fortu reaccionó con rapidez y con eficacia. Dijo a su hermano que no se moviera. Tirando de las lías, hizo que el tablero se situará al lado de su hermano Sixto. Entonces el menor de los dos hermanos se subió al tablero y sobre él llegó a la orilla, arrastrado por sus amigos que tiraban de las cuerdas. 

El tió Fortu, a sus casi 90 años, al recordarlo se preguntaba qué le habría ocurrido a su hermano, de haberse roto totalmente el hielo o de no haber dispuesto a su debido tiempo del tablero y de las cuerdas. Pensaba también que qué insensatos somos algunas veces.

Patrocinio Berrocal

             
     RECUERDOS  DE “EL TIÓ FORTU”  2
                     Un día de perros.

Aquella tarde, como otras muchas tardes, el tió Fortu estaba sentado en el parque, en su banco de costumbre y, también como de costumbre, tomando el sol y dejando que su mente lo llevara muchos años atrás, recordando episodios de su ya larga vida pasada. En un momento dado esa su mente nostálgica se empeñaba en presentarle imágenes de cuando él era un mozuelo y comenzaba a "andar detrás de las mozas". Y fue en ese momento cuando pasaron cerca de allí dos tractores, llevando paja en la pala. La diferencia entre ellos era que uno la llevaba en un gran rollo cilíndrico y el otro, en una gran paca, eso que aquí llaman alpaca.
Y entonces el tió Fortu pensó que qué diferencia en el modo de hacer las cosas antes y ahora. Para empezar, en su infancia y juventud a aquello que transportaban aquellos tractores no se le habría llamado paja, sino, como mucho, pajas. Antes, al ser triturada por los trillos en las parvas, la paja quedaba casi molida. Los trocitos mayores no sobrepasaban los cuatro o cinco cm; alguna quedaba tan molida que casi parecía harina; a ésta se le daba el nombre de muña. Con esta consistencia, para transportarla había que recurrir a costales, sacos y cestos. Cuando había de ser transportada en los carros, a éstos había que añadirle telerines y redes de malla poco rala. Así y todo, en los carros había que encalcarla muy bien para que no se saliera por los agujeros de la malla.
Momentáneamente al Tió Fortu lo sacó de sus recuerdos Patro, que pasaba por allí. Patro es un valdeperdiceño de nacimiento que, aunque habitualmente no vive en el pueblo, sí pasa en él algunos meses del año. Patro conoce muy bien al tió Fortu.
— ¿Qué, a solas con sus recuerdos?
— Patro, tú ya vas teniendo una edad suficiente para poderme comprender. Cuando somos niños y jóvenes no hacemos otra cosa que proyectar planes para el futuro. Cuando ya somos viejos y consideramos que ya no nos queda futuro, no hacemos otra cosa que complacernos recordando el pasado.
Patro mostró una sonrisa comprensiva que el tió Fortu agradeció. Después continuó su camino.
El anciano, de casi 90 años, volvió de nuevo a sus recuerdos. Lo de los tractores transportando paja lo hizo volver a su infancia y concretamente a un día en el que "casi todo me salió mal", “un día de perros”.
Era uno de los últimos días de agosto. El niño Fortu tenía entonces diez años. Por la causa que fuera, aquel año los de su familia "andaban traseros" en las faenas de la senara. Ya la mayoría de sus convecinos "habían barrido sus eras”, unas eras que en aquellos días ya estaban adornadas por las “comemeriendas”, esas flores, entre rosas y moradas, que parecen salir directamente de la tierra.
Sólo ellos, los de su familia, y unos pocos rezagados más, todavía estaban "bajando la paja".
La noche anterior el niño Fortu, de diez años, se había dormido muy tarde, porque había estado, ya en la cama, de cháchara con su hermano Sixto, sólo dos años menor que él. Hacía poco que se había dormido cuando, ya amaneciendo, fue llamado por su madre y por su hermano mayor, para que desayunara algo y se fuera después con él, en el carro, hasta la era. Debía acompañar a su hermano mayor para colaborar con él en la tarea de llenar el carro con paja, que después se llevaría al pueblo y concretamente al pajar que tenían adosado a la vivienda. El trabajo de colaboración del niño Fortu consistiría en encalcar, con pies y rodillas, la paja que con la “bienda” echaría su hermano dentro del carro.
El haber estado buena parte de la noche de cháchara con el hermano pequeño hizo que el niño Fortu después, por la mañana, estuviera medio dormido y poco apto para el trabajo que debía realizar. Mientras duró el llenado del carro, varias veces su hermano hubo de avisarle de que debía “espabilar” y moverse con más eficacia. Él no hizo demasiado caso, no por que esa fuera su voluntad, sino porque su cuerpo no le respondía.
Una vez cargado el carro, hicieron el recorrido de casi 2 km hasta el pajar. El camino era de tierra y piedras. El movimiento del carro con constantes sacudidas hizo que, por no estar bien encalcada la paja, ésta en una cantidad importante se fuera por los huecos de la red y se quedara regada por casi todo el camino. De esto no se percataron hasta haber llegado al pajar, ni Fortu, que iba subido en el carro en su parte delantera, ni su hermano, que iba andando, larga vara al hombro, delante de las vacas.
Al darse cuenta su hermano mayor de que habían dejado buena parte de la paja regada por el camino, se puso furioso y comenzó a echarle una gran bronca a Fortu. Seguramente la bronca no se habría quedado en eso, de no haber llegado su madre que, aunque ella también se sumó a lo de la bronca verbal, al menos no permitió que el mayor de los hermanos zurrara a Fortu.
Cuando fueron a realizar el segundo viaje, los acompañaron su madre y Sixto. La madre iba para, con barrendero de “ajujeras”, comenzar a barrer las zonas de la era en las que ya se pudiera hacer esa tarea.
Nada más llegar a la era, su madre mandó al niño Fortu que fuera a abrir la puerta de la caseta de los pollos.
¿Que qué era eso de la caseta de los pollos? Es posible que convenga hacer una pequeña aclaración. Para ello nos vamos a servir de lo que ya en su día dejó escrito Patro en sus  RECUERDOS DE INFANCIA.


                              LAS CASETAS DE LOS POLLOS
   “Ya en otra ocasión he dicho cómo  todas las familias del pueblo criaban dos o tres “camadas de pollos”, para abastecerse de carne y de huevos. En la mayoría de las ocasiones esto ocurría en primavera. Pero también había veces en que se ponía alguna gallina “guera” (clueca) en verano, por lo que era entonces cuando nacían los polluelos.
  Muchas familias entonces aprovechaban para llevar la gallina y sus pollos a las eras, pues allí se criaban mejor, al disponer de mucha comida, que además era gratuita.
  Para ello, en la periferia de las eras comunales de Las Maravillas, del Teso, de La Laguna o del Campo, los dueños hacían lo que llamábamos una caseta. Consistía ésta en un hoyo cuadrado de unos 80 cm. de lado y unos 40 cm. de profundidad. Las paredes solían hacerse con piedras delgadas de pizarra, clavadas verticalmente de forma que alcanzaran una altura de unos 40 o 50  cm. sobre el suelo. El techo solía ser también de piedras de pizarra. Todo ello se cubría con la tierra que se había sacado del hoyo. Lógicamente se dejaba una pequeña puerta para que pudieran entrar la gallina y los pollitos. Por la noche esa portezuela se cerraba poniendo también una gran piedra. Todo esto se hacía para que durante  la noche estos animales estuvieran libres de los posibles ataques de los zorros. No era raro que, si la caseta no se había forrado adecuadamente con pizarras, llegaran los zorros, hicieran agujeros escarbando con las patas, se metieran en el interior y ocasionaran una buena matanza de aves.
 Tal vez ahora no se entienda bien la causa  por la que las gentes de Valdeperdices llevaban las gallinas junto con sus polluelos a los alrededores de las eras. Pues bien, la causa era el ahorro en dinero, así como una mejor alimentación de esos animales. Si la gallina y los pollitos se dejaban en el pueblo, en los corrales, el único alimento que se les podía proporcionar eran los cereales, lo que costaba dinero. Sin embargo, llevándolos a la periferia de las eras, su alimentación era mucho más variada. Había  abundancia de cereales en caminitos de hormigueros, en las espigas que se caían de los carros en el acarreo, en las boñigas de las vacas, etc. Pero además había infinidad de animalitos, tales como saltamontes, escarabajos, moscas de diferentes clases, hormigas. Todo ello gratis, sin que costara un duro.
  Lo que he referido hasta aquí era la parte positiva, pero también había una desventaja. Ésta era que daba algún trabajo, pues había de estar alguien de la familia pendiente de abrirle por la mañana, encerrarlos por la tarde-noche, así como de procurar que la gallina y sus pollitos no se metieran en las eras vecinas y causaran desperfectos. Todas esas tareas se solían encomendar a los niños.
 Yo no tengo muchos recuerdos sobre este asunto porque mis padres pocas veces llevaron los pollitos a las eras. Decían que “perdonaban el bollo por el coscorrón”, queriendo decir con ello que, aunque era cierto que se ahorraba dinero en la alimentación de los pollos, eran más las molestias que eso suponía”.

 Pero volvamos a los recuerdos del tió Fortu. De todos modos no estaría mal aclarar que aquel año, en el sorteo que a finales de junio se había hecho de las eras, a la familia de Fortu le había tocado en suerte una  de las llamadas "Eras de la Laguna". La era en cuestión estaba situada en la zona más alta, la que está más próxima a las “Eras del Campo”. Era una de las que se consideraban aptas para "tener pollos".
Cuando el niño Fortu llegó aquella mañana, obedeciendo el mandato de su madre, a la caseta de los pollos, se encontró con que la puerta estaba ya abierta y con que allí no estaban ni los pollos ni la gallina. ¿Qué había pasado? Fortu regresó enseguida para informar de lo ocurrido. Tras esto, todos comenzaron la búsqueda de las aves. El resultado fue negativo y el enfado, tanto de su madre como de su hermano mayor, de los que hacen época. Ambos culpaban a Fortu de ser el responsable de no haber cerrado adecuadamente la puerta de la caseta de los pollos el día anterior. Según ellos, por la noche el zorro o los zorros se habrían llevado la gallina y los pollos.
Para Fortu el asunto se estaba poniendo muy serio y muy feo. Cambió cuando, al oír la bronca, Argimiro el de Angelina se acercó a ellos para decirles que "el niño no tiene la culpa de nada". Después de eso, aclaró que aquella misma mañana, cuando Fortu y su hermano se terminaban de ir con el primer carro de paja, había pasado por Valdenisteva el padre, con las ovejas, y al ver que la caseta de los pollos estaba cerrada, él mismo había quitado la piedra de la puerta, para que las aves pudieran salir a comer y a beber.
Con la información de Argimiro quedaba libre de culpa Fortu, pero no se resolvía lo de la ausencia de la gallina y de los pollos.
Tuvieron que pasar no menos de 15 minutos hasta que pasó por allí Emilio el de Amanda. Una vez que le dijeron lo que les preocupaba, Emilio trató de tranquilizarlos.
—Sois poco observadores — les dijo —. ¿No veis lo que anda por ahí arriba?.
Lo que andaba "por ahí arriba", volando en las alturas, formando círculos y sin abandonar la zona, era un águila de esas que en Valdeperdices se denominaban como "águilas de los pollos". Emilio continuó: mientras ésa ande por ahí arriba, la gallina y los pollos no saldrán del “guardadero” donde estén escondidos, que será seguramente lo más cerrado de algún zarzal.
Y resultó que Emilio el de Amanda estuvo acertado en sus conclusiones. Unos minutos después de haber abandonado el águila aquel lugar, la gallina y los pollos salieron a campo abierto, para continuar su tarea de comer semillas e insectos.
Después la tarde todavía le había de deparar al niño Fortu otras dos sorpresas desagradables.
La primera de ellas aconteció cuando iban, carro descargado, del pueblo a la era, para efectuar lo que iba a ser el último de los viajes de acarreo de paja por ese día. Al llegar a “La Vega”, unos perros de unos pastores iniciaron una pelea justo delante de las vacas que tiraban del carro en el que iban Fortu y su hermano. Las vacas se asustaron y en su espantada se salieron del camino, lo que hizo que el carro perdiera el equilibrio y "se trastornara". Fortu y su hermano salieron despedidos del “sojao” y cayeron al suelo en el que sus cuerpos dieron varias vueltas. Tuvieron suerte pues sólo sufrieron algunos golpes y rasguños sin demasiada importancia.

Al volver hacia el pueblo en aquel último viaje de aquella tarde, Fortu iba bastante preocupado y temeroso. Todo, porque era sabedor de que el trabajo que le esperaba al llegar a casa era algo que ya en otras ocasiones le había dado serios problemas. Incluso aquella misma tarde, en el viaje anterior, ya lo había pasado poco bien. Lo que el niño Fortu debía hacer cuando llegaran al pajar, y una vez descargada la paja, era ir retirando, con la ayuda de una tornadera de las llamadas "de cuatro picos", el montón que dentro del pajar y a la entrada del “buquerón” se iría formando al lanzar allí su hermano la paja con la”bienda”. El trabajo, "como trabajo", no era de los que suponían demasiado esfuerzo. El inconveniente o el problema para todos los que lo tenían que hacer, y para  Fortu de un modo especial, era que "la polvorera" que se formaba dentro del pajar, suponía una gran dificultad para poder respirar.
 Fortu casi siempre procuraba evitar hacer ese trabajo, mientras que su hermano estuviera "biendando"; es decir, mientras estuviera tirando paja con la bielda dentro del pajar, a través del boquerón. Cuando en el pajar todavía había poca paja, eso que procuraba evitar Fortu era factible, pues ya lo realizaría después. Sin embargo, no se podía hacer así cuando ya el pajar estaba casi totalmente lleno, como era lo que ocurría aquella tarde. El montón de paja que se formaría a la entrada del boquerón, al bieldar su hermano, de no retirarse cada poco tiempo, taponaría la entrada. Fue por ello por lo que, tal como Fortu se temía, antes de comenzar a “biendar”, su hermano mayor le ordenó que entrara al pajar para que fuera retirando y encalcara la paja que él fuera “biendando” dentro del pajar.
Y ocurrió lo que Fortu se temía. Como en aquella ocasión el pajar estaba casi lleno y el espacio vacío existente dentro de él era ya escaso, la “polvorera” que se formaba allí dentro, al”biendar” su hermano, era tal que ocupaba todo el interior.
Comenzó a hacer su trabajo el mayor de los hermanos. A Fortu le costaba mucho trabajo poder respirar. De vez en cuando le pedía a su hermano que dejara de “biendar”, para que él "pudiera coger aire limpio".
Al principio su hermano atendió sus ruegos, pero eso hacía que el trabajo durara más de lo esperado y comenzó a temer que, "siguiendo a aquel paso", se les hiciera de noche y ya no pudieran terminar el trabajo, por falta de luz. El mayor de los hermanos le dijo entonces al menor que resistiera un poco, que ya quedaba poca paja, mientras él, por su parte, seguía lanzando paja al interior del pajar, sin hacer pausa alguna.
No habían pasado muchos minutos cuando la paja que “biendaba”  el mayor de los hermanos comenzó a taponar el boquerón. Entonces él comenzó a gritar a su hermano menor, para que retirara la paja, pero Fortu ni la retiró ni respondió. Alarmado el mayor, puso, con toda la velocidad de la que fue capaz, una escalera de madera y por ella subió al pajar. Y ocurrió que, al entrar allí, se encontró lo que se temía. El pequeño estaba tumbado sobre la paja, con medio cuerpo cubierto por ésta, inconsciente y respirando con muchísima dificultad.
El tió Fortu, a sus casi 90 años, y seguramente debido a esa “maldita niebla” que se le ponen delante de sus recuerdos, no puede saber muy bien qué hicieron los de su familia aquella tarde, casi noche, para reanimarlo a él. Puede que además de la “maldita niebla”, en no tenerlo ahora él muy claro, influyera el hecho de que después, a lo largo de los años, cada uno de los miembros de su familia se lo había contado de modo diferente.

                      (Patrocinio Berrocal)



PASEO HASTA EL PUENTE


Este sendero trazado tiempo a tiempo por ovejas y cabras entre el cultivo y la ladera pedregosa de cantos blancos y duros del silúrico, que se desliza hacia el agua quieta, retenida del pantano. Este camino tiene, tamabién, algo de mi historia infantil y adolescencia. Lo he construido, también yo, junto a otros tantos andares humanos. Lo hemos hecho retorcido, hormigueante, siguiendo los caprichos del agua del embalse ancho y largo.
Este camino, digo, ¡cuántas veces me ha llevado hasta el puente entre riberas necesario!. Este puente donde, a veces, me detenía en su mitad para arrojar guijarros millonarios sobre la tersura del agua que se rompía, sólo unos instanters, en una herida concéntrica, con un golpe seco y húmedo, como una puñalada infantil e inocente, en el cuerpo de la naturaleza quieta.
Y desde allí, desde ese puente de cemento y hierro, extendía mi vista por el contorno austero, solitario y seco, roto por el canal de agua en brazos repartida. A lo lejos, entre los rastrojos, se movía con lentitud algún rebaño de ovejas amodorradas y cansinas, cuyos balidos y esquilas daban algo de vida a la mañana larga, sedienta y sola.
Hacia el Oeste, las encinas oscuras, seculares y robustas estaban quietas como un rebaño en siesta. Encinares de Mázares, espesura agrietada, austera y rasgada como la piel de un viejo beduino. Esos encinares que triunfan sobre el tiempo, que son el tiempo hecho dureza, robustez, quietud.
Un pescador, inserto en la mañana caliente y opalina, va bordeando el río, mientras, de vez en cuando, lanza su cebo al agua. Aquí y allá saltan algunas carpas como un disparo al cielo que no alcanzan. Y la que muerde el engaño, involuntariamente sale del agua retorciéndose en el aire térmico.
Desando el sendero retorciéndome con él y en él. Alguna alondra alza el vuelo desde el juncal y un lagarto, áspero y verde, huye arrastrándose para ocultarse bajo los guijarros grandes.
Todo es serenidad, todo es quietud junto al prado que bordeo, donde una pareja de asnos pacen la tierna hierba junto al riachuelo. Y cuando paso más cerca de ellos, me saludan a su manera, con un rebuzno oscuro y largo, mientras uno me enseña su dentadura fuerte y grande como curva de habichuelas, duras como los cantos del silúrico.
Yo me introduzco en el pueblo, perdiéndome en el laberinto de sus calles grises, olvidando la individualidad que gocé en la mañana larga.

Desiderio Macías.


  


 RECUERDOS DEL TÍO FORTU-1

 Esa tarde, como otras muchas tardes, “El Tió Fortu” salió de su casa inmediatamente después de haber comido y se dirigió al parque. Sabía que a esa hora allí no habría nadie. Era incluso muy probable que en esos días de mediados de octubre no fuera ni una sola persona por aquel lugar en todo el día. El Tió Fortu sabía que en Valdeperdices en estas fechas ya iba quedando muy poca gente. La mayoría de "los hijos del pueblo" que habían estado pasando los meses de verano allí, ya habían regresado a los lugares en los que vivían habitualmente. "Cada mochuelo a su olivo", solía decir él. De los pocos que todavía seguían viviendo en el pueblo, el tió Fortu sabía que a esas horas de la tarde y en esas fechas sólo unos pocos, que casi se podían contar con los dedos de las manos, estarían en las faenas de la siembra. Otros, los ya jubilados, solían jugar su partida de cartas en alguno de los dos bares. Buena parte de las mujeres, la mayoría ya de edad avanzada, estaría la mitad de la tarde viendo "sus novelorios"; después de haber terminado la novela, algunas, siempre que hiciera buen tiempo, saldrían a jugar a la brisca, bien a La Viga, bien al lado de la casa de Cesáreo. También algunas, por lo general por prescripción médica, se dedicarían a dar el preceptivo paseo.
 Él prefería ir al parque,  para tomar el sol y para estar acompañado por sí mismo. Al tió Fortu le gustaba la soledad más que la miel a las moscas. Y en esa su soledad se complacía en recordar todo lo que le había acontecido a él mismo, y todo lo ocurrido a su alrededor, a lo largo de sus muchos años vividos, que ya casi llegaban a los noventa.
 En el último año y en este sentido "andaba algo disgustado". Al ineludible paso de los años, que hacía que muchos de los acontecimientos se hubieran ido borrando en su memoria y que hacía que muchos de los recuerdos le llegaran ahora como envueltos en una espesa niebla, se unía lo que él comenzaba a temer como alguna enfermedad de tipo senil. Esto hacía que en sus recuerdos comenzaran a aparecer algunas lagunas. Cuando él se lo contaba así a su parienta, ella, la tía Julia, le gastaba bromas diciéndole que aquello ya no eran lagunas, sino mares enormes.
  Aquella tarde, poco después de haberse sentado él en uno de los bancos del parque, cerca de allí pasó un agricultor en su tractor. El tió Fortu tuvo que hacer un gran esfuerzo visual para poderlo reconocer dentro de la cabina de la máquina. Ese reconocimiento y el posible lugar al que el agricultor se dirigía , según el tió Fortu,  lo llevó a él a recordar algo que le aconteció en su infancia.
 Desde el parque el tió Fortu podía ver la casa de Felipe, el hijo de Felipe el del “tió” Santos, al que también se le conocía como Felipe el de Primitiva. Y vio en su recuerdo lo que fue la era y la caseta de Amador. Y entonces se vio a sí mismo como niño, subiendo la cuesta del Salinar.
  Hacía ya unos años que, al recordar esto, el tió Fortu se cabreaba consigo mismo, porque ya no era capaz de saber si aquello había ocurrido cuando tenía ocho o cuando tenía diez años. Todo, porque a veces le parecía que eso había sido cuando la boda de su hermano mayor, lo que haría que él entonces tuviera ocho años; pero otras veces le parecía que aquel año había sido el mismo que aquel en que había muerto su abuelo Blas, lo que haría que él entonces tuviera unos diez años. Y maldecía aquella maldita niebla que se le ponía en su mente y le impedía ver los recuerdos con la claridad que él hubiera deseado. Así y todo, se dejó llevar por esos recuerdos.
 El niño Fortu, montado sobre su burra de raza zamorana, a la que llamaban Granera, fue ascendiendo por la cuesta del Salinar. Dejó a la derecha la caseta de Amador. Algo más arriba, y también a la derecha, en ese su recuerdo como entre brumas, había una mujer que estaba sacando barro, un barro blanco con el que las mujeres encalaban o blanqueaban las paredes interiores de sus viviendas. Debían hacerlo con relativa frecuencia, dado que el encalado se soltaba con mucha facilidad de las paredes, a poco que uno se rozara con ellas. En aquella ocasión la mujer en cuestión estaba ya terminando de llenar un costal con aquel polvo blanco, que todo indicaba que no era otra cosa que caolín; es decir, arcilla blanca.
  Al recordarlo, el tió Fortu llegó a la conclusión de que en aquella ocasión la mujer no estaba sacando barro blanco para blanquear las paredes de su casa, sino para sacar unas perrillas, vendiéndolo en algunos de los pueblos "del otro lado del río", como podrían ser Villalcampo, Cerezal o Carbajosa.
  Y en ese momento en el rostro del tió Fortu asomó una pícara sonrisa, al recordar que en Valdeperdices, y en aquellos años de su infancia, algunas mozas también usaban algunas veces ese barro a modo de producto de cosmética, para aclarar el color de su cara.
  Recordó también que en Valdeperdices, además de en ese lugar de El Salinar, se sacaba ese barro blanco de una zona próxima a Peñagallegos. Allí incluso había en una finca del señor Andrés un gran pozo sin agua del que se sacaba esa arcilla blanca. Tal vez por eso, a aquel lugar de Peñagallegos algunos lo denominaban como La Barrera. El tió Fortu recordó que también había otro lugar en el que los valdeperdiceños extraían barro blanco; ese lugar no era otro que Valdenisteba.
  El niño Fortu, de ocho o diez años, continuó  subiendo por El Salinar. Y fue entonces cuando la bruma que empañaba la  memoria del tió Fortu fue como arrastrada o barrida por un fuerte viento. De ese modo el tió Fortu comenzó a ver todo clara y nítidamente. Era un jueves de primavera y como en el aquel entonces los jueves por la tarde los niños no tenían clase, su madre lo había mandado llevar la comida a su padre que estaba arando en la "Cuesta el Trillo”. Era algo que no le disgustaba porque lo único que había que hacer en esos casos era ir montado en la burra, llegar, comer y regresar, generalmente haciendo correr a la caballería, lo que para él era una bonita diversión.
  La ida solía ser aburrida porque, al llevar la comida y el agua en las alforjas, había que ir con bastante cuidado. Pero aquel día, un maravilloso día de alta primavera, el camino, a pesar de ser un largo recorrido de unos 6 km, no se le iba a hacer cansado. Y eso porque todo a su alrededor desbordaba alegría, música, colores, olores… Era la luz cegadora de alta primavera. Era la alegría hecha música en los trinos de los pájaros. Era el canto de los roques (ruiseñores), tordos, tordas pedresas (zorzales), tordas carreteras (mirlos), abubillas, cucos, críalos, etc. Era especialmente el coreche-ché de las perdices, que no cesaban de cantar. Era la policromía, a veces armoniosa de todos los verdes en los cultivos, a veces rota por el maravilloso contraste de los rojos, los morados y los amarillos de las malas hierbas, principalmente amapolas, nabestros, gatuñas y  cantuesos. Eran los aromáticos olores de las hierbas recién segadas y de los arbustos en flor.
  Siguió avanzando y... ¡qué espectáculo de color y olor al pasar por el Montico! La pradera allí, de un verde clarito, daba paso al verde oscuro de las jaras, nevado por el blanco de sus flores. El olor que exhalaban  estos arbustos era embriagador.
  Admirando extasiado  tanta belleza,  iba haciendo el recorrido sin que se diera cuenta de por dónde estaba pasando. Dejó atrás la Parcela Palacios.
     Ya llegando a Fuenteblanca, sus ojos lo llevaron a las casetas del nueve. Vio o creyó ver las ruinas de lo que habían sido.
El tió Fortu entonces, tal vez por aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sintió nostalgia por el hecho de que algunas edificaciones que él conoció en su infancia y juventud habían ido convirtiéndose  en ruinas o habían desaparecido por completo. Y volvieron a su memoria varias de las casetas, así como las Casas Viejas y las Casas del Monte. Y no pudo menos de recordar algo que en éstas últimas ocurrió y dio mucho de qué hablar. Se trataba de lo considerado por las gentes de entonces como una muy mala acción del cacique de la zona y que había consistido en embarazar a una joven de Valdeperdices que entonces trabajaba para él.
  Siguió avanzando el niño Fortu y, ya al llegar al Camino el Lomo, el espectáculo cambió por completo. Entonces los colores pasaban de los verdes a los marrones; una armonía de marrones en las tierras aradas, rota a veces por los verdes de los ribazos  y de los brotes tiernos de las cepas en los bacillares.
El niño Fortu siguió por el Camino Zamora. En un momento dado fijó su mirada en una pequeña edificación un tanto ruinosa. Después, aquella misma noche, alguien le diría que aquello era lo que quedaba de lo que había sido la "caseta del tió Jacinto el Parrao”. Al parecer, en su día alguien la había construido para "guardar la viña".
El niño Fortu seguía avanzando. Llegó a Valperero. Allí dejó que la burra Granera bebiera en la charca, ya casi seca.
El tió Fortu recordó entonces que "esa dichosa laguna además de coger poca agua, enseguida la deja escapar".
El niño Fortu siguió su camino. Al llegar a la Cuesta el Trillo, y concretamente a la tierra en la que debería haber estado su padre, arando, resultó que allí no pudo ver a nadie, por la sencilla razón de que allí nadie había. La tierra estaba ya arada y su padre se habría ido a otro lugar. Eso en principio no era nada extraordinario ni raro. No era la primera vez que eso le había ocurrido, porque entraba dentro de lo posible que su padre terminara de arar una finca antes de lo previsto. Lo que no era normal era que su padre la noche anterior o aquella misma mañana no les hubiera avisado, a su madre o a él mismo, de esa posibilidad, y que no les hubiera dicho a qué tierra iría a arar, una vez que hubiera terminado la de la Cuesta el Trillo. Y entonces al niño Fortu le empezó a oprimir el peso del no saber qué poder hacer. Aunque en alguna ocasión anterior ya le había acontecido algo parecido, eso había sido en lugares próximos al pueblo, donde "andaba" más gente a la que poder preguntar y que le podía "dar razón" del paradero de su padre o de su hermano mayor. Pero allí, en la Cuesta el Trillo, a 6 km del pueblo, aquel día por allí no se veía nadie; ni un solo gañán ni un solo pastor. En lo de los gañanes podía ser que estuviera equivocado, pues cabía la posibilidad de que sí hubiera por allí alguno al que el arbolado de aquella zona impidiera ver. En lo relacionado con los pastores tenía la absoluta seguridad de que por allí ese día "no andaba" ninguno, porque de lo contrario habría oído el ruido de las cencerras de las ovejas.
En aquella situación al niño Fortu no se le ocurría qué podría hacer. Ponerse a buscar a su padre, yendo de un lado para otro sin pista alguna, eso era como buscar una aguja en un pajar. Debía descartarlo. Regresar a casa, suponía dejar a su padre sin comida. Finalmente, tal vez porque el peso de la responsabilidad lo tenía atenazado y no le permitía hacer otra cosa, se decidió por quedarse allí quieto, parado, esperando no sabía qué. Y eso sí, llorando, llorando desconsoladamente. Y así estuvo esperando un tiempo que, tal vez no fuera demasiado, pero que a él se le hizo eterno.
Cuando ya el niño Fortu ni siquiera lloraban, porque posiblemente ya no le quedaran lágrimas, vio que su padre se le acercaba. Aunque tarde, su padre se había dado cuenta de su error y volvió, procedente de Piedralagar, para tranquilizarlo, consolarlo, animarlo y pedirle disculpas.
De lo que ocurrió después aquella tarde, ni el niño Fortu ni el tió Fortu recuerdan nada.
El tió Fortu, ahora, a sus casi 90 años, mientras se encuentra sentado en un banco del parque, él solo, con sus pensamientos y con su soledad, mientras toma el tibio sol de una tarde de otoño, piensa que qué tiempos aquellos en los que los padres, por mucho que los quisieran, que los querían, se veían obligados a enfrentar a sus hijos con situaciones como la que había recordado aquella parte.


 LA MUJER DE MI ADOLESENCIA
Nació para amar, para engendrar, para cuidar de la prole. Es incansable, aunque no esclava. Tantas veces la he visto camino de la fuente con la herrada, la barrila o el cántaro para llevar agua de la fuente popular que nace de las entrañas del Piñedo, fresca, impoluta y generosa.
La he visto sentada a la puerta, en una silla de paja, limpiando las añosas lentejas y las habas; la he visto remendar la ropa, manejar la rueca, haciendo girar con maestría el uso y ovillar el hilo con arte de antepasados; la he visto tejer lo hilado tejiendo con las largas agujas, con tino y con paciencia, mientras cantaba una nana al pequeño niño que estaba en la cuna.
La he visto camino del huerto, en las mañanas soleadas de junio, con una azada y un cubo en la mano, el niño sujeto a sus espaldas y un sombrero de paja sobre el pañuelo negro en la cabeza y trabajar surco a surco las hotalizas, regarlas con el agua del pozo hondo, que extraía con una pesada herrada, con sudor y esfuerzo, La he visto, también cargada con un haz de leña o de heno camino del hogar.
Cuando llegaba el estío, la he visto detrás de los segadores aunando la gavillas, atando los haces con sus "lías" sujetas a su cintura que, dejaban sus manos ásperas y quizá heridas. Y todo bajo un sol justiciero (...".¡ay, ay,ay! qué trabajo nos manda el Señor, levantarse y volverse a agachar, todo el día a los aires y al sol..."), como dice la canción.
La he visto sentada en el trillo dando vueltas y más vueltas a la parva, al sueño de los lentos bueyes que rumian, desgranando la mies en la hera, coger al bieldo y lanzar al aire el trigo con la paja para separarlos.
La he visto, en los helados días del invierno, coger el baño con la ropa y bajar a la fuente e inclinarse sobre el labadero y enjabonar y frotar y aclarar y tender al tímido sol de las peñas.
La he visto cantar y bailar, reir y llorar. La he visto rezar con las vecinas las mil avemarías en el día de la Anunciación, sentadas en un rincón de la casa mientras tomaban el sol que se iba.
Esta es la mujer fuerte de la Escritura que ama y da su vida por los suyos. Y, después de la jornada, aún tiene ánimos para cantar algunna canción tradicional, con una voz sin adornos y agotada, pero llena de esperanza.Todo en ella es una lucha vital de guerra y paz en ara del amor.
La mujer rural es fuerte, sufrida y decidida. Su reciedumbre, casi viril, es como un contrato matrimonial con su destino que es el hogar, con todo lo que en él vive: el esposo, los hijos y el futuro. No sabe de horarios, porque su horario es la "jera", el hacer fructificar su existencia.
Esta era la mujer que yo conicí en mi niñez y mi adolescencia. Una mujer así, tan hacendosa ¿quién la encontrará?
                                               Desiderio.



  LITA  LA  SILLETERA
       (Relato ficticio en escenarios reales)

Era la hora de la siesta de un día del verano del año 2011. En las calles de Valdeperdices no se veía ni un alma. Era tal el calor que hacía, que ni siquiera los perros se atrevían a salir de la sombra. Un coche marca Ford Fiesta, procedente de Zamora capital, entró en el pueblo. Lo hizo por "la calle de abajo". Como el propietario del vehículo, un joven de unos 25 años, llamado Rafa, ya en su niñez había estado en la localidad y conocía "los andares", siguió toda esa calle hasta llegar a la Gadaña. Una vez allí, dio la vuelta por "la calle de arriba", para volver de nuevo a la entrada del pueblo, a la zona que los valdeperdiceños llaman la puerta del Moleño. Hizo todo ese recorrido con la esperanza de encontrarse con alguien a quien preguntar dónde vivía la persona con la que él se quería entrevistar. Rafael Garzón Riesco, el joven en cuestión, era bisnieto de Pedro Garzón, que allá por la década de los años 40 y 50 del pasado siglo XX había andado de modo ambulante por la provincia de Zamora  realizando principalmente trabajos de arreglos de sillas de las del asiento de anea. Era también nieto de Rafael Garzón, hijo a su vez del Silletero, y que en los años 60 y 70 había andado por los pueblos próximos a Zamora capital dedicado a la compra y venta de animales.
Si en aquella tarde del verano del 2011 el joven Rafa se encontraba en Valdeperdices era porque, cumpliendo con la petición de su tocayo abuelo Rafael, debía entrevistarse con Evaristo Macías, un valdeperdiceño de edad ya algo avanzada.
Lo que su abuelo le había dicho a Rafa era que allá por 1951 a una hermana suya le había ocurrido algo de lo que, al parecer, el único que, según el abuelo, sabía toda la verdad era Evaristo. Le había dicho también que le habían llegado noticias de que el valdeperdiceño estaba aquejado de una enfermedad grave que muy posiblemente lo llevaría al otro barrio en no demasiado tiempo. Se hacía necesaria una entrevista con él, para ver si finalmente se avenía a soltar prenda de lo que sabía.
Para que Rafa no llegara totalmente desprevenido ante Evaristo, el abuelo Rafael le contó algo de lo ocurrido a su hermana Angela en 1951, así como una conversación que él había mantenido con Evaristo en 1971.
El abuelo Rafael contó a Rafa que en los años 60 y 70  él solía andar por aquellos pueblos comprando y vendiendo ganado. Un día, en el invierno de 1971, coincidió por casualidad y a solas en el Camino Almendra con Evaristo. Le manifestó entonces a éste que él nunca se había creído nada, de lo que realmente importaba, sobre lo contado por Gabriela la de Almendra y por el propio Evaristo en relación con lo ocurrido a su hermana Lita. Le dijo también que él había estado convencido desde el primer momento de que su hermana no se había suicidado, pues, según él, no era de esas. Igualmente le dijo a Evaristo que en los 20 años transcurridos se había tomado la molestia de informarse bien de todo lo relacionado con el valdeperdiceño y eso lo había llevado a la conclusión de que Evaristo no era capaz de matar ni a una mosca, además de que no  tenía motivo alguno para haberlo hecho. Así las cosas, y habiendo pasado ya 20 años, le pidió a Evaristo que por favor le aclarara lo que realmente había ocurrido en 1951 con su hermana en el puente de Palacios del Pan. Para ello le juraba que, fuera lo que fuera, él no diría ni una sola palabra a nadie.
En aquella ocasión Evaristo le dijo: por el momento no puedo aclararte demasiado. Cuando pueda, ya me pondré en contacto contigo, para decirte lo demás.
— ¿Qué me puedes aclarar?
— Que tu hermana no se suicidó.
— ¿Entonces, quién la mató?
— No la mató nadie, al menos en concreto.
— ¿Entonces?
— A lo peor la matamos entre todos.
— ¿Y quiénes fueron esos todos?
— Todos. Todos los de Valdeperdices, los de Almendra, los de Palacios del Pan, tú, yo….

 Así pues, Rafa, el nieto de Rafael Garzón, hermano éste de Angela Garzón (Lita la Silletera), se encontraba esa tarde de verano del 2011 en Valdeperdices, dispuesto a mantener una conversación con Evaristo Macías, con la intención de obtener la información necesaria para esclarecer todo lo acontecido a su tía abuela Lita la Silletera en 1951, para después darle esa información a su abuelo.
 Visto que no andaba nadie por el pueblo, se fue hasta el parque, confiado en que, conforme avanzaba la tarde, alguien llegara hasta allí. Pasó un buen rato y nadie fue a aquel lugar. Se decidió entonces a dar una vuelta por el pueblo, en esta segunda ocasión, andando. Bajó por la orilla del regato. Enfrente del chupón, a la sombra de la casa de la señora Eloísa,  vio un grupo de ocho mujeres que estaban sentadas alrededor de un tablero, jugando a la brisca.
Una vez que Rafa solicitó la información necesaria, una de ellas mandó a su nieta, una niña de unos 11 años, para que acompañara a Rafa hasta la casa  “del tio Evaristo”.
Al llegar, abrió la puerta Nicasia, la hermana menor de Evaristo, de unos 70 años. Ninguno de los dos se habían casado. Ya hacía unos 20 años que, "a falta de otra cosa", eso decía Nicasia, se hacían compañía uno al otro. Evaristo estaba en el salón comedor medio recostado en un sofá. Hechas las presentaciones y una vez que Rafa expresó el motivo de su visita, Evaristo se dirigió a su hermana.
— Nicasia — le dijo —, anda, sube al sobrao, que a mí ya me cuesta mucho. Abre la maleta aquella de madera, la que me hizo el tio Cayo para cuando fui a la mili. Dentro de ella hay varios libros viejos. Entre ellos hay una carpeta.
Lo interrumpió Nicasia, diciendo:
— Y dentro de la carpeta hay dos cuadernos y otra carpeta más pequeña en la que hay otro cuaderno más pequeño, de pastas azules,  en el que ya hace mucho tiempo escribiste tu secreto. Ese cuaderno pequeño de pastas azules es el que tengo que traer. ¿No?
— ¿Y tú cómo sabes todo eso?
— Eso ahora no importa. Ya te lo contaré otro día. Lo que importa es que lo sé.
— ¿Y por qué no me habías dicho nada?
— ¿No querías que fuera un secreto? Pues ya está, por eso. Y ahora dime dónde tienes la llave de la maleta, porque de alguna manera tendré que abrirla.
Evaristo le indicó el lugar. Pocos minutos después regresó Nicasia con el cuadernito de pastas azules.
— Dáselo al joven — le dijo Evaristo a su hermana. Después, dirigiéndose a Rafa: es para vosotros, los de tu familia. Quiero que le digas a tu abuelo que siento mucho no haber podido hacer esto antes. Cuando hayas leído lo que hay ahí, lo comprenderéis. Y, si al leerlo hubiera algo que no entendáis, aquí estoy yo para aclararte lo que me quieras preguntar.
Rafa podría haber leído allí mismo lo escrito muchos años antes por Evaristo, si no hubiera sido porque se había dejado en el coche las gafas "de ver de cerca". Pensó también que podría irse a Zamora y, una vez allí, con calma y detenidamente, leer lo existente en aquel pequeño cuaderno de pastas azules. Pero entonces se percató de que, si hacía eso, después debería regresar en otra ocasión a consultarle al señor Evaristo las posibles dudas que surgieran en la lectura. Así pues, se decidió por leer la narración de los hechos allí mismo, en el pueblo, sentado dentro del coche y a la sombra de la casa de Gregoria.


      LA VERDAD SOBRE LITA LA SILLETERA,  DICHA POR EVARISTO MACÍAS.

"En 1951 Lita la Silletera tenía 21 años. Era la mayor de los seis ijos que tenía el tio Pedro el Silletero. Este honbre se ganaba la vida mas mal que bien conponiendo culos de sillas, osea poniendole el asiento a las sillas con ojas secas y umedecidas de bayones y algunas veces tamien acia arreglos en las sillas, si estos no eran mu conplicaos. Esto lo acia yendo de pueblo en pueblo. No solia parar mas que dos o tres dias en cada uno de ellos, mientras los vecinos de la localidaz le encargaban trabajos de reparar sillas. Despues el y la su familia se ivan a otro lugar. En Valdeperdices el tio Pedro acostumbrava  parar en el plantio, cerca del trasformador de la luz que abia entonces al lado del Piñedo y no lejos de la casa de Arsenio. En ese trasformador, echo con ladrillos, abia unas llabes con las que se dava la luz pa tol pueblo por las noches y se quitava por el día. En aquella epoca creo que se encargavan deso los del tio Marcos el panadero. La mujer y los ijos del tio Pedro despues de acanpar solian ir acer la lumbre de la comida a la zona del Piñedo de detras del güerto del tio Patrocinio y del pajar de Aureliano el de Saturnina. Lo del trabajo el tio Pedro unas beces, cuando acia frio, lo acia cerca de donde los otros abian echo la lunbre, pero si acia mucho calor se ponia a conponer los culos de las sillas a la sonbra de la casa de Aureliano el de Eloisa. Sienpre dijon en Valdeperdices quel tio Pedro era mu buen trabajador y quera una pena que con to lo quel trabajava no pudiera ni siquiera ganar lo suficiente pa alimentar bien a los sus muchos ijos y que la su mujer y algunos dellos tuvieron quir  algunas beces de puerta en puerta pidiendo limosna. En 1951 los unicos que no obedecian a la madre en lo de pedir limosna eran Lita y Rafael que eran los mayores porque le dava verguenza.
Lita la Silletera, quen realidaz se llamava Angela, en Valdeperdices fue mu famosa. En primer lugar lo era porque cantava mu bien y desde que tenia 14 o 15 años sobretodo por las noches algunos mozos ivan donde los silleteros tuvieran la lunbre pa verla y oirla cantar y ella lo acia sienpre quellos dieran alguna propinilla. Todos los quivan decian quella lo acía mu bien. Yo deso no puedo opinar en parte porque yo deso de la musica entiendo poco o nada, en parte porque yo no iva debido a que mi padre me lo tenia proibido. Todo porque Lita tenia mala fama con los honbres, yo no se si merecida o no. Los del pueblo dijon entonces que si quera merecida.
Eso de las abladurias sobrella comenzo una vez cuando unos muchachos vinon diciendo que la abian visto salir de las pajeras del camino Muelas sacudiendose la ropa y que en seguida avian visto salir del mismo lugar al tio Eugenio el de la seña Felisa. A este Eugenio el de Felisa se le llamava asi pa distinguirlo de Eugenio el de Vitoria. De igual manera se decia Felisa la de Eugenio pa diferenciarla de Felisa la de Teodoro. Esa era y es la manera que teniamos y tenemos en Valdeperdices pa diferenciar a personas con igual nonbre, enverde recurrir a los motes como acen en otros pueblos. Cuando ocurrio eso de las pasajeras del camino Muelas, Lita la Silletera no pasaria de los 15 años. Despues fue pasando el tienpo y se dijon muchas cosas della pero nunca supon los valdeperdiceños si las abladurias se correspondian con la realidaz o era algo inventao. Los mozos que mas anduvon alrredor della decian quera de las calientabraguetas, que dejava acer algunas cosas pero que despues cuando llegava el momento de la verdaz, nada de nada. No faltaron los mozos que dijon questa abria consentido acer todo con ellos si ellos ubieran dispuesto de los cuartos necesarios.
Ya en 1951 al final del invierno un dia llego la familia de Pedro el Silletero a Valdeperdices. Tras dos dias aqui, se marcharon. Por lo que se pudo saber despues estuvon un dia en el Campillo y de alli se fueron a Almendra donde estuvon dos días, pasados los cuales se marcharon a Palacios del Pan.
Nada se volvio a saber dellos asta pasados unos 15 dias y fue entonces cuando un pastor de Palacios encontro a la orilla del agua del rio medio oculto entre unos juncos, el cadaver de una mujer. El lugar era un picon  que los de Palacios del Pan conocen como Silbachariegas. De los primeros que llegaron al lugar una vez quel pastor dio el aviso, algunos dijon que aquel cadaver podría pertenecer a la ija del Silletero. Pasados dos dias, abisados por la guardia civil, vinon todos los mienbros de la familia de Pedro el Silletero. Identificaron el cadaver como perteneciente a la su ija a la que no abian buelto aver desdel dia en el quellos abian ido de Almendra a Palacios del Pan. Segun ellos, aquel dia Lita no los abia aconpañao. Se abia ido a Muelas del Pan con la intención de quedarse alli pa estar con un mozo dese pueblo al quella considerava como el su novio y padre del ijo que llevava en la su barriga. Cuando los de la guardia civil enpezaron acer las investigaciones, enseguida se supo por los vecinos del mozo moleño al que Lita abia pedido que cunpliera por lo de su bombo, que la misma mañana en la quella abia ido a Muelas del Pan abia abido una buena bronca en la puerta del mozo  que queria cunplir casandose con la ija de Pedro el Silletero, pero los padres del se pusieron echos unas fieras y la echaron de allí con cajas destenpladas.
Unos dias despues la guardia civil me llamo a mi pa interrogarme. Alguien le abia dicho que yo era una de las dos personas que posiblemente fueramos los ultimos en aber visto con vida a Lita. La otra persona era Gabriela, la de Almendra la mujer de Jesismundo.
Gabriela y yo que sabiamos queso del interrogatorio podria ocurrir en su momento nos pusimos de acuerdo pa decir los dos lo mismo. Y lo que digimos fue que aquella tarde de domingo en que abiamos visto por ultima vez a Lita lo que abia sucedido abia sido lo siguiente . Yo iba de la zona de los bacillares de la raya de Almendra acia el puente que cruza el enbalse. Ese es el que los de Palacios del Pan llaman el puente de Almendra y que los valdeperdiceños llamamos el puente de abajo, para diferenciarlo del otro que nosotros llamamos el puente de arriba y que esta por el camino que siempre emos conocido como camino Palacios. Cuanto ya estava llegando yo al puente, me alcanzo Lita que me dijo que venia de Muelas del Pan. Ya en el puente ella se despidio de mi y yo me quede cojiendo alanbres de la barandilla pues ese era el motivo por el que yo estava allí. En medio del puente Lita se cruzo con una mujer que venia de Palacios. Cuando esa mujer se acerco a mi me di cuenta de que se tratava de Gabriela. Estuvimos ablando solo unos minutos, los que tarde en terminar de cortar los alanbres que necesitaba. Despues ella se marcho pa su pueblo por el camino de la raya y yo al mio siguiendo en este caso la orilla del rio. Tamien dijimos que de lo que a Lita le ubiera ocurrido despues nosotros no sabiamos nada. Una vez que la guardia civil inicio las averiguaciones que considero necesarias y una vez que los medicos forenses dieron los sus informes la crencia jeneral fue que Lita la ija de Pedro el Silletero sabia suicidao tirandose desde la barandilla del puente y aogandose en las aguas del envalse.
Pero lo que tanto Gabriela como yo contemos entonces no fue toda la verdaz. La verdaz fue lo siguiente.
Aquel domingo de principios de marzo, poco despues de comer, yo abia ido a la zona de los bacillares de la raya de Almendra. Alli me esperaba Ventura el de Juliana. Me abía prometido una vara de minbre de las que tenian los minbrales que tenia en el su bacillar. Yo queria la larga y flesible vara de minbre pa ponerla de puntal a una caña de pescar. Una vez elejida y cortada la vara de mimbre me despedi de Ventura y me encamine al puente de abajo pa lo de los alanbres. Ya cerca del Gramazal me entretuve unos minutos viendo como un perro de los de caza escarvava intentando sacar un conejo que sabia metido en una madriguera echa en un linderon debajo de una agavancera. Estando yo en esas me alcanzo Lita. Na mas verla me di cuenta de que estava conpletamente acongojada. Como quiera que yo me interesara por el su estado asi como por la causa del mismo, ella se desaogo contandome todo. Dijo que despues de lo ocurrido en Muelas del Pan pronto siba a saber en todos aquellos pueblos. Ademas dijo tamien que una cosa asi no se podia ocultar pa sienpre. Y me conto lo de su enbarazo y lo del mozo causante de toaquello, asi como la manera en que labian insultao y echao de la su casa los padres del. Yo entonces trate de consolarla como buenamente supe y pude con cosas como esas que sienpre se dicen de que de alguna manera se arreglaran las cosas, de que sienpre que a llovido  aescampao, de que Dios aprieta pero no aoga y otras cosas parecidas.
En esas estavamos cuando lleguemos al puente. A unos 50 metros de la entrada del puente yo me puse a cortar con las tenazas de carpintero los alanbres que necesitava y ella se despidio y siguio el su camino. Fue entonces cuando me di cuenta de que pol puente y acia donde estavamos Lita y yo avanzava una mujer a la que como entonces estava entuavia a una considerable distancia de momento yo no abia reconocido. Como eso era algo que no me preocupava continue aciendo aquello pa lo que estava alli. Unos minutos después oi yo como se insultavan y reñian las dos mujeres es decir, Lita y Gabriela. Despues pude percatarme de que de las palabras pasavan a los echos y de que se enzarzavan en una pelea cuerpo a cuerpo. Yo entonces corri acia ellas para intentar separarlas pero llegue tarde. Cuando yo estava a no mas de 10 metros dellas rodaban por el suelo medio abrazadas una a la otra. En un momento dado Lita forcejeo pa soltarse de la otra. Lo consiguio pero su propio inpulso izo que saliera rodando, entonces ya ella sola, pol suelo. Y lo izo con tal fuerza que no pudo evitar caer por el ueco esistente entre los barrotes de la barandilla del puente. Yo pude ver como caia al agua. Despues tanto Gabriela como yo estuvimos apoyaos en la barandilla del puente mientras miravamos al lugar en el que Lita abia caido esperando verla salir del agua pero eso no ocurrio. Cuando ya perdimos toda la esperanza de que Lita saliera, Gabriela me esplico mientras llorava desconsoladamente que no dijera a nadie nada de lo acontecido aquella tarde allí. Yo intente tranquilizarla y convencerla de que ella solo podía considerarse algo culpable de la riña pero no de la caida al agua de la ija del Silletero. Y le jure que siera necesario yo testificaria a su favor. Gabriela entonces me dijo que a ella no le convenia ni siquiera que se llegara a saber lo de la riña con Lita. Yo lice saber que si yo no contaba lo ocurrido, seria yo el que me cargara con la culpa de la muerte de la aogada, puesto que a mi si se me abia visto con ella y le conte lo de la minbre y lo de  Ventura y como este abia visto que en la raya Lita iba detras de mi a pocos metros. Sin darme cuenta le abia dao a Gabriela la manera de acer quella pudiera amenazarme con decir quella me abia visto a mi tirar a Lita al agua. Una vez quella me solto la amenaza yo me di cuenta de que estava atrapado. A pesar de lo rabioso que me encontrava en aquellos momentos ice de tripas corazon y me avine a acer un trato con ella por el que nos pusimos de acuerdo en lo de  decir los dos lo mismo cuando nos llamaran a declarar si es que eso ocurria.
Antes de despedirme della quise saber por que Gabriela no queria que se supiera lo de la su riña con Lita. Me dijo quera  porque lo de la riña tenia mucho que ver con algo que Gabriela queria ocultar. La noche anterior y en Almendra Gabriela abia pillao a Lita y a su marido riñendo en un lugar bastante solitario del Vallico Zamora. Al darse cuenta de la presencia de Gabriela, Lita abia salido uyendo. Despues las esplicaciones que dio entonces Jesismundo a Gabriela no le convencieron a ella. Al día siguiente tan pronto como Gabriela se entero de que la familia de los silleteros se abia marchao a Palacios del Pan se fue al pueblo vecino con la intencion de ablar con Lita paque la ija del Silletero le dijera si eran ciertas las esplicaciones que a ella le abia dao su marido o si por el contrario abia gato encerrao. Pa ir a Palacios Gabriela no tuvo que molestarse mucho en buscar disculpas pues en Palacios tenia familiares a los que con cierta frecuencia iba a visitar. Y eso fue lo quizo. A los familiares si los pudo ver alli pero no asi a Lita que sin saberlo Gabriela no abia ido con la su familia a Palacios del Pan sino a Muelas del Pan con la intención de quedarse con el novio. Ya por la tarde y como ya sabemos las dos mujeres se encontraron de frente en el puente. Gabriela quiso saber y Lita dio su version de los echos. Lo dicho por Lita irrito de muy mala manera a Gabriela y ese fue el motivo y el comienzo de la riña que termino como termino.
Eso fue lo que entonces me dijo Gabriela. Por mas que yo lo intente ella no quiso decirme que fue lo que Lita le dijo y que tanto labia irritao a ella. Solo me dijo quera un secreto que quería que se fuera con ella a la tunva”.

Una vez que Rafa leyó lo que Evaristo había escrito en su cuadernillo de pastas azules, volvió a la casa del valdeperdiceño, únicamente para hacerle algunas preguntas.
— Señor Evaristo — le dijo — ¿qué ha sucedido ahora para que usted se haya decidido a hacer público lo ocurrido aquella tarde de domingo de 1951?
— Mira, joven, yo no he decidido que eso se haga público. He decidido que lo sepa tu abuelo y con él, en todo caso, los de tu familia, que es a los que interesa. Y si lo he decidido, es porque hace ya unos meses que murió Gabriela, con lo cual yo ya me he librado del juramento que le hice aquel día.
Rafa quiso que Evaristo le explicara lo del juramento, pero éste se limitó a decir que ya había dicho sobre eso más que suficiente. Rafa entonces quiso saber otra cosa.
— Quiero que me aclare por qué allá por 1971 usted le dijo a mi abuelo que a su hermana no la había matado  nadie en concreto, pero que la habían matado entre todos. Creo que sus palabras fueron: a lo peor la matamos entre todos; todos los de Valdeperdices, los de Almendra, los de Palacios, tú, yo….
— Bueno es una larga historia, pero voy a tratar de ser breve. Antes de nada, quiero que me digas si has estado alguna vez en ese puente.
— No, no he estado nunca.
lBueno, entonces tengo que decirte que ese puente en los lados no tiene paredes, ni de piedra  ni de hormigón. Lo único que hay son barandillas hechas con barras de hierro, así y así — y señaló la posición vertical y horizontal —. Cuando hicieron el puente, unos años antes de la guerra, los huecos que quedaban entre los hierros los cubrieron con una alambrada. Aquello tenía la finalidad de que sirviera de protección y que no se cayeran por allí ni los animales ni las personas. Si pasaras ahora por el puente, verías que ya no queda de aquella alambrada ni un solo alambre. Claro que en 1951 ya tampoco quedaba casi ninguno. Entre unos y otros, tanto de los pueblos vecinos como de las personas ambulantes, los habíamos ido quitando poco a poco. Por lo que acabo de decirte, supongo que comprenderás que en buena parte de lo que sucedió a la hermana de tu abuelo fuimos responsables todos los que, unos más y otros menos, fuimos llevándonos los alambres e hicimos que los lados del puente quedaran casi completamente desprotegidos. Y no olvides que entre esos todos que nos fuimos llevando los alambres de la barandilla del puente, se encontraban también tu abuelo y el padre de tu abuelo. Por aquí, por estos pueblos, se dice mucho que la oveja de todos el lobo la come. Pues eso fue lo que ocurrió entonces aquí. Y las consecuencias fueron las que fueron. Yo, que vi la escena, estoy completamente seguro de que a la hermana de tu abuelo nada le habría ocurrido de haber estado la alambrada como al principio, cuando se hizo el puente. Todo lo más, que se habría chocado contra los alambres.
l  Escuchado esto, el joven Rafa consideró que ya nada más necesitaba saber. Agradeció a Evaristo la información dada y regresó a la ciudad, con la intención de satisfacer los deseos de saber de su abuelo.

                  Patrocinio  Berrocal.

    
 JUGANDO CON LA REALIDAD Y LA FICCIÓN  



                              

 7  EL REGATO  DEL  BARDALÓN

Hace unos días llegó a mi poder, por la amabilidad de Walérico y María, una copia de la escritura de compra-venta del SEIS. Para los interesados en el tema, y resumiendo, podemos decir que los habitantes de nuestro pueblo adquirieron al Excelentísimo Ayuntamiento de Zamora, que era hasta entonces el propietario, las 180 ha de que constaba el SEIS por 20.568 pesetas. De la compra se responsabilizó el día 23 agosto 1894 Valeriano Rodrigo Prieto, vecino de Valdeperdices. Suponemos que este vecino lo haría, como persona física, en su nombre y en el de los demás vecinos que participaron en la compra.
Eso me hizo pensar en los diferentes lugares de ese polígono, parcela o lote. También, en los diferentes topónimos representativos de esos lugares. Al hacer un repaso de los mismos, enseguida me di cuenta de que algunos de ellos no hacían otra cosa que responder a sus propias características. Así Los Chapazales  (deformación de chapatales) hacen referencia a lugares encharcados, pantanosos o cenagosos. El pago antes denominado como El Camino Almaraz era debido a que por allí pasaba el camino por el que los habitantes de nuestro pueblo iban a la vecina localidad de Almaraz. Es más que probable que El Chozo hiciera referencia a rústicas edificaciones donde se albergaban ganados y pastores.
Es también más que probable que El Regato las Cañas recibiera este nombre por el hecho de haber en esta zona, con frecuencia anegada por el agua, juncos, carrizos y cañas.
Tampoco es nada aventurado sospechar que La Baña sea una deformación de la palabra braña, con significado de pradería propia de zonas húmedas. Lo de Camino la Baña (braña) podía estar también relacionado con Las Praderas, al fin y al cabo palabra sinónima de  braña.
Tampoco parece encerrar secreto alguno el topónimo Verea, que con casi completa seguridad no era otra cosa que una deformación de vereda. De las diferentes acepciones de esta palabra hay dos que cualquiera de ellas podría aplicarse a esta zona. Una acepción hace referencia a camino angosto. Es muy posible que en alguna época por allí no hubiera otra cosa que una senda o vereda para el tránsito de animales y de personas. Otra de las acepciones hace referencia a cañada para el ganado, de no más de 25 varas. Tampoco sería nada extraño que durante un tiempo, seguramente antes de que se hiciera la carretera que, partiendo de El Pico el Puerto, va hacía los tres pueblos que en la actualidad integran San Pedro de la Nave, por allí hubiera una cañada de esas características para el tránsito de los rebaños.
 En relación con El Camino Retalacárcel en una ocasión anterior mi antepasado me había explicado que este topónimo no encierra nada extraordinario ni conlleva historias ni leyendas raras  o truculentas. Me había dicho que lo único que lo había originado era el mote o apodo que se había puesto a sí mismo el primer pechero que, como rentero, había roturado y cultivado aquel trozo de tierra del SEIS. No era otro que Ramón Rodrigo Ranilla. Era un hombretón bravucón y pendenciero que estaba siempre desafiando y retando a todo el que se le ponía por delante. En una ocasión en que estaba “algo bebido” su madre le pronosticó que, de seguir en su forma de vida, terminaría yendo a parar a la cárcel. Su respuesta entonces fue que él no tenía miedo a la cárcel a la que, igual que a todo lo demás, desafiaba y retaba. A partir de aquel día, comenzó a denominarse a sí mismo como Ramón el Retador de la Cárcel. No hace falta decir que, aunque él se autonombrara a sí mismo de ese modo, sus vecinos, por temor, no se atrevían a hacerlo. Sólo cuando Ramón murió, la gente comenzó a referirse a él como Ramón el Retador de la Cárcel y al trozo del SEIS que él había cultivado, como las tierras del Retador de la Cárcel. Eso después, con el paso del tiempo, se fue reduciendo, para terminar siendo las tierras de Retalacárcel. También el paso del tiempo hizo que por allí debiera pasar un camino que, teniendo como inicio el mismo que el Camino Almaraz, se desviaba a la izquierda, para ir a parar a la Cañada del Seis y del Siete. Ya en el último tercio del siglo XX, el Proceso de Concentración Parcelaria hizo que desaparecieran tanto el Camino Almaraz como el Camino de Retalacárcel.
Lo que no me parecía a mí tan claro era el origen del llamado  Regato del Bardalón. Le di tantas vueltas en mi cabeza al asunto, que eso hizo que una de aquellas noches viera  aparecer en mis sueños a mi antepasado. Pero en esta ocasión lo único que hizo fue remitirme a mí bisabuela Teresa. Mi antepasado consideraba que de ese tema sabía mucho más ella que él. Sin decir nada más, "se largó".
¡Pues qué bien!, pensé yo entonces. Desperté con la sensación de haberme quedado con mis dudas y "a dos velas".
Sin embargo, cuando me volví a dormir, se me presentó una mujer diminuta que dijo llamarse Teresa pero que, según ella también, sus coetáneos la conocían como La Teresiña. Me dijo que era la esposa de mi bisabuelo Estanislao y la madre de mi abuelo Agustín.
Aunque no fuera demasiado, algo había oído yo hablar de ella a mi padre, que llegó a conocerla bien. Por eso fue por lo que me alegré de que fuera ella la encargada de aclararme las dudas que yo tenía sobre el origen del nombre de El Regato del Bardalón. Pero después de presentarse y de darme ánimos para que yo continuara en mi intento por descubrir cosas sobre los topónimos de nuestro pueblo, me dijo que ella sólo se ocuparía de explicarme la última de las fases de las que había constatado todo el proceso que condujo a que por fin a aquel lugar se le llamara con su actual nombre. Me dijo también que, para que me explicaran las tres fases anteriores, contaba con otros antepasados míos que habían vivido en los siglos anteriores, concretamente en la segunda mitad del siglo XV, en el siglo XVI y a comienzos del siglo XVIII.
Dicho eso, pasó  a presentarme al primero de ellos y enseguida desapareció.
Este primer antepasado mío me dijo que había vivido en la segunda mitad del siglo XV. Como a mí siempre me ha gustado saber cosas de la vida de las personas que vivieron en siglos pasados, especialmente esas cosas que "no viene en los libros de historia" o, si vienen, es sólo para ser tratadas muy superficialmente, le pregunté  qué opinaba entonces la gente sencilla de los pueblos en aquellos años en que Castilla estuvo en una guerra civil entre los partidarios de Isabel, la que después sería conocida como Isabel la Católica, y de Juana, ésta última llamada La Beltraneja. Mi antepasado del siglo XV me confesó que a la gente sencilla de los pueblos de entonces aquello "le traía sin cuidado", que en aquellos años ellos podrían haber usado la frase que después, con un significado no igual, usaron los Reyes Católicos. Se refería  al "tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando". Sólo que ellos lo podrían haber aplicado bastante antes, para referirse, aunque con otra intención, a Isabel y a Juana. Me hizo recordar una estrofa que se decía en aquellos años:
Lo mismo nos da a nosotros
que la reina sea Juana,
sea o no la hija del rey,
o que lo sea Isabel,
 de Enrique IV la hermana.

Me dijo también que "con unos y con otros, los pobres seguíamos siendo pobres”. Igualmente, que ellos sólo contaban para pagar rentas, diezmos, primicias, arbitrios y gabelas. Lo realmente importante lo decidían, cuando se dejaban unos a otros, los miembros de la nobleza, de la realeza y del clero. También, que los que algunas veces influían algo, eran los miembros de la nobleza de categorías inferiores y los burgueses adinerados de las ciudades. En cuanto a las guerras que se ocasionaban como consecuencia de las desavenencias de las clases pudientes y privilegiadas, a ellos, el pueblo llano, sólo les traían mayores cargas impositivas, para que “los otros” pudieran sufragar los gastos de “sus guerras”.
En relación con lo del topónimo El Regato del Bardalón, me explicó que aquel lugar ya en el siglo XV se denominaba así. Era así por ser una ancha franja de terreno toda llena de bardas, que iba desde La Baña hasta donde comenzaba el Camino Almaraz. Me aclaró que entonces se llamaba bardas a los pequeños quejigos que, por lo que fuera, no estaban suficientemente desarrollados. Y ocurría que, también sin saber la causa, en aquel lugar y en aquella época aquellos árboles habían nacido tan juntos, "que se comían unos a los otros", lo que hacía que todos ellos se quedaran medio canijos, de modo que más que árboles parecían matas. No tiene nada de raro, por consiguiente, que a aquella extensa zona de terreno, poblada de bardas, se la denominara como El Regato del Bardalón.

En ese punto de la explicación llamó mi hijo. Desperté y durante aquella noche ya no me volví a dormir.

A la noche siguiente, tan pronto como me quedé dormido, se me hizo presente mí bisabuela Teresa. Venía acompañada de otro antepasado. Por lo que me dijo, había vivido en la época en la que los comuneros de Castilla "plantaron cara" al rey  Carlos I, o al emperador Carlos V, según como eso se mire.
A mis deseos de saber, él contestó que lo que ahora creen muchos en el sentido de que aquello fue un momento en que los castellanos y leoneses habíamos luchado por nuestras libertades, en buena medida no deja de ser "un cuento" que algunos, de forma interesada, se han inventado, sin que se entienda muy bien para qué. Lo que mi antepasado me confesó fue que para "el pueblo llano" aquello no había sido otra cosa que un intento por parte del rey Carlos I de tener más poder para recaudar impuestos del que ya tenía, y un intento, por parte de la nobleza de rango inferior y de la burguesía, por mantener los derechos conseguidos en la época de los Reyes Católicos. Como siempre, a los del pueblo llano todo aquello les importaba bien poco.
En relación con el nombre del pago por el que yo estaba interesado, me dijo que cuando él vivía a aquel lugar se le denominaba El Regato del Bardón. Lógicamente le expresé mi extrañeza por el cambio producido. Me dijo que había una explicación lógica. Según él, lo había ocasionado un incendio. Las pequeñas bardas de quejigos habían sido carbonizadas. Después, cuando brotaron nuevos árboles de las raíces de los anteriores, los lugareños los fueron entresacando adecuadamente, de modo que pudieran desarrollarse con normalidad. Pero entonces ocurrió que todo aquello fue acompañado con el laboreo de los terrenos que bordeaban la franja de lo antes conocido como El Bardalón. Y entonces fue cuando la caza, y de ella especialmente los conejos, se comenzaron a refugiar allí, debido a que entre los árboles fueron apareciendo otras plantas arbustivas y herbáceas. Eso hizo que para los conejos aquel fuera un lugar ideal para hacer sus madrigueras. Como a los conejos entonces no les afectaban enfermedades epidémicas, pronto se multiplicaron de un modo extraordinario, de manera que convirtieron a aquella franja de terreno en un inmenso bardo. Mi antepasado hubo de explicarme que entonces se denominaba bardo a lo que ahora conocemos como madriguera, vivar o “vival”. Así pues, a aquel terreno, plagado de bardos, lo denominaron Bardón. De ahí, lo de  El Regato del Bardón.
En ese momento mí bisabuela Teresa, que se había ausentado, apareció trayendo con ella a otro antepasado. Hechas las presentaciones, la bisabuela desapareció de nuevo.
Este nuevo antepasado, llamado Eustaquio, me dio información sobre la Guerra de Sucesión Española. Verdad es que no me dijo nada que yo ya no supiera.
Lo que sí fue sorprendente fue lo del nuevo cambio de nombre. Me dijo que en su época se le había cambiado el de Regato del Bardón por el de Regato de las Cortezas. Lógicamente quise que me explicara la causa. Según él, había sido muy sencillo y muy lógico a la vez.
Al parecer unos cazadores furtivos, en un intento por sacar a varios conejos de sus bardos, habían prendido fuego. “Se le había ido de las manos” y, una vez más, toda aquella vegetación de la franja del entonces conocido como Regato del Bardón, quedó carbonizada. Pero entonces los administradores de esa zona del Montes del Concejo decidieron que dejara de ser monte, para convertirse en terreno cultivable. De la vegetación sólo quedó algún árbol que fue capaz de renacer de sus cenizas. A partir de entonces aquella franja de terreno pasaría a engrosar el número de fanegas de terreno cultivable y apto para ser arrendado a algún valdeperdiceño. Y una vez que aquel terreno comenzó a ser roturado por los arados romanos de los labradores, enseguida vieron éstos el color, entre siena y rojizo, de aquellas tierras. Pero ocurrió que el color de las tierras no sólo lo descubrieron los labriegos; también lo detectaron las cortezas (aves), que comprendieron que aquel era un lugar extraordinario en el que poder ellas picotear las tierras que necesitaban para su alimentación, así como para poder camuflarse y pasar desapercibidas, dado el gran parecido de color de aquellas tierras con el plumaje de la parte superior de su cuerpo. Y como los valdeperdiceños de aquellos años vieron que aquel era el lugar preferentemente elegido por las cortezas, no tardaron mucho en llamarlo El Regato de las Cortezas.

Al día siguiente fue mi antepasada, la bisabuela Teresa, “La Teresiña”, la que se prestó a informarme de lo último que había ocurrido, para que el lugar volviera a tener su nombre original.
 Al parecer había ocurrido el mismo año en que las tropas del Duque de Wellington  pasaron por estos pagos, ante el asombro de los habitantes de Valdeperdices, camino de Zamora capital, para liberarla del yugo de "la francesada". Esta fue la palabra que utilizó La Teresiña. “Por lo visto”,  venían de San Pedro de la Nave, donde unos días antes, el 31 de marzo de 1813 las tropas integradas por ingleses, portugueses y españoles se habían enfrentado a las tropas de Napoleón. Me dijo también que después de eso las tropas dirigidas por el duque inglés habían echado de Zamora a los franceses, que se habían apoderado de ella cuatro años antes, una vez que habían eliminado la pequeña resistencia que un grupo de zamoranos habían hecho  cerca del río Valderaduey, en Villagodio. Yo le dije a ella que en más de una ocasión había visto el sencillo monumento que los zamoranos habían dedicado a los más de 100 muertos que había habido allí un día 6 enero 1809.
Mí bisabuela Teresa me dijo que unos meses antes del paso de las tropas aliadas cerca de Valdeperdices, ocurrió en el pueblo algo que no tuvo gran trascendencia, como no fuera para hacer cambiar nuevamente el nombre a ese lugar del SEIS. "Por aquel entonces", dijo mi bisabuela, en aquel lugar un valdeperdiceño de los menos pobres tenía arrendado un gran corral, cercado con pared de adobes, y, adosados a él, un rústico cobertizo y una cocina con chimenea. El corral como tal, tenía forma de cuadrilátero rectangular y unas dimensiones de 40m de largo y 20m de ancho, que para aquellos años estaba más que bien. Ese pechero de los menos pobres del pueblo era de los que contaba con tres yuntas de bueyes y una pareja de burros. Disponía, por otra parte, de 60 cabezas de ganado lanar de las llamadas de vientre, amén de las correspondientes crías. Para el cuidado del ganado tenía ajustado un pastor al que, en frase de la época, "pagaba cuatro perras". El ganadero se llamaba Alonso y el pastor, Atilano.
Debemos recordar que en aquellos años a los animales no se les podían dejar solos en el campo, daba igual que fuera de día que de noche, "por si venían los lobos". Así pues, los pastores durante todo el año "tenían que dormir con las ovejas". En las épocas del año “con buen tiempo", las ovejas pernoctaban en las tierras de labor, encerradas en corrales de cañizas. Sin embargo, en los meses fríos de parte del otoño y del invierno pernoctaban en chozos y cobertizos, que fueron los precursores de lo que después serían tenadas y naves.
En el invierno de aquel año de 1813 Atilano tenía que pasar las noches en la cocina con chimenea que, junto con el cobertizo y el corral, tenía  arrendado Alonso al ayuntamiento de Zamora. Allí Atilano dormía sobre una enjalma hecha con paja de centeno. A este pastor, que era bastante joven, que gozaba de buena salud y que estaba acostumbrado desde niño "a pasar calamidades", dormir en aquel lugar y en aquellas condiciones poco le importaba. Las guardias nocturnas las pasaba casi siempre durmiendo, dado que raramente ocurría nada que interrumpiera su sueño. Además contaba con dos extraordinarios perros “cariadores”, propiedad del amo, que enseguida avisaban con ladridos, si ocurría algo anormal.
Pero ocurrió que con intervalos de aproximadamente una semana Atilano “hechó en falta” tres corderos, uno en cada ocasión. Lógicamente ni el pastor ni el amo encontraban explicación a lo ocurrido. Los corderos desaparecían durante la noche. Atilano se percataba de ello cada mañana al ver y oír cómo "berriaba" la oveja madre por la ausencia del cordero hijo. Todo indicaba que los corderos habían sido robados, pero ¿cómo podía entrar el ladrón en el cobertizo a través del corral, sin que de ello se percataran los perros y dieran el correspondiente aviso? Eso era lo que se preguntaban amo y pastor.
Reflexionando y haciendo cuentas en relación con las fechas en que habían desaparecido los corderos, Atilano tuvo la sospecha, aunque no la seguridad absoluta, de que los robos habían acontecido en las noches en que, ya anochecido, había estado con él, y sentado a la lumbre de la chimenea, Serapio, un vecino de Almaraz, que algunas veces se apartaba del Camino la Baña y entraba a calentarse a la lumbre previamente preparada por Atilano. El tal Serapio, según los habitantes de aquellos pueblos, no era mucho de fiar. “Andaba”, cuando andaba, de jornalero o criado para los labradores de los pueblos de la zona. Se decía de él que “no paraba” casi nada con ninguno de ellos,  debido a que los agricultores casi siempre echaban a faltar objetos de su propiedad en el tiempo en el que Serapio “andaba por sus casas”.
Como por los corderos desaparecidos ya nada se podía hacer, porque ya estaban perdidos, Atilano tomó la determinación de tener más cuidado en el futuro con el de Almaraz, si es que de nuevo volvía a aparecer por allí. Para no "espantar a la liebre", no dijo nada a nadie; ni siquiera al amo.
Y ocurrió que, cuando hacía una semana de haber desaparecido el último de los corderos, una noche Serapio volvió a hacer acto de presencia. Ya sentados ante la lumbre, el de Almaraz ofreció a Atilano un cigarro que ya traía preparado. Y entonces al pastor de Alonso "se le abrieron los ojos de la mente" y recordó que en las tres ocasiones anteriores Serapio había hecho lo mismo. "¿Cómo pude ser tan tonto para caer como caí en la trampa?”, pensó. “¿Cuándo se ha visto en estos tiempos y aquí que se traigan hechos los pitillos para ofrecerlos como regalo?”, continuó pensando.
Así y todo, para no alertar al otro, Atilano aceptó el cigarrillo, lo encendió y "a renglón seguido", con la disculpa de ir "a tirar de pantalón", se ausentó. Cuando regresó ya se había librado del pitillo.
Pocos minutos después Serapio dijo que ya no necesitaba estar más tiempo calentándose a la lumbre y, argumentando que llevaba prisa, se marchó, aparentemente hacia Almendra. Atilano entonces comenzó a desconfiar que el tal Serapio las noches anteriores en las que habían desaparecido los corderos, le podría haber puesto algo en los cigarros, lo que habría hecho que él, al fumar, hubiera aspirado alguna pócima que le hubiera producido un sueño tan profundo que le hubiera imposibilitado para poder oír los ladridos de los perros. Atilano sospechó igualmente que, si él no estaba desencaminado en sus sospechas, Serapio esa noche intentaría repetir lo del robo de un cordero. Pero entonces a Atilano le comenzaron a asaltar dudas y preocupaciones. ¿Qué podría hacer él entonces? Tenía claro que él solo no podría apresarlo. Como mucho, cuando los perros avisaran de la presencia del ladrón, lo más que podría hacer él sería "vociar", para que el otro huyera y desistiera de su empeño. Pero en ese caso, no se podría atrapar al ladrón, ni culparlo de nada. Recordó entonces que, si lo que él sospechaba era cierto, las noches en que Serapio se había llevado los corderos, eso no podría haber ocurrido antes, al menos, de haber pasado dos o tres horas, tras haberse ido, dado que él, Atilano, nunca se acostaba antes. Consideró también que disponía de tiempo más que suficiente para ir a buscar ayuda al pueblo. Sabía que entrañaba un riesgo dejar solo el ganado, pero también sabía que debía correr ese riesgo, para poder atrapar al ladrón y darle su merecido. Y como lo pensó, lo hizo.
Aproximadamente una hora después ya estaban en la cocina con chimenea, adosada al corral, Atilano, Alonso y el hijo mayor de éste, un mozo de unos 22 años. Lo primero que hicieron, para no levantar sospechas, fue apagar la lumbre, para que diera la impresión de que ya Atilano se había acostado. Después decidieron esperar acontecimientos.
Desde que Serapio se despidió de Atilano, había estado esperando que llegara su hora, escondido entre unas matas próximas al Camino la Baña, no lejos de lo que después sería utilizado como eras, y denominado como Las Eras del Campo. Si no se había percatado de las maniobras de Atilano, fue porque éste, sospechando que Serapio hubiera hecho lo que en realidad hizo, tanto a la ida, en solitario, como a la vuelta, ya acompañado, hizo el recorrido yendo por la parte de abajo del regato entonces llamado de las Cortezas.
Cuando Serapio consideró que Atilano ya estaría profundamente dormido y medio anestesiado por la acción de lo que él había metido en el cigarro, salió de su escondite de las matas y se encaminó a la tapia del corral de las ovejas. Tan pronto como se comenzó a acercar, los perros “cariadores”  de Alonso comenzaron a ladrar, para avisar del peligro. Serapio saltó la tapia por un lugar donde ésta, medio lamida por la acción de las lluvias, tenía menos altura y, cruzando el corralón, se dirigió al cobertizo. Una vez allí, cogió el primer cordero que pudo atrapar y se disponía a salir con él a sus hombros, cuando en la bocana del cobertizo "le echaron mano" los tres que lo estaban esperando ya allí, una vez que fueron alertados por los constantes ladridos de los perros careadores.
Serapio entonces comenzó a llorar y a pedirle a Alonso que "no diera parte de lo acontecido a la justicia", a la vez que le prometía hacer todo lo que estuviera en sus manos, para reparar el daño producido por el robo de los corderos.
¡Y vaya si lo tuvo que hacer! Alonso perdió sus tres corderos pero, a cambio de mantener el secreto, obligó a Serapio a trabajar de forma gratuita para él, durante el tiempo que el ladronzuelo necesitó para poner sobre la tapia de aquel gran corral una barda, mezcla de zarzas, juncos, piedras y barro. Era algo así como una gran protección para el corral, tanto para defender la tapia  contra la acción de la lluvia, como para hacer menos fácil el acceso al corral a alimañas y a personas.
A esa gran barda hecha por Serapio después los valdeperdiceños llamaron Bardalón y al lugar, Regato del Bardalón, volviendo así, y sin ellos saberlo, al nombre original dado varios siglos antes, si bien teniendo la palabra barda un significado diferente.

                   Patrocinio  Berrocal.


          6    VALPERERO

Aquella mañana de mediados de enero del 2013 me habría gustado dar una vuelta, bajando por Valperero, hasta llegar a la Cañada de las Merinas. Hace bastante tiempo que eso no lo hago, precisamente porque ahora ya no es fácil poderlo hacer. Antes por allí iba un camino. Claro que tampoco me habría importado, de haber sido en verano, haberlo hecho avanzando por las fincas, siguiendo el regato que, dejando a la izquierda Cantosblancos y a la derecha El Hospital y Los Judíos, llega hasta Palomares.
El Hospital, Los Judíos, Valperero... ¿qué historias no guardarán esos topónimos? Lo de Cantosblancos no parece esconder secreto alguno.
Esa tarde de enero del 2013 me limité a observar desde la zona más elevada y próxima a la carretera, del otro lado de La Cuesta el Trillo. Después por la noche volvió a hacerse presente en mi sueño mi antepasado. Lo hacía con la intención de aclararme lo de Valperero. Comenzó por decidirme que el nombre original no era Valperero, sino Valperrero.. Eso me extrañó y quise que me lo explicara, pero entonces sonó el despertador y rompió mi sueño.
Ya despierto, comencé a pensar que aquello podía tener algún paralelismo con lo del Corral del Marranero. Y entonces recordé que, cuando yo tenía diez u once años, en cierta ocasión mi madre me encomendó la tarea de llevar la comida a mi padre que, por lo que él mismo había dicho aquella mañana antes de salir de casa, procuraría estar a la hora del mediodía con el ganado en el lugar donde "se juntan el Once y el Doce, justo donde comienza la Rodera del Doce. Supongo que no hace falta decir que el recorrido, bastante largo, lo hice a lomos de una burra, llevando la comida en las alforjas. Antes de ese día ya en alguna ocasión anterior había sentido la curiosidad de saber por qué a aquel lugar lo llamaban El Corral del Marranero, si allí entonces no había ningún corral ni nadie que cuidara marranos. Esta pregunta, demorada antes, se la hice aquel día a mi padre, mientras comíamos al lado de una tierra que era de nuestra propiedad. Mi padre, antes de responderme, me llevó hasta un lugar de nuestra finca, justo donde estaba la linde con otra de mi tío Felipe. Allí me explicó, ante una pequeña “cantonera”, que en ese lugar que en aquellos años ya no quedaban más que aquellas piedras, años antes había un corral y una vivienda. En el corral se recogían los cerdos que en sistema de montanera tenía el propietario de todas aquellas tierras que entonces eran algo así como una dehesa. La vivienda era la morada del criado que como porquero o porquerizo se encargaba del cuidado de los cerdos. De eso venía que al lugar se le llamara como se  le llamaba.
Tampoco pude dejar de pensar en que ya casi está ocurriendo eso mismo con "Las Casas Viejas".
Cuando, ya muy avanzada la madrugada, volví a dormirme, de nuevo se presentó en mis sueños mi antepasado. Comenzó por decirme que lo del cambio de Valperero por Valperrero me lo explicaría más adelante. Según él, era muy conveniente seguir el orden cronológico de los hechos. Y quiso entonces que yo recordara algo que había leído ya hace bastante tiempo en relación con la Virgen de la Hiniesta. Para ello tuve que irme a los últimos años del siglo XIII, aquellos en los que el reino de Castilla sufrió, además de los ataques de los benimerines, las luchas internas por la sucesión al trono del entonces todavía rey Alfonso X el Sabio. En esas disputas estuvieron los Infantes de la Cerda, hijos del fallecido primogénito del rey, con su tío, que a la postre  sería  rey de Castilla en 1284, Sancho IV el Bravo. Éste, buscando mayor seguridad para su esposa, María de Molina, y para el hijo de ambos, los había traído a Zamora y los había dejado al cuidado del noble zamorano Ferrán Pérez Ponce.
En aquellos años eran frecuentes las visitas de Sancho IV el Bravo a Zamora, tanto para ver a su querida esposa y al hijo de ambos, como para buscar algo de reposo y sosiego de las continuas guerras e intrigas cortesanas. Al parecer en una de esas visitas  del rey a Zamora, ocurrió todo lo de la cacería y lo del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Hiniesta en el Bosque de Valorio, con todo lo que eso después conllevó.
Mi antepasado continuó diciéndome que más o menos por aquella época Ferrán Pérez Ponce organizó una cacería a la que invitó a otros miembros de la nobleza zamorana, entre ellos a uno que, para no descubrir secretos de alcoba, llamaremos con el seudónimo de Peco. Peco era, como muchos otros nobles en aquellos años, muy aficionado a la caza de montería, en la modalidad de ojeo y espera. Para ello disponía de una numerosa jauría de perros de los que se encargaba, tanto de cuidar como de adiestrar, uno de sus criados, llamado Tomás. Debido a ello, y a pesar de que ese criado también hacia otros trabajos, todos los demás lo llamaban Tomás el Perrero. Era éste un mocetón, alto rubio y "muy bien parecido". Era la atracción de todas las criadas que pululaban por la casa palacio del noble y también de otras muchas mujeres de la ciudad, criadas o no criadas. Entre esas mujeres estaba, ni más ni menos, que la joven esposa de Peco, que ya en aquellos años de joven tenía más bien poco. Fuera porque el noble "no la tenía bien servida", fuera porque a ella le gustaba demasiado Tomás el Perrero, tan pronto como tuvo ocasión, la joven noble le hizo saber al cuidador de los perros que "no lo miraba con malos ojos". Él, "que no tenía entre sus virtudes la cobardía", enseguida comenzó con ella una íntima y clandestina relación. Lo malo para ambos era que la frecuencia de sus encuentros no era la deseada por ellos en aras de mantener el secreto obligado.
Llegó el día en que Fernán Pérez Ponce había organizado la montería. Sin que se sepa muy bien la causa, el lugar elegido fue el que entonces los zamoranos conocían como Los Montes del Concejo o Monte Concejo y de él concretamente lo que los valdeperdiceños conocemos como La Parcela.
Lo previsto en aquella ocasión era que los ojeadores con sus jauría de perros salieran  de El Pico el Puerto y, abriéndose en abanico, fueran llevando la caza a la zona del Camino el Lomo, donde estarían esperando con las armas los miembros de la nobleza zamorana.
En aquellos años todo ese territorio estaba por roturar. Abundaban las encinas, los quejigos y, entre ellos, monte bajo formado, sobre todo, por escobas y jaras. En las pequeñas depresiones del terreno no eran infrecuentes los zarzales y las carbiceras. Exceptuando el Camino Zamora, de una anchura poco mayor de la de un eje de un carro, todo lo demás formaba  una maraña difícilmente transitable. Eso hizo que los ojeadores, que habían comenzado su cometido a media mañana, no alcanzaran su meta hasta el mediodía. Cuando éstos llegaron a su destino, ya los de las armas mostraban su alborozo por el éxito obtenido. Eran varios los jabalíes y los venados que habían sido abatidos por los certeros venablos de los cazadores.
Terminada la caza propiamente dicha, buscaron lugares adecuados y se dispusieron a recuperar fuerzas con el descanso y con la comida. Y fue entonces cuando los criados de Peco echaron en falta a Tomás el Perrero y a su traílla de perros. Los compañeros y amigos de Tomás comenzaron a sospechar que algo malo debería haberle ocurrido, para que no estuviera ya allí con ellos. Informaron del asunto a Peco y éste, más por sus perros que por su perrero (eso es lo que se decía entonces), mandó a sus otros criados que hicieran lo necesario para encontrarlos.
Ya bien avanzada la tarde, los criados de Peco, junto con algunos criados de otros nobles que de forma voluntaria quisieron colaborar en la búsqueda, encontraron a Tomás el Perrero en el lugar al que entonces todavía no se le había dado nombre alguno y que ahora nosotros conocemos como VALPERERO. Tomás el Perrero estaba completamente desnudo, amordazado y fuertemente atado con sogas de esparto al tronco de un roble carbizo. Alrededor de él, como queriendo darle escolta, estaban todos los perros de su traílla.
Lo que Tomás el Perrero dijo entonces fue que dos encapuchados lo habían golpeado fuertemente en la cabeza, a consecuencia de lo cual había perdido el conocimiento. También, que al recobrar la consciencia, se había visto en la situación en la que lo habían encontrado.
A partir de entonces y hasta varios siglos después a aquel lugar, antes sin nombre, se le conoció como Valperrero; es decir, valle del perrero.
Yo entonces quise saber de mi antepasado qué era lo que en realidad había ocurrido con Tomás el Perrero en aquella mañana de cacería.
Mi antepasado me explicó que, unos días antes de lo de la montería, Peco se enteró de lo de la "cornamenta" que le estaban poniendo Tomás el Perrero y su joven esposa, a pesar de la discreción con la que éstos procuraban llevar su relación amorosa. Tal como "se las gastaban" en aquella época, por mucho menos que eso otro habría ido a parar a la horca. En ese sentido Tomás el Perrero tuvo mucha suerte. Peco era un hombre con fuertes convicciones religiosas y por nada del mundo quería pecar gravemente contra el quinto mandamiento de la ley de Dios. Fue por eso por lo que se limitó a darle un escarmiento al cuidador de sus perros, que sirviera también como aviso para su joven esposa. Al parecer tanto en uno como en la otra dio sus frutos.
Lo de la modificación del nombre fue bastante posterior y se produjo como consecuencia de dos hechos diferentes.
El primero de ellos tuvo lugar ya a mediados del siglo XVIII, cuando al realizar censos catastrales el ayuntamiento de Zamora, al que  Los Montes del Concejo o Monte Concejo pertenecían estos pagos, un escribano, por error, lo anotó como Valperero en lugar de Valperrero.
Cuando los valdeperdiceños conocieron el nombre oficial que por error se le había dado al lugar, lo comenzaron a denominar así también ellos, "como rechifla y por pitorreo". Pero ocurrió que lo que comenzó  haciéndose como mofa al escribano que había cometido el error, poco a poco y pasados los años, se fue convirtiendo en algo habitual, llegando un momento, tras haber pasado casi otro siglo, en que los habitantes de Valdeperdices ya tenían sus dudas de cuál de los nombres, (Valperero o Valperrero), era el nombre correcto. No debe extrañarnos demasiado eso pues, pasados cinco siglos, ya nadie sabía nada sobre la historia de la cacería que había ocasionado el nombre de Valperrero. Por otra parte "en los papeles" nadie había corregido el error y ya era aceptado como bueno el nombre de Valperero.
Y ya en el primer tercio del siglo XIX, hubo otro hecho que se sumó a hacer que se terminara de afianzar lo de mantener Valperero en detrimento de Valperrero.
Mi antepasado entonces, y antes de relatarme lo acontecido en ese primer tercio del siglo XIX, quiso que yo recordara algo que conocí en mi niñez.
Es conveniente que digamos que los que ya pasamos de los 60 años, podemos recordar que allá por la década de los años 50 y parte de los 60 del pasado siglo XX, fuimos testigos, y a veces actores, de algo que solía ocurrir en los últimos días del mes de agosto y durante el mes de septiembre en dos lugares de la carretera que va de Zamora a Alcañices, esa que nosotros conocíamos como “la carretera de alquitrán” o la carretera de Alcañices y que no es otra que la Carretera Nacional número 122. Lo que recordamos es que en esa época del año en Pozocerrao y en Guimaré solía haber puestos de melones y de peras, respectivamente. También, que en esos años antes citados precisamente en el mes de septiembre era cuando los valdeperdiceños más iban a la capital de la provincia. En aquellos años todavía no había coches de línea para nuestro pueblo. A veces había que ir al kilómetro 15 o al 13 para allí coger el coche de línea. Algunas veces se optaba por hacer algo parecido desplazándonos previamente a Palacios o a Andavías. De todos modos, lo más frecuente entonces era hacer directamente el viaje a Zamora, usando los medios propios de los que  se disponía y que no eran otros que el carro y las caballerías. Una vez en la ciudad, los animales se solían dejar estabulados en lugares apropiados para ello y que la mayoría estaban en la Plaza de la Leña. Casi todos los valdeperdiceños lo hacían en el mesón de la Sra. Ana.
Decía con anterioridad que era en el mes de septiembre cuando más viajaban los valdeperdiceños a la capital. Se conjuntaban varias causas, entre las que destacaban: llevar trigo a la Panera Social para la venta, llevar trigo a las fábricas harineras para el cambio (trigo por harina) y ¡cómo no! "para comprar los guapos" para la fiesta del “Ofretorio”.
No era nada raro que a la vuelta de esos viajes los valdeperdiceños  adquirieron algunos kilos de peras, (peros decían ellos entonces), en las huertas de Guimaré. Lo que no era frecuente era que se compraron melones en Pozocerrao. En esos años ya los valdeperdiceños disponían de tierras propias en las que podían sembrar melones.
Todo lo que he dicho con anterioridad lo he recordado porque tiene mucho que ver con lo ocurrido en el primer tercio del siglo XIX y relacionado con el topónimo de Valperero. En aquellos años uno de los campesinos que cultivaban las huertas de Guimaré tenía un hijo de unos 25 años que era, según los habitantes de varios de los pueblos de la Tierra del Pan, "de los que quitan el hipo", guapo y atractivo a más no poder. Era bastante conocido en Valdeperdices, Almendra, El Campillo, Muelas del Pan, Almaraz y Villaseco , como Luis el Perero. Eso era debido a que, desde que contaba sólo con 16 abriles, durante el mes de septiembre había recorrido los mencionados pueblos realizando, de modo ambulante, la venta de las frutas que producían las huertas cultivadas por él mismo y por su padre, especialmente peras.
Ocurrió que un día de finales de septiembre de 1822 fue con su carro de varas, tirado por un gran caballo castaño de raza percherona, a vender sus peras a Almendra. Fuera porque ese día no llevara demasiada mercancía, fuera porque los “almendrucos” estuvieran ese día muy deseosos de comprar, antes del mediodía ya no había ni una sola pera en sus banastas. Eso hizo que Luis el Perero iniciara el camino de regreso sin ni siquiera pasarse por Valdeperdices, como en principio tenía previsto. Según se supo después, a la altura de Las Maravillas estuvo hablando unos minutos con el cura párroco de Valdeperdices, D. Ildefonso Riaza. Ya en Las Cuatro Hermanas, hizo otro tanto con El Sastre, un vecino de Valdeperdices al que llamaban así porque Sastre era su primer apellido. De éste sabemos que fue el padre de La Pepinilla, una mujer a la que se recordó después mucho en el pueblo por muchas cosas, casi todas ellas poco positivas.
  Desde ese momento y hasta el día siguiente, más o menos a la misma hora, nadie  volvió a ver a Luis el Perero, como tampoco a su carro de varas ni a su caballo percherón.
Cuando los familiares de Luis el Perero comprendieron que algo malo debería de haberle ocurrido, para no haber regresado a Guimaré, ni a la hora prevista ni en el espacio de varias horas después, iniciaron su búsqueda.
Como los informantes valdeperdiceños afirmaban que el lugar en que, sano y salvo, había sido visto por última vez era en Las Cuatro Hermanas, allí fue donde comenzaron a buscarlo. Fueron ayudados por algunos de los vecinos de Almendra y Valdeperdices, que fueron los que se enteraron del asunto.
Ya al día siguiente, al mediodía, un perro de su propiedad condujo a los padres de Luis el Perero y a los acompañantes a aquel lugar de Valperrero o Valperero en el que varios siglos antes había sido encontrado Tomás el Perrero. En unas condiciones exactamente iguales, excepción hecha de la ausencia de la jauría de perros, se encontraba Luis, (amordazado, desnudo y atado al tronco de un roble carbizo). Cuando pudo explicarse, también dijo lo mismo que había dicho varios siglos antes Tomás el Perrero.
Aquella misma tarde alguien encontró entre los jarales de lo que después se conocería como Valverde, el caballo y el carro de varas de los de Guimaré. Eso indicaba que el robo no había sido la causa de lo ocurrido.
Lo acontecido a Luis el Perero ¿era una rara coincidencia con lo sufrido varios siglos antes por Tomás el Perrero? ¿No podría ser que alguien, conocedor de la historia de este último, hubiera querido dar el mismo escarmiento a Luis, tal vez por una causa similar?
Lo único cierto es que las malas lenguas  decían en 1822 que el joven de Guimaré "no le caía mal" a la esposa del dueño de La Venta del Puerto. Esas mismas lenguas añadían que tampoco la joven esposa del de La Venta del Puerto "le caía nada mal a Luis”.
Me habría gustado que mi antepasado hubiera satisfecho mis ganas de saber, pero "se hizo el tonto" y no me quiso aclarar nada. Lo único que me hizo saber fue que, a partir de ese año de 1822, ya nadie volvió a denominar a aquel pago en el que habían acontecido los hechos como Valperrero. En adelante todos lo hemos conocido como VALPERERO.


                   Patrocinio Berrocal.



 5  ALFONSO  CASAO

 Habían transcurrido ya bastantes días sin que en mis sueños apareciera nada relacionado con los topónimos de Valdeperdices. Tal vez fuera porque, una vez que ya había escrito lo relacionado con cuatro de ellos, con el consiguiente trabajo que eso supone para mí, había perdido  algo de interés ese tema. Sin embargo, después de ver en el blog del pueblo el mapa enviado por mi sobrino Pedro, y de haber leído sus comentarios y preguntas, de nuevo volvió a surgir en mí el anterior interés. Seguramente debido a ello, una de aquellas noches volví a soñar con el tema. Pero en aquella ocasión no era mi antepasado el que se me presentaba con la intención de ayudarme a saber. Quien lo hacía, y con esa misma intención, era una persona a la que yo había conocido en mi niñez, aunque no demasiado. Mis recuerdos hacían que yo pensara que ella era introvertida, beata, anodina y poco fiable. De todos modos, y dado que esa persona murió cuando yo era todavía “muy niño”, yo no podía estar seguro de que mi opinión sobre ella se ajustará a la realidad.
Instantes después de haberse presentado ella, y de haber mostrado su disponibilidad para ayudarme a saber todo lo relacionado con Alfonso Casao, la alarma del reloj me despertó. En esa ocasión eso no supuso demasiado disgusto para mí. No estaba muy seguro de que la información que ella me diera fuera demasiado fiable.
Uno de esos días debí desplazarme de Zamora al pueblo, para los ensayos de unos villancicos que después el día 30 de ese mes de diciembre se cantarían, en algo parecido a un recital, en la iglesia de Valdeperdices. Aproveché la ocasión para preguntar a algunas personas de mayor edad que yo en relación con la persona que se había aparecido en mis sueños. Claro está que yo nada les dije de los sueños. Suponía que las personas consultadas, al haberla conocido mejor que yo, también podrían tener una opinión mucho mejor formada que la mía; no en vano habían dispuesto de más tiempo para conocerla. He de decir también que las personas consultadas mostraron su extrañeza por el hecho de que yo preguntara por aquella persona; tuve que inventarme una mentira piadosa.
Todas las personas consultadas fueron unánimes en reconocer que yo estaba muy acertado en casi todo lo que opinaba sobre la persona en cuestión. Pero también fueron unánimes en decirme que yo estaba completamente equivocado en lo de que fuera una persona poco fiable. Según estas personas consultadas, aquella a la que yo había conocido “siendo todavía muy niño”, y que ahora se me presentaba en mis sueños, "tendría lo que fuera, pero de mentirosa no tenía nada y uno se podía fiar de ella por completo".
Como no es mi deseo revelar la fuente de información, de ahora en adelante, cuando me refiera a ella, lo haré con el nombre de Pefi (persona fiable).
Pasaron unos días y ni mi antepasado ni Pefi volvieron a hacerse presentes en mis sueños. Ya en la noche del día nueve y la madrugada del día 10 del recién estrenado año de 2013, volvió a mis sueños Pefi. La verdad es que no sé muy bien si fue en mis sueños o a mis pesadillas o delirios. Digo esto, porque estaba pasando "un buen trancazo", no sé muy bien si de gripe o de catarro. Fuera como fuera, allí estaba ella para ayudarme. Para hacerlo, unas veces se sirvió de sus palabras y otras, de imágenes que ella hacía desfilar ante mí. Comenzó por hacerme recordar que en aquellos años Palacios del Pan no estaba ubicado en el lugar en el que está en la actualidad. Entonces, y después hasta la década de los años 30 del siglo XX, Palacios del Pan estaba situado en un lugar que fue ocupado después por las aguas del Embalse de Ricobayo. Ese lugar estaba muy próximo a Andavías. Yo le hice saber a Pefi que todavía en la actualidad se conservan algunas de las paredes que circundan lo que en su día fue el antiguo cementerio de Palacios.
Pefi  quiso también que yo recordara que lo que nosotros conocemos como Alfonso Casao nunca formó parte del término municipal de nuestro pueblo, ni de San Pedro de la Nave, sino que eran tierras pertenecientes a lo que se conocía y se conoce como Monte Concejo y que eran y son administrativamente del Ayuntamiento de Zamora. Igualmente quiso que yo recordara que Alfonso Casado es una parte integrante del polígono número ocho de ese Monte Concejo y que en nuestro pueblo se conoce como La Parcela Palacios. Y esto es así porque en su día ese polígono número ocho fue adquirido por los habitantes de Palacios del Pan. Nada tiene eso que extrañar, pues en su anterior ubicación a los pobladores de Palacios ese polígono número ocho no les quedaba demasiado alejado. Otra cosa fue después, cuando al hacerse el embalse y el nuevo pueblo, las tierras del polígono ocho les quedaban ya "a trasmano". Seguramente por eso, poco a poco y en constantes procesos de compraventa o intercambios, esas tierras fueron pasando a ser propiedad, en la mayoría de los casos, de valdeperdiceños.
Ya me iba yo cansando de que Pefi me hiciera recordar cosas que para mí no tenían demasiado interés, y por eso le pedí que fuera al grano. Ella entonces comenzó por revelarme que Alfonso Casao era un vecino de Palacios del Pan. Lo de Casao no era ni apodo ni apellido. Se le denominaba así únicamente para diferenciarlo de otro vecino de la misma localidad y que era tocayo suyo, además de tener su misma edad.
 Ese otro Alfonso no estaba casado y era denominado por sus convecinos como Alfonso Soltero. Según ellos, Alfonso Soltero se había quedado en esa situación de soltería simplemente porque era muy raro y no le gustaban nada las mujeres. Se decía de él que, siendo mozo, "más de una y más de dos de las mozas, tanto de Palacios del Pan como de los pueblos colindantes, habrían estado encantadas con que él se hubiera fijado en ellas". Y es que Alfonso Soltero era "un rato guapo, además de tener un trato muy agradable". Pero... nunca quiso fijarse en ninguna mujer. Claro, que tampoco se supo que se fijará en ningún hombre, "no se vaya usted a creer".
Alfonso Casado era en aquellos años 20 del siglo XIX uno de los agricultores menos pobres de la localidad. No se le podría haber considerado como agricultor rico, debido a que no poseía ni un celemín de tierra propia. Eso entonces era siempre así. Los labradores de todas aquellas comarcas no trabajaban tierras propias, sino que, como renteros, cultivaban fincas de algún miembro de la nobleza, de alguna orden religiosa o las comunales de los ayuntamientos. El que ninguno de los agricultores fuera propietario de tierras no implicaba que la situación económica de todos ellos fuera igual. Las diferencias venían establecidas por el mayor o menor número de fanegas de tierra que pudieran coger en arriendo, al mayor o menor número de cabezas de ganado que pudieran pastorear, así como también al mayor o menor número de brazos disponibles, para realizar las faenas del campo. Eso hacía que, incluso en una general poco buena situación económica, hubiera notables diferencias entre unos y otros.
Alfonso Casao era considerado por sus coetáneos vecinos como uno de los ricos del pueblo. Aunque fueran arrendadas, disponía de tantas tierras que para cultivarlas necesitaban tres parejas (yuntas) de bueyes y una pareja de burros. Además de eso tenía casi un centenar de cabezas de ganado lanar. Como eran muchos los trabajos que debía realizar, no era infrecuente que, además de los miembros de la familia, trabajaran para él algunos jornaleros.
No podemos olvidar que en aquellos años a los que nos estamos refiriendo, en España se produjeron cambios que en principio podrían haber influido más que mucho en la vida de aquellos campesinos. Centrándonos específicamente en lo que nos interesa ahora, recordaremos que entre 1820 y 1823 hubo en España el " Trienio Constitucional" o " Trienio Liberal". En esos años los políticos liberales moderados hicieron un muy importante intento, (Pérez de Castro), por llevar a cabo reformas encaminadas a poner en práctica la desamortización de los bienes eclesiásticos, la supresión de las órdenes monacales, la supresión de los mayorazgos y la reducción a la mitad de los diezmos. Tampoco podemos olvidar que al Trienio Liberal siguió la llamada Década Absolutista o Década Ominosa. Todo lo que afectaba a aquellos campesino renteros, que estaban deseosos de poder trabajar tierras propias o, en el peor de los casos, de ver disminuidas sus cargas impositivas, fue completamente tirado por tierra. Muchos de los labradores de aquellos años, que en el periodo del Trienio Liberal habían visto reducido a la mitad el diezmo y que, llegada la Década Ominosa,  debían volver a pagar el diezmo entero, aceptaron con paciente resignación el regreso a la anterior situación impositiva. No ocurrió lo mismo con Alfonso Casao. Llegada la primera fecha en que debía realizarse el aporte impositivo de acuerdo con lo establecido con el nuevo estado de las cosas, Alfonso Casao hizo su aportación conforme a lo establecido durante el Trienio Liberal, argumentando que aquello era más que suficiente, además de que a él nadie le había dado información alguna oficial en la que se le dijera cuáles serán sus nuevas obligaciones. ¡No era nada lo que hacía Alfonso Casao!. Aquello supuso para todos los vecinos de Palacios del Pan toda una conmoción y un escándalo. Todos se temían que "aquello no se iba a quedar así" y que a su vecino Alfonso le iban a ir muy mal las cosas. El representante del clero, encargado en aquella ocasión de recaudar los diezmos, ya completos, para la iglesia, de momento tuvo que aceptar lo aportado por Alfonso Casao. Ese momentáneo "agachar la cabeza" del religioso estaba motivado por el hecho de haberse olvidado de llevar consigo una copia de la ordenanza de su “Majestad el Soberano Rey Fernando VII, "El Deseado", en la que quedaba bien claro que la situación en relación con los diezmos volvía a ser como antes de 1820.
El religioso entonces hubo de limitarse a avisar a Alfonso Casao de que más pronto que tarde tendría que "entrar por el aro" y pagar todo lo que le correspondía. También lo amenazó con todos los castigos divinos, habidos y por haber. Terminó diciendo: no olvides que Dios castiga sin palo ni piedra.
Los del cobro de lo no aportado por Alfonso Casao se fue demorando en el tiempo. Parece ser que al convento no le resultaba demasiado rentable realizar todo un proceso recaudatorio para la mitad de los diezmos de un solo labrador. Hubo quien dijo entonces que era intención de los frailes cobrarle lo adeudado junto con los diezmos completos del año siguiente. También hubo quien opinó que los frailes tal vez no quisieran plantar cara, pues tras algunos sucesos ocasionados por algunos políticos de los liberales exaltados, habían comenzado a pensar que no les convenía mostrarse demasiado intransigentes en aquellos tiempos. Esos frailes podía ser que comenzaran ya a pensar que las cosas para ellos podrían estar comenzando a cambiar, y para mal. Ellos no  podían saber entonces que, a pesar de que al final llegó, eso tardaría bastante más de lo que en principio ellos mismos habían imaginado.
Pero volvamos a lo de Alfonso Casao y al lugar así conocido posteriormente por los valdeperdiceños en la denominada Parcela Palacios. Allí el labrador palaciego había conseguido, según algunos con no muy buenas mañas, el derecho al usufructo como rentero de una importante cantidad de fanegas de tierra, que iban desde la Cañada de las Merinas hasta el Camino Zamora. En la primavera de 1824 un día se encontraba Alfonso Casao “escardando”, (quitando malas hierbas), en la mencionada finca, cuando acertó a pasar por allí, procedente de un convento de Zamora, el fraile que ejercía las funciones de párroco en Valdeperdices. A pesar de que aquellas tierras no entraban en su jurisdicción, el fraile amonestó al labrador rebelde por lo del incumplimiento del pago del diezmo entero y se atrevió a advertirle de que, si antes de la próxima recogida de los diezmos, no aportaba lo adecuado del año anterior, Dios le enviaría un muy duro castigo. Alfonso Casado no respondió con palabras, pero con gestos sí dio a entender que le importaba bien poco lo que el fraile decía.
Ya a comienzos del verano de ese mismo año una tarde se encontraba Alfonso Casado segando en el mismo lugar. En esa ocasión estaba acompañado por su hijo mayor, por una de sus hijas y por una cuadrilla de cuatro segadores de procedencia portuguesa a los que había contratado para que colaboraron con él y con su familia en las tareas de la siega. Aquella tarde tuvo de especial que las nubes blancas, como enormes vellones de lana, que empezaron a aparecer a eso del mediodía, conforme pasaban las horas iban cambiando de color, hasta ser de un tono gris oscuro. Llegó un momento en que parecía que la noche se había anticipado en no menos de dos horas. Y entonces comenzaron a romper la oscuridad los látigos serpenteantes de los relámpagos, acompañados de redobles atronadores. Al principio había algunos segundos entre las luces y sus sonidos, pero llegó un momento en que el latigazo y su sonido se producían prácticamente a la vez. Entonces todos, menos Alfonso Casado, lanzaron lejos de ellos las hoces con las que habían estado segando. Habían oído decir que "esas cosas" atraían a los rayos. A continuación, viendo que comenzaba  a "pintiar", corrieron a refugiarse en las ruinas de una pequeña caseta que allí había, no demasiado lejos de ellos. Alfonso Casado no se movió del lugar. Continuó segando, como si nada estuviera ocurriendo. Lo único que hacía de vez en cuando era levantar el brazo, con la hoz en la mano, en una actitud desafiante hacía la nube causante de aquella tormenta. Y entonces ocurrió que un rayo cayó a no más de 50 m de él. Lo hizo sobre una enorme encina. El tronco de ésta, de casi 1 m de diámetro, quedó abierto en dos mitades. En ese instante la lluvia comenzó a caer en tromba, produciendo un ruido ensordecedor. Los hijos de Alfonso, viendo lo ocurrido con la encina, lo llamaban y le pedían  que depusiera su actitud y fuera a cobijarse en la caseta. Pero él no quiso hacer caso a las peticiones y consejos de sus hijos. Aunque ahora ya no podía continuar segando, seguía en actitud de desafiar la nube.
Cayeron dos rayos más cerca de él y Alfonso continuaba impasible, imperturbable.  Entonces llegó un cuarto rayo que impactó con un imponente chasquido en la hoz de Alfonso Casao. Él quedó completamente carbonizado.
 Pefi me dijo que eso era lo que, siendo ella todavía una niña, había oído contar a una de sus abuelas. También, que en aquellos años las gentes de aquellos pueblos  achacaban la causa de lo acontecido a Alfonso Casao a cosas bien diferentes.
Para unos, lo acontecido a Alfonso era debido a un castigo divino, por haberse atrevido a no cumplir con sus deberes religiosos en lo referente al quinto mandamiento de la Iglesia de Dios.
Para otros, todo era fruto de la mala suerte y por ello, un simple accidente, eso sí de consecuencias terribles, producido por un fenómeno de la naturaleza.
Finalmente, y para otros, sólo era el resultado de la insensatez de un hombre que no se había parado a pensar en las consecuencias de sus actos, tanto en lo relacionado con su rebeldía en el pago de sus obligaciones con la Iglesia, como en el hecho de quererse enfrentar desafiante a las fuerzas de la naturaleza.
Fuera como fuera, todo eso sirvió para que en el futuro a aquella zona en la que se habían producido los hechos se le conociera como las tierras de Alfonso Casao.

       (Patrocinio Berrocal)

  
         4)        VALLELITO  O  VAYELITO.

Desde niño oí hablar de Vallelito, Vayelito y Vallolito. Yo siempre he estado convencido de que los dos primeros nombres tienen toda la lógica del mundo, mientras que el tercero carece de sentido. De todos modos, tampoco esto último podría extrañarnos demasiado, pues todos sabemos que hay muchísimos nombres, y entre ellos los de los topónimos que ahora nos ocupan, que no tienen lógica alguna.
Antes de nada, deseo manifestar mi opinión en el sentido de dar por hecho que el nombre de Vallelito o Vayelito ha tenido que ser puesto no hace demasiado tiempo. De lo contrario, no sería Vallelito ni Vayelito, sino Valdelito. En cualquiera de las dos acepciones vendría a significar "valle de la piedra", teniendo en cuenta que la segunda parte de la palabra, de origen griego, significa piedra. Aunque también pudiera ser que, tratándose de una nomenclatura relativamente reciente, lo de lito hiciera referencia a lo que los valdeperdiceños han conocido como lito, que no es otra cosa que varias piedras colocadas verticalmente, una sobre otra, y que los agricultores ponían en sus "tierras", tras la siembra, con la finalidad de que sirvieran como señal informativa de que la finca en cuestión ya estaba sembrada y, en consecuencia, no podía ser pastoreada. Con frecuencia las piedras eran sustituidas por terrones.
Una vez más esperé que mi antepasado se hiciera presente en mis sueños y me ayudara a entender el significado y el origen del nombre en cuestión. Pero en esta ocasión la espera fue en vano. Así las cosas, no tuve otra solución que tirar de mis recuerdos de infancia e irme a lo que oí contar en cierta ocasión, una lluviosa tarde de invierno y al "amor de la lumbre", a dos mujeres de edad ya avanzada en la cocina de mi tía Juana. Nunca sabré si lo que nos contaron a otros dos niños y a mí, fue algo inventado por ellas mismas para la ocasión, o algo que se había ido transmitiendo de generación en generación, a través de los tiempos.
Hace tan sólo unos días, comentando algo referido a ese lugar con un valdeperdiceño, él era de la opinión de que el prado de Vallelito o Veyelito, debería de haber sido de propiedad comunal, pues recordaba haber visto en su juventud que en primavera, "cuando se abrían los prados", algunos vecinos de Valdeperdices llevaban allí sus  vacas, para que “pastiaran”. En esa ocasión le repliqué que yo también recordaba eso mismo, pero que también se me había dicho que ese prado y esa hierba eran sólo resultado de que los dueños de las fincas privadas de aquel lugar, dejaban de arar y sin sembrar aquella parte del final de sus fincas, debido a que "todo aquello" durante buena parte del año estaba encharcado y, en consecuencia, inservible para los cultivos. Sin embargo, eso no era obstáculo alguno para que en alta primavera produjera abundante hierba.
Eso fue  lo que hizo que yo buscara la información necesaria, después de la cual me ratifiqué en mi opinión.
 Hago referencia a esto, porque tiene bastante que ver con lo que nos contaron aquella tarde de invierno aquellas "dos viejas" en la cocina de mi tía Juana.
Según ellas, hace muchísimo, muchísimo tiempo, cuando ellas, "que se consideraban a sí mismas ya  tan viejas, ni siquiera habían nacido", ocurrió algo sorprendente en el lugar que después se conoció como Vallelito o Vayelito.
Al parecer, todo comenzó un año en el que la abundancia de las lluvias hizo que aquel prado a mediados de mayo tuviera gran cantidad de hierba, de casi un metro de altura. Los renteros de aquellas fincas cuyos extremos formaban el valle, tomaron entonces la determinación de aprovechar ellos solos, cada uno lo correspondiente a su tierra, aquella extraordinaria hierba. Cuando llegó el momento de "descotar los prados" y de "abrir los campos", aquellos labradores, usufructuarios de las fincas de aquel valle, fueron al lugar en cuestión y colocaron en él, en la zona más próxima a la Cañada de las Merinas, un gran lito de más de un metro de altura. Lo hicieron así de grande, para que sobresaliera por encima de la hierba y que de ese modo pudiera ser visto con facilidad. Los demás agricultores y ganaderos aceptaron esa decisión sin poner "pega alguna". "Aquello era suyo y podían hacer lo que les conviniera",decían.
El único que no quiso aceptar de buen grado lo del lito y lo del aprovechamiento, "para ellos solos", de la hierba del prado, fue Ramiro Dosenjalmas. Y lo más llamativo del caso era que éste ni siquiera tenía animales que pudieran beneficiarse de la hierba del prado.
Ramiro Dosenjalmas era un "hombretón". Medía no menos de un metro y ochenta centímetros, algo más que extraordinario para aquella época. Eso es lo que decían las amigas de mi tía Juana. Pero a pesar de su altura, seguían las narradoras, era "más ancho que largo". Desde bien joven, Ramiro no hacía otra cosa que presumir de su corpulencia. Durante un tiempo, para que los demás valoraran en lo que se merecía su corpulencia, no se cansaba de repetir que, para dormir, cuando se encontraba en el campo, necesitaba dos enjalmas de las de las caballerías. Ese fue el origen de su apodo.
Si Ramiro Dosenjalmas sobresalía por su corpulencia y por la extraordinaria fuerza física que eso conllevaba, no se quedaba atrás en sus cualidades como "faltón y sinvergüenza", según palabras de las amigas de mi tía. Pocas eran las personas del pueblo a las que, a sus no más de 40 años, no hubiera ofendido o causado algún daño, bien en sus propiedades, bien en su propia persona. Pero, cosa rara y extraordinaria, Ramiro Dosenjalmas, que no tenía temor por nada relacionado con los vivos, era un "miedica y un cagueta" en lo concerniente a los muertos.
Pero volvamos al asunto de Vellelito o Veyelito.
A última hora de la tarde del día siguiente a aquel en que los agricultores de Valdeperdices habían colocado el lito, “un rapaz” que pasó por aquel lugar, vio que alguien lo había  derribado . El niño, al llegar al pueblo, informó a un vecino de los afectados. Este vecino a su vez informó a los demás y entre todos  acordaron pasarse por el lugar la tarde siguiente, con la finalidad de recomponer el lito. Pero quiso la casualidad que en la mañana de ese siguiente día, antes de que el lito fuera de nuevo levantado, pasara por la Cañada de las Merinas un gran rebaño de ovejas trashumantes. Los pastores y ganaderos extremeños, que ya en ocasiones anteriores habían dejado que sus ovejas merinas se detuvieran, comieran y descansaran allí, en esa ocasión, no viendo nada que indicara que aquello estaba acotado, dejaron libertad a su ganado para que repitiera lo que ya había hecho en otras ocasiones. No es preciso decir que de la hierba del prado no quedó absolutamente nada.
En aquella ocasión la gran mayoría de los habitantes de Valdeperdices "maliciaron" de Ramiro Dosenjalmas, como causante del derribo del lito, así como de las consecuencias que eso tuvo después. Pero, como nadie lo había visto, nada se pudo hacer contra él.
Al año siguiente "aquello quedaba en la hoja de barbecho", lo que hacía que quedara totalmente libre para el pastoreo.
Cuando, pasado otro año más, aquello del prado  que después se conocería como Vallelito o Vayelito, volvió a quedar en "la hoja de los sembrados", se volvió a plantear lo del acotado.
Un día de mediados de abril los que, como renteros, araban aquellas tierras que iban a parar al prado, tras ponerse de acuerdo en la forma, fueron al lugar y allí hicieron nuevamente un lito mucho mayor, y con piedras mucho más grandes, que el realizado dos años antes.
No había pasado ni una semana, cuando alguien vio que las piedras del lito estaban por el suelo.
Los labradores lo volvieron a hacer y alguien lo volvió a derribar por la noche.
Esto ocurrió una vez más, y otra y otra...
Después de haberlo levantado seis veces y en todas ellas con el mismo resultado, los labradores decidieron "montar guardia", tratando de descubrir quién era el causante de aquello. Y, como ya muchos "maliciaban", descubrieron que el nocturno derribador  de litos no era otro que Ramiro Dosenjalmas.
Aquella primavera Dosenjalmas trabajaba como criado en la dehesa de Palomares. Pasaba las noches en una caseta no demasiado alejada de Vallelito. Aprovechaba la noche, la proximidad y "su mala uva", para desplazarse al prado de los valderperdiceños  y tirarle el lito.
Una vez sabido quién era el autor del derribo del lito, el problema que se le planteaba a los labradores era qué podían hacer para que eso no volviera a ocurrir. No era tarea  fácil, pues Ramiro Dosenjalmas "no era moco de pavo". Eso hacía que nadie se atreviera a enfrentarse a él. En principio se limitaron a informarlo de que ya sabían que era él "el causante de que se cayera el lito", además de pedirle "por las buenas" que no lo volviera a hacer. Después, rehicieron el lito y  se limitaron a esperar.
Una vez más el lito dejó de ser lito, para convertirse en piedras extendidas sobre la hierba del prado.
Y entonces a alguien se le ocurrió una idea que tenía mucho que ver con aquello del miedo que Dosenjalmas sentía por todo lo relacionado con los muertos.
Aquel al que se le ocurrió la idea, que se llamaba Basilio,  conocía una "historia", nadie sabe si real o inventada, que podría ser un modelo a imitar, para ponerla en práctica con Ramiro Dosenjalmas. Esa historia se la contó a cuatro amigos de confianza.
Yo tengo que decir a este respecto que la historia, la historieta o el cuento en cuestión, lo he oído contar en prácticamente todos los lugares en los que he vivido, que no son pocos. Aunque los nombres, los apodos y otros datos irrelevantes difieran, los datos fundamentales son siempre los mismos.
Lo que, siendo niño, oí contar en la cocina de mi tía Juana "a las dos mujeres viejas", resumido, fue lo siguiente.
Hace muchísimos años en un pequeño pueblo había un joven al que todos los vecinos conocían como Pelostuertos. Éste era un bravucón que presumía de no temer a nada ni a nadie. En cierta ocasión unos mozos de una edad similar a la suya lo retaron a ir en la noche anterior al "Día de los Difuntos" al cementerio y que, una vez allí, le quitara de la tumba del Sr. Antonio las flores que el "Día de Todos los Santos" le habrían llevado sus hijas e hijos. Del Sr. Antonio se decía que en vida era un hombre que "imponía mucho respeto".
Cuando Pelostuertos escuchó la propuesta, soltó una carcajada que se pudo oír en medio kilómetro a la redonda. Después se limitó a decir: “si no tengo miedo a los vivos, ¿cómo creéis que voy a tener miedo a los muertos? Esa noche a las 12 esperadme a la puerta de la iglesia. Allí os llevaré las flores que le hayan dejado en su tumba al Sr. Antonio”.
Después de lo dicho, convino con los mozos una apuesta cuyas condiciones tanto él como ellos se comprometieron a cumplir.
Los mozos se temían que Pelostuertos fuera capaz de hacer lo que le proponía. Con la intención de darle un escarmiento, y también para no perder la apuesta, ellos también idearon un plan. Éste consistía en que fueran algunos aquella noche al cementerio, antes que Pelostuertos, y hacerse pasar por "almas en pena".
Llegada la noche de "Todos los Santos", anterior al "Día de los Difuntos", tres mozos se adelantaron y entraron en el cementerio. Una vez allí, se subieron a dos higueras  que estaban en un lateral del cementerio y muy próximas a la tumba del Sr. Antonio. Nadie sabe cuál era el motivo de que en aquel cementerio, en vez de cipreses, que es lo habitual, hubiera dos enormes higueras que, por el grosor de su tronco y ramas, así como por el volumen de su copa, más parecían encinas que higueras. Una vez en los árboles, cubrieron sus cuerpos con blancas sábanas. Hecho esto, se dedicaron a esperar.
No mucho después de eso, llegó Pelostuertos. Tras entrar en el cementerio, se dirigió a la tumba del Sr. Antonio.
Cuando se inclinaba sobre la tumba para coger las flores, oyó unas voces que parecían salir de ultratumba y que decían:

Antes, cuando éramos vivos,
veníamos a estas higueras a por higos.
Ahora que somos muertos,
venimos en busca de Pelostuertos.

Fue tal el pánico que le entró a Pelostuertos, que sólo pudo ver que en las copas de las higueras había tres objetos blancos, lo que él relacionó con tres "almas en pena". Se olvidó de las flores y huyó de allí "como alma que lleva el diablo".
Llegado a este punto de la historia, las diferentes versiones no coinciden en el resultado final; si bien, todas coinciden en que a Pelostuertos le ocurrieron cosas extraordinariamente trágicas.

Cuando Basilio terminó de relatar la historia, tanto él como los otros que lo escucharon convinieron en que algo parecido debían hacer ellos con Ramiro. Juraron mantener el secreto. Para llevarlo a cabo se prestaron como voluntarios Serafín y Pedro, hijos de dos difuntos que en vida habían sido objeto de las malas mañas de Ramiro Dosenjalmas. Los ya fallecidos no eran otros que Ricardo el Herrero, padre de Serafín, y Juan el de Pascuala, padre de Pedro.
Al comenzar a oscurecer la noche en que suponían que Ramiro iría a derribar los dos litos,  previamente construidos por ellos, los hijos de Ricardo el Herrero y de Juan el de Pascuala se llegaron hasta el lugar de los hechos. Es bueno aclarar que en esta ocasión no se habían conformado con hacer un solo lito en el prado; habían hecho dos, pues consideraban que el que solían hacer, cerca de la Cañada de las Merinas, no se hallaba suficientemente próximo a la encina en la que ellos se pensaban refugiar. Derribar ese segundo lito haría que Ramiro Dosenjalmas tuviera que acercarse suficientemente a ellos.
 Serafín y Pedro, una vez ya situados en las gruesas ramas de la encina, justo en la parte alta del tronco, cubrieron su cuerpo con blancas sábanas. Por otra parte, con la finalidad de que sus voces no fueran identificadas por Ramiro Dosenjalmas, llevaban unos “artilugios” que ellos mismos se habían fabricado con hojalata y que  tenían cierto parecido con un gran embudo. Eso, además, podía cumplir la función de  aumentar considerablemente sus sonidos guturales.
Encima de la encina debieron esperar casi una hora. Cuando se percataron de la presencia de Dosenjalmas, cosa que no puede demasiado difícil porque él llegó canturreando, ellos se prepararon para cumplir su cometido.
Ramiro  cruzó la cañada y llegó hasta el prado. Una vez allí, se acercó al primero de los litos y lo derribó. Hecho eso, se internó en el prado con intención de hacer lo mismo con el segundo. Fue entonces cuando, procedente de la copa de la encina, se oyeron dos voces que parecían salidas de lo más profundo de los abismos y que decían:

Yo soy Ricardo el Herrero.
Y yo Juan el de Pascuala.
Siendo jóvenes vinimos
a este prado con las vacas.
Ahora ya sólo nos quedan
estas penitentes almas
que aquí están para advertir
a Ramiro Dosenjalmas
que, si no cambia de vida,
antes del próximo invierno
irá a parar al infierno.

Sin ni siquiera mirar a la encina, lugar del que intuía que salían aquellas, para él, sobrenaturales voces, Ramiro Dosenjalmas salió corriendo con toda la velocidad que le permitían sus piernas.
Las prisas, la oscuridad y la alta hierba hicieron que no se percatara de que en su alocada carrera iba a pasar por encima de las grandes piedras del lito que con anterioridad él mismo había derribado. Tropezó en una de las piedras, perdió el equilibrio y cayó al suelo con tan mala fortuna para él que su cabeza impactó con otra de las piedras. Eso, además de otras cosas, le ocasionó una momentánea pérdida inicial del conocimiento.
Serafín y Pedro, al darse cuenta de que Ramiro Dosenjalmas había salido huyendo, pensaron que allí ya nada les quedaba por hacer. Así pues, se quitaron la sábana que cubría su cuerpo, bajaron de la encina y regresaron a Valdeperdices, sin ni siquiera saber que no muy lejos de ellos habían dejado a Ramiro, tumbado en el suelo e inconsciente.
A la mañana siguiente, aproximadamente una hora después de haber salido el sol, unos criados del dueño de la dehesa de Palomares llegaron a Valdeperdices, llevando en el “sojao” de un carro el "cuerpo malherido de Dosenjalmas". Según decían los que lo vieron y oyeron, "tenía la cabeza medio abierta y no decía más que tonterías". Los de la dehesa lo llevaron allí para que sus pobres padres, ya ancianos, se encargaran de él y lo cuidaran. Lo que dijeron a los vecinos de Valdeperdices fue  que lo habían encontrado al amanecer inconsciente, caído en la cañada, ya cerca de El Marrón.
 Ramiro Dosenjalmas estuvo casi una semana "entre la vida y la muerte". Después su recuperación en lo físico fue sorprendentemente rápida; no así, la mental. En las primeras semanas todo lo que decía, aunque de forma no coordinada y sin sentido, tenía que ver con Ricardo el Herrero, con Juan el de Pascuala, con el valle y con un lito; especialmente, con el valle y con el lito. Gritaba una y otra vez: ¡maldito valle, maldito lito!. En Valdeperdices sólo las cinco personas implicadas en aquel asunto encontraban sentido a lo que Dosenjalmas gritaba.
Pero poco a poco también Ramiro fue recuperando la memoria y el juicio. A todos los vecinos de Valdeperdices sorprendieron entonces enormemente dos cosas. Una fue que, conforme Ramiro iba recuperando el juicio, ya nada decía en relación con Ricardo el Herrero, con Juan el de Pascuala, con el valle y con el lito. Lo otro que sorprendió a los valdeperdiceños fue que Ramiro, cuando allá por el mes de septiembre consiguió recuperar totalmente el juicio, diera muestras más que fehacientes de haber cambiado radicalmente, y para bien, su forma de vida.
Pero claro, todo eso fue muy poco comparado con lo que sorprendió a todos que allá por el mes de noviembre, tras un novenario de las ánimas al que habían sido invitados unos frailes misioneros mercedarios, Ramiro Dosenjalmas decidió irse con ellos al convento, con la intención de quedarse y hacerse fraile.

Habrían pasado ya 20 años, cuando Ramiro Dosenjalmas, convertido entonces ya en el “Padre Ramiro”, regresó a Valdeperdices. Fue entonces cuando, de mutuo acuerdo, Basilio y los dos que habían tenido la actuación en la encina, decidieron romper el silencio y revelar lo ocurrido en Vallelito la noche del "accidente con las piedras del lito".
Basilio, Serafín y Pedro quisieron que el primero que supiera, aparte de ellos mismos, toda la verdad de los hechos, fuera el antes llamado Dosenjalmas. Cuando el ya Padre Ramiro escuchó de ellos su “revelación”, se limitó a decir: "no hacía falta que me revelarais nada. Yo ya hace tiempo que sabía lo que en realidad ocurrió. Sólo mi ignorancia de entonces hizo que yo en aquel momento creyera lo que no era. Así y todo, eso viene a confirmar, una vez más, que Dios sabe escribir derecho con renglones torcidos".
 Esto fue lo que oí contar en cierta ocasión, una lluviosa tarde de invierno y al "amor de la lumbre", a dos mujeres de edad ya avanzada en la cocina de mi tía Juana. Y como me lo contaron, lo cuento.

               Patrocinio Berrocal Román.


 3)        FUENTE  BLANCA  O FUENTEBLANCA


Aquella tarde de un día de mediados de octubre del 2012 había salido yo a dar una vuelta en bici. Ésta, y mi esfuerzo pedaleando, me habían llevado hasta Palomares. Una vez allí quise saber si todavía quedaba algo de lo que alguna vez fue la caseta del Sr. Simón y del Sr. Marcelino. Todo, porque aquella caseta fue lo que me dio la idea para escribir La Abadía, mi primera novela. De la caseta lo único que pude identificar fue un pequeño montón de piedras. Todo indicaba que los restos habían sido amontonados con la fuerza de la pala de algún tractor, con la finalidad de que no estorbaran demasiado las labores agrícolas que se tendrían que realizar en aquel lugar, convertido ahora, tras el proceso de Concentración Parcelaria, en una gran finca que agrupa en una sola lo que en tiempos fueron  baldíos y varias "tierras" pequeñas.
Una vez satisfecha  mi curiosidad, inicié el regreso por lo que los valdeperdiceños llaman carreteras de concentración; primero, por un tramo de Palomares; a continuación por la Cañada de las Merinas; para seguir después por el Camino  Lomo y terminar por lo que en tiempos fue el Camino Zamora.
Al llegar frente a Fuenteblanca, tuve la tentación de bajar de la bici, para ir a ver en qué estado está actualmente la fuente, suponiendo que todavía haya allí algo que denote su presencia. Como el año 2012, al menos hasta aquella fecha, había sido de casi absoluta sequía, deduje que lo más probable era que la fuente, caso de todavía existir, estaría completamente seca. Opté por olvidarme de ella y continué pedaleando. Pero, si conseguía alejarme de ella en lo físico, no lo conseguí del todo en lo mental. Mi coco me hacía volver a la fuente una y otra vez. Y en cierto modo a mí eso me parecía bastante extraño. Al fin y al cabo, no había prácticamente nada que me ligara a mí con aquel lugar. Es muy posible que no haya pasado por allí ni tres veces en toda mi vida. Tal vez esto se deba a que mis padres no tuvieron ninguna finca en esa zona, lo que hacía que no me fuera a mí necesario "andar por allí". Así y todo, todavía conservo el recuerdo de haber pasado una vez por la fuente, sin que ahora pueda recordar el motivo. En aquella ocasión hacía bastante calor. Recuerdo también que al llegar a la fuente, bajé de la burra y me “tiré de bruces” a beber “a morro” un buen trago de aquella, "medio alechada agua" de Fuente Blanca.
Estaba yo en aquellos mis recuerdos, cuando me encontré con mi prima Luisa. Ella se dirigía, andando, a una tierra de su propiedad en la que tiene pinos piñoneros y que se halla a menos de medio kilómetro del lugar de nuestro encuentro. Además de otras cosas, entre ellas la precaria salud de mis tíos, sus padres, hablamos, como casi siempre ocurre últimamente, de temas relacionados con palabras, costumbres, tradiciones e historia de nuestro pueblo. Pero no le dije nada de lo que me estaba ocurriendo en los últimos días con eso de los topónimos y de los sueños en los que se me hacía presente nuestro antepasado común. La conversación con mi prima sirvió, una vez más, para que yo me sintiera más implicado todavía en esos temas.
Ya por la noche y en mi sueño de volví a encontrar ante la fuente, una fuente que, con la casi total seguridad, no tiene nada que ver con la que ahora pueda haber en la realidad, si es que todavía hay algo. El lugar y la fuente que aparecían en mi sueño eran tal como yo los conocí aquel caluroso día de verano, cuando yo tenía no más de 11 años y me dejé allí caer de bruces para beber en la fuente. En mi sueño y allí, ante la fuente, me preguntaba si la única causa de su nombre sería, como era lógico suponer, lo del color algo blanquecino de sus aguas. Y una vez más se hizo presente en mi sueño mi antepasado. Pero en esta ocasión, y en principio, no quiso dar  explicación alguna. Se limitó a aconsejarme que lo que en aquellos momentos me convenía hacer a mí era observar.
Y entonces en mi sueño apareció "una muchacha" que podría rondar los 16 o 17 años. Por los ropajes que llevaba, deduje que volvía del pasado, un pasado que bien podría estar situado a mediados del siglo XIX. Salía de una caseta que muy bien podría ser aquella que en mi infancia conocíamos como la del "Tío Castor", no muy lejos de Vallelito o Vayelito. Se subió "a la carrancha" en una burra, sin que entre el cuerpo de ambas hubiera otro "mullido" que un viejo costal doblado. Cuando ya estaba ella sobre la burra, salió de la caseta un hombre, ya adulto. Yo deduje que sería su padre. Después por algo que dijo él, ya no tuve dudas. Entre otras cosas, el padre le encomendaba a la hija que llevara la burra a un lugar situado en la separación del Seis y del Siete, en la confluencia con la Cañada del Chozo, donde precisamente tenían su chozo , lugar de residencia nocturna habitual de la familia y del ganado. Debía ir y volver "tan pronto como hubiera mamado el biche".
Yo barruntaba de qué se trataba, pero no tenía la completa seguridad de estar acertado en mis sospechas. Por eso, unos 50 m antes de que ella llegara a lo que nosotros hemos conocido como Fuenteblanca, me hice visible a ella y la hice partícipe  de mis suposiciones y dudas. Ella comenzó por hacerme prometer que yo no diría nada a nadie. Yo le hice el juramento de que no lo diría hasta que no hubieran pasado al menos 150 años.
Ya confiada, me explicó que lo que su padre le había encomendado era llevar la burra a la choza del  Chozo donde tenían un biche, hijo de aquella burra, de no más de una semana de vida. Ella debía llevar la burra para que ésta "diera de mamar al biche". Eso lo debía hacer no sólo para que el biche mamara; también para que la burra no "se trillara"; es decir, no se le dañara la ubre por exceso de leche. Yo entonces le manifesté que no veía que aquello fuera deshonroso y, por consiguiente, no debía ser motivo de ocultación por su parte, ni de juramento alguno de no revelarlo por la mía. Ella se sonrió y me invitó a que continuara observando. Yo me volví a hacer invisible y continué mirando.
Entonces Rosita, que así se llamaba la muchacha, tan pronto como comenzó a descender por la pequeña vaguada de Fuenteblanca y a darse cuenta de que ya estaba fuera del alcance visual de su padre, hizo que la caballería  se detuviera y ella descabalgó. Ató la burra a un “trovisco” y a continuación se puso a ordeñarla, tirando la leche al suelo. Hecho eso, se apartó unos metros, llevando consigo el viejo costal que había estado sobre los lomos de la burra. Se colocó bajo la sombra de un quejigo, se acostó sobre el suelo en el que previamente había extendido el costal y se quedó dormida. Después de una hora despertó. Volvió a subir sobre la burra y la arreó en dirección a la "Caseta del Tío Castor". Volví a hacerme visible y le pedí que me explicara el motivo por el que había incumplido la orden de su padre.
-Porque yo necesito dormir-dijo-y, si no aprovecho ocasiones como ésta, no lo puedo hacer por falta de tiempo.
-Pero, ¿el biche?-pregunté yo.
-- El biche no se va a morir por eso-respondió-. Ya mama por la mañana y por la noche. Si no se cría más fuerte, que se críe más canijo. A mí eso me trae sin cuidado.
Dicho esto, se despidió de mí y regresó con su padre. Pude ver que al llegar ella a la caseta, su padre le encomendaba el cuidado de un pequeño hatajo de ovejas y cabras. Por su parte, él se disponían a enganchar al yugo la burra que había llevado Rosita junto con otra que él sacó de la caseta, para ir arar.
Fue entonces cuando desperté y me llevé una buena decepción, porque aquello que había visto no me aclaraba nada. Estuve un buen rato desvelado, pensando en lo que había hecho la muchacha.
 Ya casi al amanecer me volví a dormir. Volvió mi antepasado en mi sueño, en esta ocasión para decirme que Rosita estuvo haciendo aquello de ordeñar la burra y tirar su leche al suelo durante no menos de 15 días, al final de los cuales el pollino, acosado por una enfermedad que de "haberlo pillado fuerte" no habría sido nada demasiado grave, al estar debilitado por la falta de alimento, terminó muriéndose.
También me dijo que eso hizo que Rosita se considerara completamente culpable de lo ocurrido al buche. No obstante, entonces no dijo nada de ello a nadie.
-¿Y qué tiene que ver toda esta historia con lo del nombre del lugar?-pregunté a mi antepasado.
-Ten calma – me dijo -- . Tienes que aprender a esperar. Antes de nada debes saber varias cosas. La primera es que esa zona, antes de lo de Rosita, no recibía nombre alguno. Es más, hasta dos años antes nadie había puesto los pies en ella, debido a que era un lugar en el que había una vegetación tan cerrada, que hacía imposible poder penetrar en ella. Tienes que saber también que dos años antes de lo de Rosita y su burra, los renteros de esa zona del Nueve realizaron en ese lugar labores de roturación por lo que ya aquello quedó medianamente transitable. Igualmente debes saber que en los últimos años había habido una prolongada sequía que había ocasionado  que el lugar estuviera tan seco como todo lo demás, por lo que nadie entonces se imaginaba que allí pudiera surgir ningún manantial. Sin embargo, en el otoño e invierno siguientes a lo de Rosita y a lo de la leche de la burra, el cielo descargó la totalidad del agua que había acumulado durante los dos últimos años. Ya en la primavera siguiente, un día pasó por allí la  vecera del pueblo. Varios cerdos, a la vez y con insistencia, estuvieron hozando en un mismo espacio de no más de 1 m². La consecuencia fue un hoyo de no más de medio metro de profundidad, del que comenzó a brotar agua. El porquero, un muchacho que no pasaba de los 10 años, consideró aquello como un hecho milagroso y cuando, ya casi al anochecer, llegó al pueblo con los cochinos y los dejó en el “ajuntadero”, contó  lo acontecido a todos los que lo quisieron escuchar.
Entre los valdeperdiceños las opiniones se dividieron. Mientras unos consideraban aquello como algo lógico y normal, por haber llovido tanto en los meses anteriores, otros lo consideraban como algo milagroso y sobrenatural. Rosita la del Chozo tardó dos días en enterarse de la noticia. Una vez informada, y tan pronto como se lo permitieron sus muchas jeras, fue al lugar de los hechos, con la intención de ver qué había ocurrido en el lugar indicado por el porquerizo. Al llegar ella, ya otros dos valdeperdiceños estaban allí observando.
Para aquellos dos valdeperdiceños allí presentes lo del manantial no tenía nada de extraordinario. Al fin y al cabo, pensaban y lo decían, no parecía ser otra cosa que eso, un manantial que allí había aflorado por el exceso de agua que contenía la tierra, como consecuencia de "haber venido un otoño y un invierno tan cargaos". Era algo que estaban acostumbrados a ver en Fuentetiñosa, en las Fuenticas, en la Fontana, en la parte baja de Vadelamor y en varios lugares más. Claro, que lo que sí llamó su atención, y lo dijeron, fue que el agua, en vez de ser totalmente incolora y transparente, tenía un tono algo "alechado". Esto último lo expresaron sin dejar de mostrar su extrañeza.
Tras esos comentarios, Rosita la del Chozo comenzó a llorar desconsoladamente. Los dos valdeperdiceños allí presentes no llegaban a comprender el motivo de los llantos de la rapaza. Tras mucho insistir ellos, Rosita les reveló que lo que ella se pensaba era que Dios la había castigado por sus malas acciones, haciendo que en aquel lugar brotara agua mezclada con la leche de la burra que ella había malgastado, tirándola allí en aquella tierra. Según ella, aquello quedaría allí para siempre como recuerdo o castigo por su mala acción. No hace falta decir que, para que los dos valdeperdiceños  allí presentes terminaran de comprender el asunto, Rosita debió contarles a ellos toda la historia de la burra y el pollino, historia que nosotros ya conocemos.
Antes de dos días ya no había ningún valdeperdiceño que no estuviera al tanto de lo acontecido.
A partir de aquella fecha, y según lo que cada uno quería entender, al lugar se le comenzó  a llamar con nombres como:  Fuente de Rosita la del Chozo,  Fuente de los Marranos,  Fuente del Castigo,  Fuente del Recuerdo o  Fuente de la Leche.
Pasadas varias generaciones, los valdeperdiceños fueron olvidando lo acontecido a Rosita la del Chozo, así como el que fueran los cerdos de la vecera los causantes del primer hoyo allí formado. Como lo único que no se podía olvidar, porque seguía allí permanentemente, era la fuente y el agua de un color un tanto blanquecino, el único nombre que llegó hasta nosotros fue el de Fuente Blanca o Fuenteblanca.

   Patrocinio Berrocal


                 1)   VALDECLAVOS

Para comenzar, debo decir que a mí me suele ocurrir que, cuando estoy concentrado en algún trabajo o estoy preocupado por algo, algunas veces, que no siempre, después y por las noches, dormido, sueño con aquello que en esos días es  motivo de mi trabajo o de mi preocupación.
Hace unos meses comencé a escribir lo que quiero que termine siendo algo parecido a una novela. La acción de ésta se desarrolla en Valdeperdices y sus alrededores. Al estar escribiendo "esas mis cosas" y tener que nombrar algunos topónimos, me fue entrando la curiosidad por saber qué habría sido lo que había ocasionado que esos lugares se llamaran como se llaman.
Por varias razones lo del libro lo dejé entonces aparcado, tras haber escrito no más de 30 páginas. Sin embargo, la que no pude dejar aparcada fue la curiosidad por saber el origen de los topónimos. Eso hizo que una noche comenzara a soñar con ello. Y digo que comencé a soñar con ello porque, a partir de aquella noche, casi todas las demás he tenido el mismo sueño y siempre de una manera parecida.
La primera de las veces, durante el día  había estado pensando en la posible causa del nombre de Valdeclavos. Todo, porque en Valdeclavos era donde una mañana de un día 10 marzo 1953 había estado podando en un bacillar de su propiedad uno de los personajes de mi novela.
Cuando yo estaba dormido, se me presentó en sueños un antepasado mío. Al principio me costó trabajo identificarlo. Después, al hablarme, lo reconocí por su voz. Dijo que sabía de mis preocupaciones y que quería ayudarme. Antes de hacerlo, quiso aclararme varias cosas. La primera, que él, cuando todavía estaba en este nuestro mundo, había tenido, en esto de los topónimos, la misma curiosidad por saber que ahora tenía yo. También, que se había ido al mundo en el que ahora estaba, sin poder satisfacer su curiosidad. Yo le objeté que cómo me iba a ayudar a mí, si él no lo había sabido. Entonces él me replicó que el hecho de que entonces no lo hubiera sabido, no significaba que ahora no lo supiera. Y me reveló que "allí arriba" se puede llegar a saber todo lo que se quiera, tanto del presente como del pasado. Me aclaró también que él se había preocupado por saber con todo lujo de detalles lo de los topónimos, y ahora, al ver mi preocupación, se prestaba a ayudarme.
Le pregunté por qué no lo había hecho antes con otros de sus descendientes que posiblemente habrían tenido la misma inquietud. Respondió que algunos de sus hijos y nietos sí habían tenido esa curiosidad por saber, pero él no los había ayudado porque sabía que ellos no iban a dejar constancia escrita de lo que les contara. Me dijo también que en los últimos años otros descendientes suyos, al igual que yo, también sentían esa misma curiosidad, pero que me había elegido a mí por dos motivos fundamentales; uno, que de todos ellos yo era el más próximo en parentesco; el otro, que yo era el único que había heredado su nombre y, tal como reconocían algunos de mis tíos, también otras cualidades suyas.
Tras esas aclaraciones, pasó al tema que nos interesaba. Comenzó por decir que la gran mayoría de los topónimos de nuestro pueblo no expresan nada más que lo que son. Así los que comienzan con la palabra "camino" no son más que eso, caminos. Así se podría decir del Camino Zamora, Camino Palacios, Camino Almendra, Camino San Pedro, Camino Muelas y Camino Almaraz. Como todos sabemos, por esos caminos "en su día" se iba a esas localidades.
Cuando él terminó, quise aclararle a mi antepasado que en la actualidad ya no se va ni a Zamora ni a Almaraz por los caminos que él conoció. También, que San Pedro ya no existe; pero esto último ya lo sabía él. Le hizo mucha gracia algo que le conté sobre este último punto. Fue lo siguiente. Hasta que yo era un jovencito, siempre pensé que el Camino San Pedro llevaba ese nombre por ser el camino que nos lleva al Llamero, lugar en el que está ubicado el cementerio. Todo, porque es por todos admitido que San Pedro es el poseedor de las llaves del cielo. Siendo así las cosas, los cristianos al morir deberían, si querían entrar en el cielo, ir a encontrarse con San Pedro. También le conté a mi antepasado que fue mi padre el que me dijo que muchísimo antes de que el cementerio estuviera en El Llamero, ya el camino se llamaba como se llamaba, no siendo otro el motivo que ser el lugar por el que los valdeperdiceños iban a San Pedro de la Nave, pequeña población existente entonces en las orillas del río Esla y que desapareció al ser anegada por las aguas del embalse de Ricobayo, allá por la década de los años 30 del pasado siglo. Esto último también lo sabía él.
Después mi antepasado me dijo que, al igual que con los caminos, ocurría con otros muchos nombres. Así a Los Llanos se le había dado ese nombre por ser tierras llanas; a Los Chapazales (chapatales), por ser terreno que en algunas épocas del año estaba encharcado; La Cornocal ( alcornocal), por ser lugar en el que había alcornoques; Las Eras, porque en ellas se realizaban muchas de las labores de la recolección; y así, un larguísimo etcétera. Incluso algunos en los que aparentemente nada tenía que ver el nombre con el lugar, si se consideraba con detenimiento, sí había alguna relación. Ese es el caso de El Llamero. Según mi antepasado, antes de que El Llamero fuera lo que es hoy día, fue un lugar pantanoso en el que se enterraban animales muertos. Fuera por el hecho de ser zona pantanosa, fuera que también ayudaba lo de los cadáveres de los animales, lo cierto fue que algunas noches en ese lugar se dejaban ver llamas, sin que allí hubiera fuego. Parece ser que era algo parecido a lo que se conoce científicamente como fuegos fatuos. Según esto, no serían otra cosa que llamas erráticas, producidas en el suelo por la inflamación de los sulfuros de hidrógeno desprendidos de las materias orgánicas en descomposición.
Después, sabedor de que mi última curiosidad estaba centrada en el topónimo  Valdeclavos, pasó a explicarme lo que había averiguado en relación con eso.
"Sobradamente sabes tú,-me dijo-por tus estudios latinos, que el prefijo “valde” significaba valle de. Así pues, Valdeclavos no significaría otra cosa que valle de los clavos. En nuestro pueblo, igual que éste, tendrían ese mismo origen: Valdeperdices, Valperero, Valdelasierpe, Valdenisteban, Valdelamor/, Valdelavá... y algunos otros que ahora no vienen al caso.
Pero volvamos a lo de Valdeclavos. Para ello quiero que sepas una cosa que no sabes y que recuerdes otra que sí sabes, pero es bueno recordar. La primera es que  el lugar que vosotros conoceréis como Valdeclavos, antes no se llamaba así, sino que en toda esa zona había varios topónimos referidos a zonas más pequeñas y entre los que estaban Valdearena y Valdescoba, cuyo significado supongo que te es fácil deducir, así como lo que los motivó.
Antiguamente, en una época bastante anterior a mi nacimiento en ese mundo, en la zona más baja de Valdeclavos, la que estaba  limítrofe con la Cañada de las Merinas, había lo que los valdeperdiceños llaman pomposamente laguna, cuando en realidad no es otra cosa que una simple gran charca en la que beben agua los animales. Alrededor de la charca el administrador de aquellas tierras, entonces pertenecientes al Monte Concejo, propiedad del Ayuntamiento de Zamora capital, había dejado sin cultivar unas seis fanegas de terreno, con la intención de que sirvieran de lugar de descanso para el ganado que allí fuera a abrevar.
Lo que quiero que recuerdes es que en aquella época dos veces al año, uno al final de la primavera y otra ya avanzado el otoño, por la Cañada de las Merinas pasaban ovejas trashumantes. En el primero de los casos venían de Extremadura y se dirigían a zonas montañosas del noroeste de Zamora y de León. En otoño ocurría al revés.
La relación entre los “merineros”  y los agricultores y ganaderos de nuestra población pasaron por fases diferentes. Hubo épocas en que unos y otros respetaron los derechos de los demás y hubo buena armonía. También hubo épocas en las que algunos incumplía las normas y eso hacía que hubiera conflictos entre ellos. De lo que se quejaban principalmente los merineros  era de que los agricultores araban más de lo que les correspondía de las tierras limítrofes a la cañada, lo que hacía que ésta disminuyera en su anchura, haciendo así más difícil el tránsito de los grandes rebaños por ella. Otra era que los ganaderos de nuestra localidad algunas veces se les quedaban con el ganado mostrenco; es decir, con el ganado que por la razón que fuere, se les descarriaba a los merineros. Por su parte los agricultores se quejaban de que a veces las ovejas merinas se comían y estropeaban los cultivos próximos a la cañada.
En relación con estas cosas ocurrió en una ocasión algo raro y excepcional. Fue que, al paso de las merinas, una oveja “ruca” de un ganadero valdeperdiceño, llamado Rodrigo, sin que éste se percatara de ello, se pasó al ganado de los merineros. Esto ocurrió a finales de octubre cuando los extremeños volvían a sus tierras de Cáceres. El ganadero de Valdeperdices no “echó en falta” su res hasta pasado un día, y sin tener la certeza absoluta de que su oveja se hubiera ido con las de los merineros.
A finales de la primavera siguiente "estuvo al tanto" en el momento en que los de Cáceres volvían de nuevo a la Sierra de la Culebra. Los esperó en la laguna en la que a partir de entonces se llamaría de Valdeclavos. Allí y mientras las ovejas de los extremeños bebían agua, Rodrigo se dedicó a inspeccionar, no tardando mucho en identificar la oveja que había sido de su propiedad. No era tarea nada difícil, dado que era de un color y de una raza totalmente diferente de las otras. Una vez comprobado que aquella oveja era "su oveja", la reclamó a los merineros. Ellos dieron la negativa por respuesta, argumentando que, tanto en otoño como en los últimos días, había habido más de 10 ganaderos salmantinos y zamoranos que habían reclamado como suya la mencionada oveja.
De buena gana Rodrigo habría hecho algo por recuperar su oveja o al menos, si eso no era posible, dado que no disponía de nada que pudiera demostrarlo, se habría desahogado "diciéndole cuatro frescas" a los extremeños. Pero, siendo éstos tantos, consideró que por el momento era mejor "hacerse el pequeño y achantarse”.
Cabizbajo y cariacontecido, se fue hasta el regato que, bajando desde Valperero, se dirige a Palomares, pasando por Cantosblancos. Allí entonces, a uno y otro lado del regato, había una magnífica arboleda formada por robles carbizos. Era el lugar en que suponía que habrían llegado ya, para sestear, sus ovejas, en esta ocasión cuidadas por su hijo menor, Diego. Éste, una vez que su padre le contó lo ocurrido con los merineros, le dijo: si quiere achantarse y tragar, allá usted. Yo no pienso hacerlo.
Por más consejos que le dio el padre, Diego tomó la determinación de ir aquella misma tarde, a la hora de la siesta, a tratar de dar un buen escarmiento a los merineros. No sabía muy bien cómo, pero algo haría, llegado el momento.
Y el momento llegó a primera hora de la tarde, hora de la siesta. Diego, una vez que comprobó que su padre se había quedado dormido, tumbado a la fresca sombra de los carbizos, se dirigió a la gran charca cerca de la cual se encontraban, durmiendo, los merineros. Una vez cerca de la laguna, el joven hacía todo lo posible por pasar inadvertido".

Sonó el reloj despertador y yo perdí mi sueño y la narración que de aquellos hechos estaba haciendo mi antepasado. ¡Vaya contrariedad! Me iba a quedar sin saber cómo había terminado todo aquello.
Una vez apagaba la luz, tras haber realizado mi esposa la tarea aquella cuyo cumplimiento era lo que había ocasionado el que sonara el reloj despertador, intenté dormirme de nuevo. No tenía demasiada confianza en lograrlo. Con muchísima frecuencia me ocurre que después de esa hora, cuatro de la madrugada, me desvelo y no me vuelvo a dormir. Esa noche, sin embargo, no fue así. Pocos minutos después estaba ya profundamente dormido. En esta segunda ocasión no se presentó mi antepasado para narrarme lo sucedido en Valdeclavos. En compensación, me vi a mí mismo situado en el lugar de los hechos. Allí estaba la gran charca y a su alrededor un terreno casi circular de unos 80 m de radio. Esparcidos por la pradera de un modo irregular había tres decenas de quejigos, la mayoría de ellos en el espacio existente entre la charca y la cañada. Los quejigos son los árboles a los que en Valdeperdices se  les conoce como robles. A la sombra de estos árboles estaban descansando, amarizadas, las blancas ovejas merinas. Junto a ellas, también dormitando, una docena de perros mastines con anchos collares con “carrancas” (carlancas) en sus pescuezo. Con algunas interrupciones, aquel terreno comunal que rodeaba la charca, estaba bordeado por una cerca natural, formada, sin orden preciso, por quejigos, escobas y zarzas. Del lado opuesto a aquel en el que estaban las ovejas, descansaban las caballerías, principalmente caballos, pero también algunas mulas y un burro. Estaban a la sombra de los árboles del borde del lado oeste del terreno comunal. A unos 10 m de los animales, esparcidos sin orden alguno, había sillas de montar, albardas, alforjas, costales con algo dentro, cabezadas, cebaderas, cadenas, además de otros enseres. En una zona situada entre las ovejas y las caballerías, a la sombra que daban varios quejigos, tan juntos éstos que sus copas se tocaban, dormía el grupo de los merineros. Cerca de ellos había varios perros careadores.
Observando yo estas cosas, no me había percatado, como tampoco lo hicieron en ningún momento después los merineros, de que, procedente de Cantosblancos y ocultándose para no ser visto, se acercaba a la gran pradera circular Diego, el hijo de Rodrigo, aquel que consideraba que los extremeños se habían quedado con una oveja suya. Ocultándose entre los arbustos que formaban aquella gran cerca natural, el joven se dispuso a observar sin ser visto. Hecho esto, caminó sigilosamente por la parte exterior de la cerca, hasta situarse frente el lugar donde estaban los enseres de los merineros. Con rapidez, pero con sigilo, atravesó la cerca de arbustos y cogió lo primero que encontró a su paso, una gran talega de un tamaño como de medio saco. Se la echó a la espalda y huyó del lugar sin pérdida de tiempo. A unos 100 m, donde encontró un grupo de matas que le pareció adecuado, escondió su botín, sin ni siquiera mirar qué había dentro de la gran talega. Después marchó a reunirse con su padre.

En ese momento de mi sueño las imágenes desaparecieron. De nuevo tenía la sensación de fastidio por no poder saber cómo había terminado todo aquello. Pero pocos minutos después volvía la voz, en este caso sólo la voz, de mi antepasado, para ayudarme a entender. Lo que, de modo resumido, me dijo fue que, cuando "dejó de apretar el calor", los merineros reemprendieron la marcha, tal vez sin haberse dado cuenta de que le habían sustraído una talega, para ellos bastante valiosa. Una vez que Rodrigo y su hijo vieron, desde el pequeño montículo de Cantosblancos, que los merineros se habían ido y que ya estaban más allá de El Marrón, llevaron sus ovejas a abrevar a la laguna. Para llegar a ésta, tenían que pasar antes por el lugar donde Diego había dejado escondido su botín. Fue de una gran decepción para él abrir la talega y ver lo que contenía. Era muy posible que "todo aquello que dentro había" fuera "de mucho servicio" para los merineros, pero para Diego y su padre no servía para casi nada. Entre otras cosas, había una caja de madera y, dentro de ella, no menos de 40 grandes clavos de unos 25 cm de longitud y con una ancha cabeza de forma circular de unos 3 cm de diámetro. Con la intención de que los merineros los vieran cuando regresaran en otoño, Diego, golpeándolos con una piedra, introdujo los clavos hasta su mitad en zonas bien visibles de los troncos de varios quejigos, formando con ellos varias cruces.
Al parecer, esos clavos estuvieron allí en los troncos durante muchos años, hasta que los árboles, por lo que fuera, fueron talados. Eso motivó que en un principio se hablara de aquel lugar como Val de los clavos. Con el tiempo se redujo a Valdeclavos. También, pasados muchos años, la laguna desapareció.


                                     Patrocinio  Berrocal  Román.

                          


2  CARROCOBRAO  O CARROQUEBRAO

Una tarde de este último verano me encontraba con algunos miembros de mi familia en el Camino Almendra. Habíamos bajado desde la zona del cementerio y nos dirigíamos hacia el pueblo. Al llegar al lugar en el que se halla la cortina de Eladio,  mi esposa me sugirió la idea de que fuera a ver si ya había moras, para poder hacer mermelada con ellas. Fue por eso por lo que abandoné la carretera, con la intención de bajar por el prado hasta Carrocobrao, mirando en los zarzales para descubrir por mí mismo si ya las moras estaban suficientemente maduras para lo que las necesitábamos.
A los primeros zarzales  a los que me acerqué, fue a los de la cortina del Sr. Marcelino y de la Sra. Encarnación. Por un momento me olvidé de las moras. Mi atención se desvió al interior de la cortina. Y me llegaron recuerdos de cuando aquella huerta era una auténtica huerta muy bien cuidada, que, como oí en cierta ocasión "daba de casi todo". Y de modo especial pasó por mi mente la imagen de un gran peral que "daba peras de invierno" muy grandes, a las que los valdeperdiceños llamábamos peros. ¡Qué tristeza me produjo ver que ahora todo aquello está en tan lamentable estado! Lo poco que queda de lo que aquello fue (algunas parras y algunos árboles frutales) se esfuerza por sobrevivir en una guerra desigual con los arbustos silvestres y con las malas hierbas que, por ahora, llevan "las de ganar" y que, si alguien no lo remedia, terminarán por invadirlo todo.
Pasada la cortina del Sr. Marcelino, mi vista se fijó en una pequeñísima depresión del terreno, ahora casi imperceptible. Supuse que aquello sería lo que en su día fue algo a lo que no sé si definir como un ancho pozo poco profundo, o como una pequeña charca. Sí sé que en mi niñez aquello había sido ocasionado al extraer alguien de allí tierra arcillosa (barro), con la que ese alguien después había hecho adobes. Y recordé que en cierta ocasión, siendo niño, me bañé allí acompañado por varios amigos. También, que en aquella ocasión, cuando nos alejamos algo del lugar, algún graciosillo nos escondió la ropa, lo que hizo que después nosotros tuviéramos que andar buena parte de la tarde completamente desnudos, (“a peletre o a peletrín”, decíamos nosotros), mientras buscábamos la ropa.
Después miré a mi izquierda y vi lo que queda de aquello que en los años de mi niñez fue una cantera. Recordé que, viendo trabajar en ella al padre de mi amigo Manolo, comencé a descubrir algo relacionado con la velocidad de la luz y del sonido. Estando yo en aquella ocasión al lado de las puertas carreteras del abuelo de mi amigo Raimundo, vi cómo el Sr. Bautista, que estaba en la cantera del otro lado de Carrocobrao, golpeaba con una gran maza de hierro (porra la llamábamos nosotros) sobre una barra de hierro. Me llamó la atención que, hasta no haber transcurrido unas décimas de segundo, tras haber visto el golpe dado por el Sr. Bautista, no llegaba a mí el sonido producido por el mencionado golpe. A mí aquello no me parecía lógico, pues se producía un desajuste entre el golpe y el sonido producido por él. Después le pregunté a don David y él utilizó eso en la escuela para explicarnos cosas sobre la diferencia de la velocidad de la luz y la velocidad del sonido. Recuerdo que en aquella ocasión nos habló también del eco y de la luz de los relámpagos y del sonido que éstos producen, los truenos.
Descendí un poco más por el pequeño valle y llegué a la fuente de Carrocobrao (¿o es tal vez Carroquebrao?). Y allí llegó a mí el recuerdo de aquella vez en que cayó dentro de la fuente mi amigo Faustino, el de Fructuosa. Fue el Sr. Bautista, el padre de nuestro amigo Manolo, el que llegó en su auxilio. En esta ocasión estaba también sacando piedras de pizarra de la anteriormente mencionada cantera.
Estando al lado de la fuente mi vista se fue hasta el Anchadal de La Gadaña y me hizo recordar una tarde de mayo de la época de mi niñez, allá por los primeros años de la década de los 50. La pradera de la Gadaña estaba en aquella ocasión casi totalmente ocupada por vacas, mulas y burros. En el centro de la Gadaña, atado a un poste de madera de los de la luz, estaba un caballo negro, propiedad del Sr. Vicente. A una orilla del prado, por donde muchos años después hicieron algo parecido a toriles para las vaquillas, estábamos agachados, jugando, varios niños, haciendo pequeños vasos con tierra mojada. Así las cosas, el caballo, atraído por la llamada, en forma de relincho, de una yegua, dio un fuerte tirón, rompió la cuerda que lo mantenía atado al poste y salió corriendo, a galope tendido, hacia nosotros. Los demás niños tuvieron tiempo suficiente para apartarse. Yo, no. El caballo pasó por encima de mí, golpeándome con uno de sus cascos la cabeza. Por suerte para mí, sin consecuencias graves.
Antes de subir la ladera para llegar al pueblo, me detuve unos minutos al lado de la fuente de Carrocobrao o Carroquebrao y me pregunté qué habría sido lo que habría motivado aquellos nombres.
Por la noche en el sueño vino en mi ayuda mi antepasado.
"Antes de nada tienes que saber  --   me dijo – que el protagonista de esta historia fue un personaje singular, conocido como Perrero".
Al ver mi cara de sorpresa, continuó: "no, no se trata del que tú piensas. No se trata del Sr. Juanito, el Perrero. Éste sí fue protagonista de un hecho anecdótico y que fue lo que motivó su mote o apodo. Pero eso ahora no viene al caso.
Lo de Perrero al que yo ahora me estoy refiriendo no era un mote, tal como eso se entiende.
Perrero era un hombre que llevaba una vida ambulante. Trabajaba, por encargo, en aquello para lo que se le solicitaba. Tú sabes sobradamente, porque incluso siendo tú niño eso también ocurría, que por nuestro pueblo pasaban muchas gentes de esas,  para realizar trabajos diversos".
Y yo le confirme a mi abuelo que, siendo yo niño, vi pasar por nuestro pueblo a chatarreros, hojalateros, silleros o  silleteros, caldereros, afiladores, albarderos...
Mi abuelo continuó:
"Pues Perrero no pertenecía a ninguno de los grupos que has mencionado. Perrero "cogía", como autónomo, que así es como decís ahora, trabajos relacionados con los materiales de construcción, además de algunas pequeñas obras de albañilería. En Valdeperdices lo que hizo preferentemente fue sacar piedras de las canteras, hacer adobes y "forrar pozos" con piedras.
Pero volvamos a lo del nombre. En todos los pueblos de nuestra comarca nunca supo nadie como se llamaba.
-- Perrero -- se le solía preguntar con frecuencia—¿cuál es tu verdadero nombre?
-El que tú has dicho, Perrero -- respondía siempre él, mientras esbozaba una mal disimulada sonrisa.”
-Y bien -- pregunté yo a mi antepasado -- ¿cuál era su auténtico nombre?
-- “Lo del nombre y apellidos sólo lo sabían él y las gentes de su pueblo natal, una pequeña aldea de Tierra de Campos. Sus convecinos, sabiendo que ese era el deseo de Perrero, le guardaron el secreto.
Quiero que sepas que lo de Perrero se lo puso él a sí mismo. Perrero no es más que un juego de sílabas que él se inventó, usando las primeras de las de su nombre y apellidos, que no eran sino Pedro Reguilón Rodrigo.”
Aclarado lo de Perrero, mi antepasado pasó a darme algunos datos sobre el que, para mi antepasado, era el otro protagonista de la historia de Carrocobrao.
Este coprotagonista era un vecino de Valdeperdices llamado Eustaquio al que, para diferenciarlo de un tocayo suyo, se le decía Eustaquio el de Juana. Juana era su esposa.
En cierta ocasión Eustaquio el de Juana contrató a Perrero para que le sacara diez carros de piedra de la cantera de la zona que a partir de entonces se conoció como Carrocobrao.
Perrero era conocedor de la fama que tenía Eustaquio el de Juana de ser un “malpaga”. Es muy cierto que esa fama la tenía el valdeperdiceño sobradamente ganada, pues siempre que podía dejaba sin pagar sus deudas; y no por falta de medios, sino porque así era su condición.
Eso fue lo que hizo que Perrero tomara la determinación de no sacar un segundo carro de piedra sin haber cobrado antes el primero, de no sacar un tercero sin antes haber cobrado el segundo, y así, todos los demás. Pero ocurrió que una vez cobrados los nueve primeros carros y haber sacado Perrero el décimo y último, cuando fue a reclamar el importe del mismo, Eustaquio el de Juana, como ya no precisaba más carros de piedra, dijo que ya no pagaba más, que ese décimo carro ya estaba pagado. Y argumentaba que como Perrero, según el valdeperdiceño, no había tenido que hacer demasiado esfuerzo para extraer la piedra, pues ésta había salido con relativa facilidad, consideraba que con lo que había pagado por los nueve primeros carros ya era más que suficiente y que de ese modo se podía considerar que ese décimo carro estaba ya pagado.
Perrero hizo como que se achantaba, bajó la cabeza y se fue del lugar. Después cogió sus bártulos y simuló que se iba del pueblo por el Camino Almendra. Pero al llegar al valle de las Estudas, se tumbó en la hierba y esperó a que anocheciera. Cuando eso ocurrió, regresó a un lugar próximo a la fuente. Allí tenía Eustaquio el de Juana una huerta, la misma que tú habrás visto siendo propiedad primero de mi sobrina Valeriana, después de su yerno Antonio y últimamente de la viuda de éste. En esa huerta habrás visto trabajando a Ricardo el Rubio y sus hijos, después a Antonio y Fructuosa y últimamente a Faustino. En aquella ocasión y en aquella huerta Eustaquio el de Juana tenía un buen campo de patatas. Eso lo sabía Perrero. Llegado  a la huerta y ayudado por la extraordinaria luz de una luna llena que aquella noche brillaba radiante en el cielo, comenzó a cavar con el mismo azadón con el que había sacado las piedras en la cantera. Lo de cavar no tenía otra finalidad que sacar de debajo de la tierra las patatas que eran propiedad de Eustaquio el de Juana. Cuando extrajo las patatas suficientes para compensar el dinero dejado de cobrar por el carro de piedras, Perrero se detuvo en su trabajo y se fue del lugar, pero no del pueblo. Se fue hasta un lugar del Ejido, donde había varias pajeras. En una de ellas se tumbó para dormir y para esperar que llegara la mañana. Cuando amaneció, fue a la cantera y de allí cogió una gran piedra de pizarra de poco grosor, de aquellas que en Valdeperdices siempre se han usado como “refaldos”. Con ella y un gran clavo se fue hasta la casa de Luis el de Clarisa, uno de los dos o tres valdepericeños que en aquellos años sabían leer y escribir, y eso, no demasiado bien. Perrero pidió a Luis el favor de que le escribiera sobre la pizarra, rayando con el clavo, una corta frase que el propio Perrero dictó. Luis el de Clarisa lo hizo encantado, entre otras cosas porque conocía lo que había originado lo de la frase y le agradaba al desenlace final.
Una vez que Perrero tuvo escrita la frase en la pizarra, fue a la huerta de Eustaquio el de Juana y la dejó en el lugar en el que había sacado las patatas.
Sin que en ello hubiera influido Perrero, pocos minutos después fueron llegando casi todos los habitantes de Valdeperdices al lugar de los hechos, avisados por Luis el de Clarisa. Una vez allí los valdeperdiceños, Julián el de Inés, que era otro de los que sabían leer, informó a los demás, incluido el propio Eustaquio el de Juana, del contenido de lo escrito en la piedra de pizarra. Decía así:
"Eustaquio, ahora ya sí está el carro cobrao"
Eso hizo que a toda esa zona, y a partir de entonces, se le conociera como la de Carrocobrao.
Yo entonces pregunté a mi antepasado que cómo era que yo también algunas veces había oído hablar de ese lugar, llamándolo Carroquebrao. Mi antepasado me dijo:
"Sí, eso es cierto, y también tiene su explicación. De todos modos, esa palabra la usó menos gente, llegando casi a ser olvidada, si bien en los últimos años ha vuelto a cobrar importancia, hasta tal punto que puede ser que termine por imponerse a la otra . Lo que la motivó ocurrió mucho después de lo del carro cobrado por Perrero; tal vez, un siglo después. En cierta ocasión en el lugar en el que muchísimos años después vivió el abuelo de tu amigo Raimundo y que ahora es de una prima de éste, un valdeperdiceño dejó allí su carro, no sin antes haberle puesto los correspondientes calzos para que no rodara  ladera abajo. Tú bien sabes la gran pendiente que allí había. Algo después acertó a pasar por allí un grupo de cuatro niños. De ellos, tres eran valdeperdiceños y el otro, cosa rara y excepcional para aquellos años, un "señoritingo zamorano" de la ciudad, que ese día estaba en nuestro pueblo porque lo había traído su padre, como premio por algo que había hecho. Por su parte, el padre estaba en Valdeperdices para ejercer su misión, que era lo que con el tiempo después se conoció como recaudador de impuestos. Una vez los rapaces cerca del carro, los tres valdeperdiceños, seguramente pensando que el señoritingo no se iba a atrever, lo “encismaron” para que quitara los calzos que frenaban las ruedas del carro. El zamorano, que al parecer tenía tanto de atrevido como de ignorante, esto al menos en lo referente a las consecuencias de sus actos, no necesitó que los otros lo animaran demasiado. Antes de que los valdeperdiceños pudieran hacer nada por impedir el resultado final, retiró las dos piedras que servían de calzos al carro. Inmediatamente éste comenzó a rodar ladera abajo, no parando hasta llegar al regato del entonces conocido sólo como Carrocobrao. No hace falta decir que el carro sufrió tal daño que quedó prácticamente inservible. Los valdeperdiceños en aquella ocasión se habrían limitado a decir que el carro se había roto por completo, o que había quedado totalmente estropeado, o que había quedado hecho añicos. Pero no, al señoritingo zamorano, al hijo del recaudador de impuestos, no se le ocurrió decir otra cosa que "el carro se ha quebrado". Como para los valdeperdiceños de entonces esa era una frase sólo propia de los señoritingos de la ciudad, la repitieron una y mil veces, con pitorreo y como rechifla. Y ese fue el motivo por el que después al lugar de los hechos algunos lo denominaron también como Carroquebrao.

Patrocinio Berroccal  Román


TIEMPO DE ESTÍO

   He pasado en mi pueblo, Valdeperdices, unos días con la familia. Llegado de la ciudad y hecho a base de mucha lectura, no muy especificada a veces,  me gusta observar y escudriñar el mundo de mi infancia. Ese mundo de hace ya cuarenta y cinco años . En ese pueblo permanecen cosas inanimadas ya muy restauradas. De lo animado, todo ha evolucionado inexorablemente. Los relojes del tiempo han seguido marcando los seres, los ha arrugado, encorvado y,  hasta cierto punto, humillado; los ha dejado jubilados, útiles para el paseo cuadriculado con "cacha" y boina. Este pueblo ha llegado ya a la tercera edad. Poca infancia crece y corre por sus calles retorcidas.
   Hoy he tomado la máquina fotográfica y he subido hasta el Piñedo. Es un día grisáceo, con una brisa media amenzando lluvia. Desde este altozano contemplo el pueblo quieto, lapado a la piedra gris de sus calles  empinadas que me mira y le miro. Se extiende detrás de los negrillos muertos siguiendo la ribera del arroyo seco. Entre el Piñedo y la Cañada y el Teso de la Horca, parece que lo tienen acorralado. Desde esta pequeña altura se ve dominmar el  rojo envejecido de los tejados. Algunas  fachadas blancas, pocas, parecen sembradas aquí y allá como intentando romper la monotonía tradicional.
   Estas gentes, desde siempre, se han  enfrentado al árbol y  han acabado  con él en su entorno. Sólo allá, en el sur lejano, permanecen algunas manchas oscuras de robles y encinas, como sembrados a voleo, entre los cereales que se  mueven en un mar de olas amarillas ya.
   En el Chapazal, ha nacido, por la voluntad del alcalde, un parque,  que aunque pequeño, es  muy acogedor y donde, a la sombra de los  enjutos y verdosos chopos, los hombres sin voluntad ya, sin ilusión, pasan las horas recordando el pasado, su  juventud perdida y los achaques del presente, mientras algunos niños veraniegos, se divierten en lo columpios chirriantes.
   Pocas cosas se ven desde el Piñedo que llamen la atención. Yo quiero tener un recuerdo de este lugar de mi infancia y, con mi máquina, lo recojo, en tres partes, pues, aunque pequeño, no cabe en un disparo  de flash.
  Bajo luego de mi altura y me mezclo  en la vida monótona de esta gente que comprendo, estimo y amo.

EL VALLE                            
El Valle serpentea paralelo al ramal que conduce a Valdeperdices y forma parte del lecho por el  que discurre el arroyo de  El Roble.
Auque el inicio natural de El Valle sea la intersección  de la carretera  de El Campillo con el ramal de Valdeperdices,  para nosotros  comprende desde la laguna de la punta arriba el Valle hasta la laguna de Tesorredondo.  
De laguna a laguna, no podía ser de otro modo si, como ya dije, por él discurre el arroyo de El Roble que recoge todas las aguas que caen al sur del pueblo formando las dos lagunas mencionadas. Está flanqueado por las tapias de piedra que delimitan los huertos, formando así una especie de canal.
Además del arroyo que discurre por la superficie, de todos es conocida la rica corriente subterránea que  abastece a los innumerables pozos que riegan los huertos y que, hasta que se comenzó a tomar el agua del embalse, surtía también de agua corriente al pueblo.
El arroyo del Roble, en el pueblo conocido como El Regato,antaño se precipitaba a su antojo y, al llegar al pueblo, formaba chapatales y charcos que duraban todo el año, como El Chapazal donde los parros de la Tía Arsela campaban a sus anchas retozando entre los juncos; había también siempre algunos burros que pastaban  allí. Más abajo, donde ahora está el Frontón y el Chupón, el agua se estancaba formando charcos que se helaban en invierno y  se convertían en  excelentes pistas de patinaje para deleite de los niños. Estos mismos charcos, en primavera, recibían la visita de peces pequeños, sardas, que subían cauce arriba desde el embalse.
Hoy, domesticado, apenas corre el agua si no es por alguna riada aislada o primavera lluviosa.
Pero volvamos al Valle.
Hoy, cuando tomamos el empalme que nos lleva a Valdeperdices por  el estrecho y serpenteante ramal, a nuestra derecha,  nos acompaña mudo y desangelado  El Valle. Esto no siempre ha sido así, pues antaño tenía un protagonismo importante en la vida del pueblo.
Al formar parte de los comunes, su abundante hierba era aprovechada por todos cuando llegaba San Isidro y se abría  al pasto. Era entonces cuando adquiría vida propia. Todas las tardes de domingo y festivos, una riada de animales de todas las clases, lo inundaban: burras, mulas, vacas, chotos, bueyes… y, para cuidar que se limitaran al pasto del Valle y no a los sembrados, los dueños acudían al Valle dando pie a la formación de numerosos  grupos de amenas tertulias.
Muy a menudo, bien por el fragor de las tertulias, bien por la vista gorda del dueño, que de todo había, algún animal díscolo se pegaba un atracón de los ricos frutos   de los sembrados  colindantes, variando así su monótona dieta herbívora. Cuando esto ocurría, alguien daba un grito al dueño que, diligente unas veces y más remolón otras, zanjaba el asunto con un silbido o un buen palo en los lomos de los animales más reticentes.
Los niños, aprovechando el jolgorio, acudíamos en masa para jugar a los diverso juegos que, en el mullido colchón de la hierba, se nos antojaban muy divertidos: El Escorrecinto, juego un poco bruto pues consistía en azotar con un látigo de juncos, la Lucha a buenas, algo similar al judo pero sin reglas, en el que ganaba el que más maña  tenía o el que más  matrero era, la Tula, el Dola....etc
Y, así, envueltas en mugidos, rebuznos, silbidos  y griterío de mayores y pequeños, transcurrían aquellas tardes en que El Valle cobraba vida propia.
              
Jose m Gregorio


AÑOS CUARENTA  (recordando)

La  tarde era primaveral. La sombra de las casas,  de  pizarra y adobe, trazaba figuras geométricas sobre  el suelo desigual y terroso. Sobre sus patas esqueléticas,  la cigüeña, como un garabato infantil, oteaba el pueblo viejo, pequeño y encorvado, abanicándolo de vez en cuando, con sus alas blanquinegras. Abajo, en el arroyo, los negrillos viejos se mantenían firmes moviendo suavemente su fronda oscura al paso de la brisa.
Todo era costumbre y permanencia: el hoy igual que ayer y el mismo que mañana. Es un pueblo que no sueña, pero duerme; vive y siente, pero no cambia porque no lee, porque no sabe de otras culturas al tener un horizonte demasiado corto.
Los niños, junto a la explanada de la escuela se recrean jugando en el frontón viejo o inclinados sobre el suelo jugando al “gua” con los “bujacos” arrancados a los robles.
Un grupo de agricultores, vestidos de pana, dialogan con Don Luis, un licenciado  que hace su primera aparición en el pueblo como nuevo veterinario, mientras sostiene las bridas de un caballo blanco veteado en gris. En la conversación se regatea el sueldo a pagar por sus servicios:
-       Mire usted, Don Luis que nosotros somos muy pobres y  no podemos soportar gastos elevados.
-       También  yo soy de familia humilde. Mi padre sólo me ha podido pagar la carrera y este  caballo que ustedes ven.
-       ¿Y le parece poco?, dice un aldeano con su boina bien calada y sus manos en los bolsillos ¡Ojalá pudiéramos tener nosotros algo parecido!
Y  después de un  tiempo de dimes y diretes, diferentes entre la cultura y la ignorancia, llegaron a un acuerdo, más o menos convincente. Se despidieron respetuosamente y el licenciado se alejó, el caballo al trote, por la callejuela estrecha dibujada de sol y sombra.
Los “tratantes” fueron esparciéndose por las calles camino del hogar y los chiquillos, terminado el recreo, escuchaban la lección del maestro. Sola quedaba la cigüeña, de pie sobre una pata, contemplando el pueblo quieto y silencioso.
Este pueblo,  casi escondido, pobre pero altivo, desconfiado y crítico ¿quién lo despertará? ¿Cuándo se le abrirán horizontes que le permitan descubrir nueva  formas de ser y de vivir?
El sol sale todos los días, pero no lo encorajina, no lo mueve  fuera del pequeño entorno. ¿Cuándo llegará para él  un renacimiento cultural, económico y político? Tendrá que esperar a que salgan muchos soles y muchas lunas. Se trata de esperar, creer, esperar, esperar, esperar…..

Desiderio Macías
               
LAS  CAMPANAS  DE MI PUEBLO

Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y en el cielo!
¡Qué silencio en las iglesias!
¡Qué extrañeza entre los muertos!

Con estas palabras termina el poema "Las campanas" de Rosalía de Castro.
Si por siempre enmudecieran... Las campanas de Valdeperdices todavía no han enmudecido del todo. Puede ser que algunos tengan razón al atreverse a decir que incluso hablan más que nunca. Al fin y al cabo, ahora lo hacen bastantes veces al día, para informarnos de que son las 10, o las 12, o las cuatro, o las seis... Por supuesto que nos estamos refiriendo a las horas del día. Suenan también para informarnos, unas veces con acierto y otras erróneamente, del comienzo de alguna ceremonia religiosa.
Ahora la manera que tienen de hacerlo es, siguiendo el signo de los tiempos, mediante un sistema automático y artificial, algo así como un reloj programado, carente de vida, de alma, de sentimiento.
Los de mi generación, y los de otras generaciones anteriores a la mía, el recuerdo que conservamos del toque de las campanas es algo muy diferente.
Lo que recordamos con añoranza es que las campanas antes eran algo así como la lengua del pueblo, expresión viva de sus sentimientos. No en vano eran las gentes de la localidad las que con sus manos las hacían sonar, transmitiendo al badajo lo que estaba en su corazón.
La tarde noche de la víspera de los días festivos repicaban con alegría, con júbilo, con alborozo... Su sonido envolvente se desplegaba por los alrededores del pueblo, como bandada de palomas blancas, anunciando a todos que el día siguiente era de descanso, un descanso sobradamente merecido por todos, tras una larga semana de casi agotadores trabajos, agarrados a la mancera, o a la “purridera”, o a la pala, o a la hoz, o a la “cacha”, o al huso, o al panal de jabón, o al organero, o... a tantas y tantas cosas.
Repicaban, alborozadamente también, en la mañana de los días festivos, para avisar de que ese día de descanso laboral era también el dedicado a su Dios, un Dios en el que creía la gran mayoría de las gentes de la localidad.
Mostraban, repicando, la alegría de aquellos que iban a bautizar a sus hijos a la Iglesia o después del "sí quiero", de aquellos que se manifestaban su amor y lo hacían público a través del sacramento del matrimonio.
Las campanas no cesaban de repicar, mostrando la alegría de los fieles, durante todo el tiempo que duraba las procesiones por las calles, y a veces por los campos del pueblo, llevando en andas las imágenes de la Virgen, de Jesús resucitado, de San Antón, de San Isidro...
En este sentido se debe decir que al menos "un repicador" debía quedarse en el campanario, haciendo sonar las campanas, durante todo el tiempo que duraba la procesión. Seguramente a eso sería debido el origen de la frase o refrán que decía: "quien repica no puede estar en la procesión" o "no se puede repicar y estar en la procesión", para indicar que no se puede estar en dos lugares a la vez.
Repicar... Esto me trae muchos recuerdos y, con ellos, a aquellos que por su habilidad y destreza "se las apañaban muy bien" en eso de hacer que los sonidos emitidos por las campanas salieran acompasados, rítmicos, armoniosos, alegres... Vienen a mi memoria los nombres de bastantes de ellos. Si no los cito a todos es por no molestar a alguno que, por olvido, no nombrara. Pero no puedo por menos de citar a uno de ellos, por su manera de hacerlo. En mis recuerdos aparece la imagen de un hombre ya anciano, inclinado, con una rodilla apoyada en la pequeña repisa existente delante de las campanas. No era otro que el Sr. Rogelio, el mismo al que también recuerdo retirando, con santa paciencia, las piedras que pudieran estorbar del centro de las calles, para dejarlas en las orillas donde ya no fueran un estorbo.
El Sr. Rogelio "cogía muy cortas las cuerdas" de las campanas y con unos movimientos casi imperceptibles hacía que ellas sonaran. A los niños que subíamos al campanario, unas veces para ver y aprender y otras para comenzar a practicar, nos parecía algo semejante a un milagro que el Sr. Rogelio hiciera que las campanas sonaran sin casi mover sus manos. Y no entendíamos cómo podía ocurrir aquello ni por qué el Sr. Rogelio hacía lo que hacía. Alguien podría haber dicho que el Sr. Rogelio consideraba a las campanas como sus amigas a las que él las quería hacer hablar, pero para ello no quería golpearlas demasiado, para que ellas no sufrieran ni en sí mismas ni en su lengua.
Pero las campanas no sólo nos acompañaban en los momentos de alegría. También lo hacían en los malos momentos. Dirigidas por algún experto, "encordaban" tristes, melancólicas, lúgubres, lastimeras, en el momento del adiós. La lengua de las campanas hablaba entonces para informarnos de que alguien del pueblo había fallecido, pero también para transmitirnos los sentimientos de sus familiares, sentimientos compartidos por las campanas, que al fin y al cabo no hacían otra cosa que ser el reflejo de los sentimientos de todas las gentes del pueblo. Y algo excepcional en nuestra localidad era que las campanas "encordaban" de modo diferente, según que la persona fallecida fuera hombre, mujer o niño.
Doblaban también en los minutos previos a la misa funeral e igualmente cuando el cuerpo del difunto o la difunta era llevado en procesión hasta el cementerio, ubicado en El Llamero, no dejando de hacerlo hasta que la comitiva hubiera regresado de nuevo al pueblo.
Había una ocasión en la que las campanas, a través de su toque a rebato, expresaban algo que era una mezcla de sentimientos, en los que había un mucho de tristeza con un algo de satisfacción. Cuando nuestras campanas tocaban a fuego expresaban la urgencia con que debía procederse y también el miedo y la angustia ante las más que previsibles consecuencias de las llamas. Pero también había en ellas un sentimiento, no disimulado, de satisfacción y orgullo, porque ellas "desde allí arriba" veían cómo las gentes de nuestro pueblo, nada más haber oído su aviso, salían "como flechas" hacia el lugar de los hechos, en un intento por ayudar, como fuera, a la persona afectada , fuera ésta quien fuera. En ese momento, incluso en el caso de que hubiera alguna desavenencia, que podía haberla, con la persona afectada, se olvidaba todo y se trataba de colaborar, cada uno según sus posibilidades.
Son muchas y muchas las ocasiones en las que los valdeperdiceños hemos trabajado, unidos como una piña, tratando de apagar los fuegos o, al menos, de evitar mayores consecuencias. Son muchos los recuerdos que vienen a mi mente en este sentido. No podría relatar todos. Sin embargo, no me resigno a contar algo. Debió de ocurrir en uno de los últimos años de la década de los 60 del siglo XX. Era una mañana de invierno de un día festivo, creo recordar que por la Navidad. Estábamos en misa, cuando unos mozos que estaban en el campanario vieron que de la casa del señor Victoriano salía mucho humo. Esos mozos hicieron que las campanas tocaron a fuego. Únicamente el sacerdote y un monaguillo quedaron en la iglesia. Pocos minutos después ya se había formado una cadena humana que iba desde los bebederos de delante de la puerta del Chato hasta la casa incendiada. No se pudo hacer demasiado. Después serían los bomberos, llegados de Zamora, los que terminaron de apagar el fuego. Una vez que ya había pasado todo, el cura, que ya por entonces había terminado la misa y que había también colaborado en lo de apagar el incendio, me animó a que subiera al campanario para que hiciera que las campanas repicaran. Yo, aunque no era en ello muy experto, algo de eso sabía y lo podría haber hecho sin grandes dificultades. Sin embargo, le dije a aquel sacerdote de cuyo nombre por desgracia no me acuerdo, que no me parecía una buena idea hacer que las campanas repicaran en un momento como aquel en el que una familia había perdido tanto. Reconoció “mi parte de razón” y por ello desistió de su primera intención. Así y todo, no quiso callarse “su parte de razón” al pretender hacer que las campanas repicaran. A su modo de ver, aquel era un día muy grande para Valdeperdices, porque toda la población había actuado como una sola persona, colaborando para ayudar a quien lo necesitaba. Según él, eso no ocurría en muchos sitios. A los que escuchamos al sacerdote, esto último nos extrañó. Para nosotros entonces lo que la gente había hecho aquella mañana no era nada extraordinario, porque era lo que siempre habíamos visto como algo habitual y normal. Lo que no sé es si ahora eso se vería igual.
Aunque yo aquello no lo viví, debido a que entonces yo no estaba en el pueblo, me han contado que algunos años antes de lo del señor Victoriano, ocurrió algo similar cuando se produjo el incendio en un pajar del Sr. Simón; y también, con la misma respuesta de los valdeperdiceños.
Lo que acabo de referir tenía la misma incidencia cuando el incendio se producía en el campo. Esos incendios fueron muy numerosos especialmente en las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo. En aquellos años es muy posible que cada verano tuviéramos que ir no menos de tres veces, y en algunas ocasiones en horas intempestivas, a apagar incendios; algunos de ellos, producidos por las chispas de las máquinas, principalmente de las cosechadoras; otras veces, porque "se le iba de las manos" a quienes, en una mala práctica y de modo voluntario, se ponían a quemar malas hierbas o rastrojos.
En este sentido recuerdo especialmente uno que "se le apoderó" a Sandalio y Lucinda. Cuando eso ocurrió, Sandalio ya se hallaba bastante debilitado por la enfermedad que no mucho después acabaría con él. Un día de verano el matrimonio decidió quemar algunas malas hierbas en su bacillar, aquel que todos conocíamos como “el de las higueras de Sandalio”. Y ocurrió que la conjunción formada por la gran facilidad con que en ese tiempo arden las hierbas secas y la poca fortaleza física de ellos, hizo que no fueran capaces de hacer que el fuego permaneciera en los límites que ellos previamente habían establecido. Poco después sonaban a rebato las campanas de la iglesia del pueblo, y pocos minutos después la zona donde se había producido el incendio estaba llena de valdeperdiceños  que con tractores, hachas, picos y palas comenzaron a hacer todo lo necesario para controlar el fuego y  para hacer que no causara más daños de los ya efectuados. Si eso fue muy importante, no lo fue menos la labor de algunas mujeres de edad ya avanzada, que no sintiéndose con demasiadas fuerzas para colaborar en lo de apagar el fuego, sí fueron importantes en animar y consolar a Sandalio y Lucilda que, habiendo agotado ya sus pocas fuerzas en un vano intento por apagar ellos solos el incendio, después lo único que hacían era llorar desconsoladamente.
Mientras los valdeperdiceños luchábamos denodadamente contra las llamas, algunas personas de una localidad vecina, de cuyo nombre no quiero acordarme, nos miraban impasibles, sin mover ni un dedo, permaneciendo en sus eras, a la sombra de sus cabañas o de sus máquinas agrícolas. Cuando se había terminado todo lo del incendio, algunos valdeperdiceños manifestaron que la actitud de los habitantes del pueblo vecino les había producido mucha rabia. Tengo que reconocer que a mí en cambio sólo me había producido lástima.
Las campanas de la iglesia de Valdeperdices sonaban también alegremente, aunque para ello no lo hicieran repicando, cuando convocaban a los vecinos del pueblo "a concejo". Aquello sí que era una auténtica democracia. Cierto que era el que hacía las veces de alcalde el que convocaba la reunión y el que daba la información necesaria y proponía los temas a tratar, pero después eran absolutamente todos los vecinos de la localidad los que tenían voz y voto. Todos tenían derecho, y lo ejercían, a opinar y a exponer sus puntos de vista. Al final de esos concejos, siempre se tomaban las decisiones que tenían el apoyo de la mayoría.
No podemos olvidar tampoco que las campanas también hablaban tres veces al día para invitar a los fieles a la oración. Y así lo hacían al amanecer, al mediodía y al anochecer. Tampoco debemos olvidar que en estas ocasiones era "la mayordoma" la encargada de hacerlo. El cargo de mayordoma le correspondía por riguroso orden, según la fecha de su matrimonio, a alguna mujer del pueblo y tenía una duración de un año. Esa mayordoma debía encargarse también de mantener la iglesia limpia, así como de tener preparadas las ropas utilizadas en las ceremonias religiosas, tanto para los altares, como para el sacerdote o para las imágenes. Otra misión encomendada a la mayordoma era hacer que permaneciera siempre encendida la lámpara o velón de aceite.

Otra cosa que también hacían las campanas era informar a los habitantes del pueblo del día y de la hora en que los animales podían "entrar en los prados".

En relación con eso, me voy a limitar a copiar lo que allá por 1953 dejó escrito en su diario Juan, uno de los protagonistas de mi novela "Nicolás el Valdeperdiceño”.

"Hoy, domingo, se han abierto los prados. Yo ya sabía que eso iba a ocurrir, pero había que esperar a que el alcalde, o una persona autorizada por él, indicara el momento exacto.
Pero creo que debo dejar bien claro qué es esto de abrirse los prados. Es bueno saber antes de nada que en nuestro pueblo hay varios lugares que son pequeños valles o vaguadas, de propiedad comunal. Los conocemos con nombres como Las Estudas, La Gadaña, Carrocobrao o Carroquebrao, Los Conforcos, el Valle, Valdelamor, Traslacuesta... Por turnos bienales, según las hojas de cultivo, cada año la mitad de esos lugares comunales se acotan al pastoreo a partir de una determinada fecha, que suele coincidir con el final del invierno. Si viene un año normal de lluvias, cuando llega el mes de mayo, esos lugares tienen abundante hierba. Es entonces cuando, durante algunas horas y en ciertos días, se permite que las vacas, los toros, los chotos o novillos, las mulas, los dos o tres caballos que hay en el pueblo, los burros y las burras puedan ir a esos prados a pastar. El momento en que eso se puede hacer es anunciado por un toque especial de las campanas de la iglesia. No sé si ya lo habré dicho antes pero, por si no es así, debo decir que aquí en Valdeperdices a las campanas se las utiliza para informar de casi todo.
Hoy, después de la siesta, nada más oírse ese toque de las campanas, anunciando que ya "se podía entrar en los prados", todas las calles del pueblo se vieron llenas de animales de los llamados de labor, los mismos que en otras ocasiones solemos ver "enganchados al yugo" para ir a arar o para tirar del carro. Esta tarde se movían de prisa, algunos incluso corriendo, "arreados por los dueños", formando entre todos, bestias y humanos, algo parecido a enormes riadas animales por los arroyos en que se habían convertido las calles del pueblo. Unos minutos después las calles quedaron completamente vacías.
-- ¿Por qué llevan tanta prisa?. ¿Es que no hay hierba para todos?-- pregunté a mi abuelo Ricardo.
-- Sí, Juanito, sí  -- me respondió él --. Por supuesto que hay hierba para todos. Pero ellos siempre lo han hecho así y ya sabes: las costumbres son las costumbres. Claro que las manías también son las manías. Seguramente lo hacen porque cada uno tiene sus preferencias por unas zonas determinadas de los prados. Y otra cosa que posiblemente también tienen en cuenta algunos es la mayor facilidad para cuidar su ganado. No debes olvidar que en el prado hay que cuidar de los animales, para que no entren y produzcan daños en las tierras cultivadas".

Después de haber escrito lo que he escrito, se podría pensar que yo soy partidario de considerar como bueno todo lo acontecido en el pasado y como malo todo lo que se hace en el presente. Nada más alejado de la realidad. No en vano, siendo yo todavía un niño, aprendí de memoria algunas estrofas de un larguísimo poema. De ello ahora recuerdo, entre otras cosas, esto:

“Recuerde el alma dormida.........
"Cómo a nuestro parescer cualquiera tiempo pasado fue mejor".
Esto es algo que ya en  el siglo XV críticó Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre.
Y eso es lo que tendemos a pensar muchas veces. Si de forma tajante llegáramos a esa conclusión, estaríamos cayendo en un grave error. En el pasado, como en el presente, se hicieron y se hacen cosas bien y cosas mal. En relación con el pasado debemos ser selectivos. Así pues, no estaría mal que recordáramos tanto lo positivo, para aprender de ello, como lo negativo, para no volver a cometer los mismos errores. Claro que de las cosas malas también podríamos olvidarnos, porque, ¿para qué recordar lo que no debemos hacer? No sé si merece la pena.

Patrocinio  Berrocal Román.


UNA ESTAMPA DEL PUEBLO

      El anciano, sentado a la puerta de su casa, era ya como un retazo de su vida. Los minutos se le escapaban  lentamente, como se alarga la  sombra, en las últimas horas de la tarde. Eran momentos de interioridades, de vuelta a la lejanía en que brillaban los soles de la juventud trabajadora, ilusionada y romántica. Ahora, el futuro  le parecía corto, oscuro, casi tenebroso e inseguro. Apoyadas su manos sobre su cayado y la barbilla sobre el dorso de las mismas, miraba a ninguna parte, sin ilusiones, perdida su imaginación en el recuerdo. Por la calle iban andares pobres de niños camino de la fuente con su barrila de barro. La tarde se hacía larga, aburrida y pesada, mientras las viejas casas proyectaban su sombras desiguales como resbalando sobre el suelo. Pesaba el tiempo, pesaba el vivir, pesaba todo, todo.
     La vida que no se remueve se acaba, porque vivir es construcción, restauración; es quitar y poner, es cambiaar de sitio, de saber, de postura, de ser así.
     Cuando sientas que el viento llega, sal a su encuentro y déjate azotar, déjate llevar por él, aunque te golpee fuerte y ta haga sufrir, porque eso te hará vibrar, defenderte, luchar, fortalecerte... vivir. La brisa engendra quietud, descanso, placer; la brisa te deja inmóvil y no te transforma. Ama el viento.
                                                                                     Desiderio Macías 
VISIONES DE MI TIERRA

        Las encinas gruesas, oscuras y fuertes, esparcidas en un desorden natural, como sembradas a voleo, ponían sombras en el  campo amarillo, mar dorado que se agita en un oleaje rico e interminable. Y esa brisa que huye empujando  a otra brisa, se oscurece filtrándose entre las hojas retorcidas, equeñas y  espinosas de las encinas. Arriba, las torcaces rasgan el aire   o  arrullan como cantando una nana en  la tarde  espesa.
        En lo más alto, la alondra planea y  canta embebiéndose de luz, de aire y de sol. Es bello el campo, siempre  ancho y ondulado,  limitado por la calima gris  y lejana de la sierra, donde el cielo azul apoya su base imaginaria, como una campana inmensa de cristal que cobijase, materialmente. las esencias divinas de una creación evolutiva.
        Bajo la gruesa y copuda encina, junto al Castro, como un enjambre apiñadas, sestean las ovejas soñando paraderas frescas y abrevaderos estancados. En la tarde que se alarga, solo se oye algún sonido de esquilas y el seco traquetreo de alguna carreta soñolienta.
                                                                                                            Desiderio Macías.




Estampa veraniega

 …Y aquella sombra del anochecer en los veranos cálidos de julio, cuando las  mujeres enlutadas, cubriendo sus cabelleras descuidadas con su pañuelo negro artísticamente anudado, sentadas a la puerta de la casa sobre los peldaños de granito pobre, esperando, digo, a que llegase la cuadrilla bajando por la  cañada, el salinar o la majada. Aquella sombra que se hacía más densa por minutos, que encendía lentamente  las estrellas como en una porfía con las luces amarillo-pálidas de las pobres casas de los rudos labriegos.
        Como un eco lejano comenzaban a oírse las canciones de los segadores y las agavilladoras que inundaban el pueblo oscuro, inclinado hacia el arroyo, de canciones destempladas y cansinas, las ropas y el calzado cubiertos de polvo con las hoces al hombro, hartas de muerte dorada. Hoces, siega, muerte,  nada.
Por encima del Piñedo, ascendía la luna grande borrando estrellas con su luz plateada. Algún perro, miedoso, se atrevía a ladrar en la  cochera. Dormían tranquilos los tordos y los gorriones entre las ramas de los oscuros negrillos, mientras las  ranas  croaban insistentemente en las charcas del arroyo y el búho rompía, rítmicamente, la quietud de la alameda con su canto misterioso.    
                                                                                                   
   Desiderio Macías



PASEANDO POR LA GADAÑA

He vuelto a pisar el prado pintado de verde oscuro, de manojos de juncos apretados y verticales, junto al final del Arroyo, convertido, ahora, en pequeñas charcas limosas, llenas de mosquitos rápidos y zumbones; con hierbas frescas entre las que se asoman las ranas croantes, dispuestas a zambullirse, al menor ruido, en el cristal oscuro del agua.
El  viento, cuando tiene prisa, orea el prado y mueve, sin consideración, los agrestes tallos de las zarzas donde algún jilguero se cimbrea confiado. Todo lo llena el viento invisible cuando baja hasta el pantano para bañarse, rizando levemente su tersura. Y, saciado ya, se alza para arrastrar esas nubes intermedias, rasgándolas y esparciéndolas  por el infinito azul. Mientras, los corderillos saltan, juegan y balan, junto a sus madres, en un parloteo prolongado, monótono, equivalente. El pastor se apoya típicamente en  su cachava, con una  mirada llena de paisajes, de soledades, de resignación, observando el  blanco atajo que  es la razón y causa de su vivir. El perro negro, pequeño y nervioso corre por la ladera de enfrente, de pizarra herida, persiguiendo a las juguetonas golondrinas que suben y bajan rastreando, a poca altura en un ir y venir interminable. Y  ladra el perro, incansable, en un esfuerzo inútil y vano, como el niño que corre detrás de la mariposa inalcanzable.
Algún pescador, de tez quemada, sombrero de paja y un andar sexagenario, asciende  el sendero arriba, la caña recogida sirviéndole de bastón y alguna carpa, aún húmeda, en el retel, camino del pueblo que levemente inclinado hacia el arroyo contemplando los negrillos altos.

Desiderio Macías


CUANDO LA ESCUELA SE CONVIRTIÓ EN UN LAGO SALADO.

El maestro llevaba unos días mosqueado. Parecía que todos los niños tuviesen incontinencia urinaria. Cada cierto tiempo, un niño levantaba la mano: “¿Da su permiso?”. El maestro daba su consentimiento y el niño salía. Al poco tiempo,  otra mano: “¿Da su permiso?” y el niño salía. Y así un día, otro día… hasta que el maestro, harto de tanta incontinencia, tiró por la calle de en medio y cortó las salidas de raíz.

Los niños se retorcían, cruzaban las piernas… Aguantaban …; pero  el frío de la mañana y la leche del desayuno,  conspiraban contra ellos. Y un día, hartos de pagar justos por pecadores, todos:  unos convencidos, otros quizás coaccionados y algunos por imitación , liberaron sus vejigas de la carga que las oprimía contribuyendo cada cual en la medida de sus posibilidades Y  aquella escuela fría se fue inundando de  líquido amarillento y templado. Y  un vapor zigzagueante  ascendió  por los pupitres de madera.

Al principio, el maestro, concentrado  en la pizarra mientras escribía con su magnífica caligrafía los deberes para el día siguiente,  no se percató de nada. Cuando terminó la tarea se giró y vio aquel espectáculo humeante, montó en una cólera inusitada;  pero esta vez no tenía en quién descargarla personalmente. No podía pelar un par de patillas como escarmiento porque la infracción  había sido cometida por  la práctica totalidad de los niños y tuvo que conformarse con aplicar castigos colectivos.

Todo terminó con muchas broncas, alguna que otra vardiasca marcada en las nalgas y todas las madres armadas de fregonas y cubos para restaurar la escuela a su estado higiénico habitual.

Esta fue la primera vez que asistí a una reivindicación colectiva. Fue a finales de los años sesenta.

José m Gregorio

La carta

            Mi padre me dio un sobrecito a mi nombre y de inmediato reconocí aquella letra hermosa y de trazos regulares. Era la de doña María. Sentí una profunda emoción al abrirlo porque la maestra se había ido del pueblo por enfermedad y desde el principio me había temido lo peor.
            En una tarjeta de visita, si no recuerdo mal, me saludaba, me deseaba un buen futuro y me aconsejaba que obedeciera a mis padres y fuera una buena chica. El texto en sí no era nada del otro jueves. Tampoco me sentía especial para ella puesto que mi hermana y todas las demás alumnas también habían recibido sus sobrecitos. Y, sin embargo, aquello me conmocionó. Mi nombre en un lado, el de doña María en el otro, y aquel regalo había llegado de lo que yo consideraba muy muy lejos, casi desde el fin del mundo, y eso que allí no me conocían ni nada.
  Lo llevaba conmigo a todas partes: unas veces lo guardaba entre las páginas de la enciclopedia, otras lo metía directamente en el cabás, otras lo colocaba en la caja de la colación junto a todos mis tesoros. Y cada nada sacaba la tarjetita, la leía por enésima vez, volvía a introducirla y me quedaba extasiada contemplando la dirección.
  Me preguntaba a mí misma cómo habrían podido traérmelo si donde ella vivía no sabían quién era yo. Y empecé a imaginar que se había formado una larguísima cadena de personas desconocidas. Doña María le había preguntado a uno: “¿Tú conoces a Luisica?” Y como él no me conocía le contestó: “Yo no, pero a lo mejor fulanito sí la conoce, voy a preguntárselo”. Y ese se lo preguntó a otro que tampoco me conocía. Y ese otro se lo preguntó a otro. Y así hasta que uno se lo preguntó a mi padre. ¿Cuántos serían?, ¿cien?, ¿doscientos?, ¿quinientos?, ¿mil?
  Empecé a amar, entonces, el prodigio de la comunicación a distancia y el cartero siguió siendo para mí el último eslabón de aquella larga, mágica y maravillosa cadena de desconocidos que preguntaban por los nombres escritos en los sobres.
   ¿Alguien recuerda haber recibido aquella cartita?, ¿alguien la conserva? 
                                                                                                                       Luisa Román Rodrigo
                               
Bragas

  Cuando llegó doña María al pueblo, las niñas no usaban bragas. No las habían usado nunca antes. Fue ella la que obligó a las madres a comprárselas. ¡Qué impúdico debió de parecerle Valdeperdices a la maestra! Vería a aquellas niñas jugando a los cuarterones, saltando a la comba, corriendo... Una salvaje e inocente desnudez íntima cuando se les levantaban, en los juegos, el vestidico y el refajo... “Con tol serete al aire”, como se dice aquí.
                                                                                              Luisa Román Rodrigo           
                        
Sed de belleza

    En nuestro pueblo antes de la llegada de doña María no se cultivaban plantas ornamentales. A alguna anciana le oí que una vez en la que visitó otro pueblo se le representó que era el Paraíso Terrenal del que hablaba la Historia Sagrada porque junto a la fachada de una casa vio un par de geranios y dos rosales en flor.
   El tiempo, las fuerzas y el poco dinero se empleaban en Valdeperdices, si acaso, en cultivar plantas comestibles. La estética era un lujo que muy pocos se permitían. De modo que solo en algún huerto se veía un rosal y en alguna ventana dos o tres macetas de geranios.
   La escuela femenina la convirtió doña María en un pequeño oasis en medio de aquel desierto estético. Dentro, junto a los ventanales crecían geranios y begonias y de todas las paredes colgaban pequeños judíos. En el exterior, puso alhelíes, malvas reales, violetas, pensamientos...
    Recuerdo que las alumnas utilizaban una gran pota (la que servía también para mezclar con agua la leche en polvo) para subir, entre dos, el agua de riego desde la fuente.
   Las formas, los colores, los olores y los sonidos de aquel humilde jardín escolar me acompañarán mientras conserve la memoria. Recuerdo el zumbido de abejas y abejorros polinizando las flores; el amarillo vivo, de una intensidad casi hiriente, de algún pensamiento; la penetrante y fortísima fragancia de los alhelíes; el suave y delicado aroma de las violetas de la esquina...
    Aquella naturaleza vegetal domesticada agudizó en mí la sed de belleza. No me la despertó, pues desde antes de asistir a la escuela ya hacía colección de formas que consideraba bellas. Durante dos años, en una caja de zapatos había guardado trozos de piedras, ramas, conchas... cualquier cosa que me pareciese bonita. Aunque aquello que más me gustaba no se había dejado apresar. Hubiera dado mucho por poder llevarme en la caja las telarañas cubiertas de gotitas de rocío que parecían collares de perlas. Lo intenté más de una vez. Hasta que comprendí que en ocasiones lo bello puede ser tan frágil que no debe tocarse, pues al mínimo contacto se destruye.
   El jardín de la escuela agudizó en mí aquella sed porque descubrí que el ser humano podía crear formas armónicas por sí mismo. Antes había disfrutado de las simetrías perfectas en las hojas de las plantas, o de los maravillosos colores del campo en primavera, o de la blancura cincelada del cenceño sobre un árbol... Pero el orden en el jardín lo había creado doña María, de manera que yo algún día también podría hacerlo.
                                                                                                                                                                                                                                                                               Luisa Román
           
COSTUMBRES Y CREENCIAS CURIOSAS EN VALDEPERDICES:



1. Creían que el torzón de las mulas se quitaba si un mielgo le pasaba la mano por el lomo. Bastaba también con pasarle una prenda del mielgo.
2. A las mujeres paridas se les daba el agua “herrada”. En ella se había metido un hierro candente.
3. A la vaca empachada se le hacía tragar un pardal untado en aceite, con plumas, vivo.
4. Creían que si el 1º de agosto se levantaba una piedra y había rocío era señal de buena sementera.
5. Creían que había brujas y que se metían en los gatos.
6. Los manteos que llevaban las mujeres a diario eran rojos, verdes, negros y azules. Los amarillos solo los ponían en carnavales.
7. Cuando un hombre estaba de luto se cubría con la capa. La mujer lo hacía con el mantón.
8. Cuando doblaban las campanas porque había fallecido alguien, si daban dos esposas era una mujer y si daban tres un hombre.
                                            Luisa Román Rodrigo 

VESTIDOS DE PAPEL

            Nos hizo Tomasa un vestido de sevillana a cada una de las chicas de mi edad con papel de los sacos del pienso. Vestidas con ellos, una tarde nos subimos a un “escenario” a cantar, con un imaginario micrófono en la mano, como si fuéramos folklóricas con bata de cola.
            Aquel día fue uno de los más felices de mi infancia y puesto que en aquella época cualquier disfrute, hasta el más inocente, lo considerábamos pecaminoso me parece recordar que todas acabamos confesando ante don Tarsicio el delito de habernos puesto bujacas por tetas.
            Alegría, diversión, risas, canciones, juego, disfraz, teatro... Desde entonces consideré a Tomasa un hada madrina capaz de transformar la realidad más miserable con su varita mágica. La admiré por la maña con la que había cortado y cosido los vestidos, pero no solo por eso. De repente nos había convertido en protagonistas de un sueño hermoso y se lo agradecí en el alma. Por aquello, a mis ojos pasó a ser una artista como la copa de un pino. Con su creación había suspendido el tiempo cotidiano, tan prosaico y estrecho, y nos había lanzado a otra dimensión en la que también nosotras podíamos imaginarnos princesas.
            ¿Quiénes recordáis haber estado allí? ¿Dónde estaba el escenario? ¿En qué año sucedió? ¿Qué canciones cantábamos?
                                                                                                          Luisa Román Rodrigo

ALGUNOS DATOS CURIOSOS DE 1914, 1920, 1921...

    En 1914 murió en Valdeperdices una niña de cuatro años. En la partida de defunción el cura dio como causa: “congestión cerebral”.  Pregunté a mi tía Eloísa si sabía qué le había pasado. Mi tía había oído contar que la habían mandado con la comida, se había caído de la burra, había vuelto a casa diciendo que le dolía mucho la cabeza, se había metido en la cama y al poco rato había fallecido. En Valdeperdices a los niños hasta mediados del XX se les encomendaban tareas desde los tres y cuatro años.

      Don Santiago Sastre en el tercer libro de bautizados anotó:
     “El dia 21 Dominica de Pasion de este año de 1920 vinó el Padre misionero Fray Francisco de la Fuente del Corazón de María á dar misiones que se recibió con Cruz y procesion y casi todo el vecindario comenzando la misión a las 6 de la tarde y luego el sermon á las ocho de la noche. El dia 25 se hizo la procesion llevando los niños y niñas todos banderas hasta unas 80 á 90 – honrando asi y con canticos los mozos y mozas de la mision á la Samª Virgen qe. lo presenció todo el vecindario, como tambien varias personas de Almendra y Palacios, esplicando luego las Ceremonias del Santo Bautismo y se terminó la mision el dia 27 con la despedida del Padre que regresó a Zamora acompañado del Párroco que suscribe. 28 de Marzo de 1920. Santiago Sastre”.

  El año 1921 fue muy seco y D. Santiago Sastre anotó lo siguiente:
   “El día 30 de abril comencé las Novenas á N. S. de la Asunción pª impetrar el beneficio del agua por la pertinaz sequia, á ruegos de personas devotas, haciendose la Rogativa y la funcion hoy sabado 7 de Mayo por acuerdo del vecindario y despues de la misa solemne salio la Santa Virgen y S. Jose yendo por Tras la cuesta y los Tesicos á la punta arriba del Valle y todo él abajo qe. al salir luego cayeron unas gotas de Agua y siguió mucho Aire; pero a la 1 ½ comenzó ya de nuevo á llover y siguió lloviendo hasta las 6 ½ de la tarde con gran contento de los fieles- y sobre todo al salir de la Novena y esta se termina mañana Domingo 8 de Mayo de 1921. El párroco Santiago Sastre”.


   Un Valdeperdiceño fue a pedir prestado un saco de trigo a un hombre de Almendra. Por el camino iba pensando que no se lo prestaría y que estaba perdiendo el tiempo. Pasada la raya, se arrepintió, dio media vuelta y regresó a Valdeperdices con las manos vacías. Cuando llegó a casa pensó que se le morirían los hijos de hambre y que tenía que intentarlo. Después de todo, el “no” ya lo tenía si no iba a pedirlo. Se armó de valor y marchó otra vez a Almendra. Lo recibió la  mujer, con bastante amabilidad. Le prestaron el saco de trigo y le dijeron que si necesitaba otro que volviera, que a los hijos había que alimentarlos. Poco tiempo después, en 1924, aquel hombre se suicidaría. Se tiró a un pozo envuelto en una capa. Tenía 52 años. Contaban que era masón, que le habían mandado matar a alguien y había preferido su propia muerte. ¿Habría más masones en Almendra? ¿En Valdeperdices habría alguno?
                                                                                  Luisa Román Rodrigo
           
            LA  INFANCIA  EN  VALDEPERDICES

  La historiadora y académica Carmen Iglesias, en un artículo dedicado al respeto a la infancia en la cultura occidental, publicado en “El Mundo”, afirma que la sensibilización respecto a la dignidad del niño es bastante reciente en la Historia.
   Según Carmen Iglesias, a finales del siglo XVII nace lo que se ha denominado “individualismo afectivo” y la Ilustración extiende la creencia de que hay que procurar la felicidad en esta vida. Surge, entonces, el amor familiar como paradigma: entre esposos, amantes, padres e hijos, hermanos… Hasta esa época el matrimonio era un producto de intercambio o contrato entre familias y grupos con finalidades sociales, económicas y mentales muy diversas. El posible amor o afecto de los contrayentes nada tenía que ver. Además, la gran mortalidad infantil en los primeros años de vida hacía que se considerase a los niños intercambiables o sustituibles unos por otros. La sensibilización respecto a la dignidad del niño como persona singular e insustituible surgió en ciertos círculos restringidos cultos de finales del XVII, especialmente en Inglaterra y EEUU, y de ahí fue extendiéndose con la Ilustración por determinadas elites europeas de Francia, Italia, España y Centroeuropa para ir penetrando en distintos estratos sociales a lo largo del XIX y del XX. No fue un proceso homogéneo sino muy complejo y singular según países, regiones y épocas. La extensión de la “civilidad” ilustrada, el desarrollo de la higiene y los avances médicos provocaron cambios muy importantes respecto a la infancia. Los adultos ya no tenían la necesidad de resignarse y distanciarse emocionalmente frente a la galopante desaparición de los niños en los primeros años de vida. Los niños, en la medida en que podían sobrevivir mejor, dejaban de ser intercambiables.

  La provincia de Zamora, especialmente en algunas zonas más atrasadas, recibió esas nuevas ideas de libertad a la hora de elegir pareja y de sensibilización ante la infancia con bastante retraso. Era una sociedad eminentemente rural, conservadora y cerrada que aceptaba con dificultad novedades y cambios. Nuestro pueblo no fue una excepción aunque no fuera de los más atrasados por su cercanía a la ciudad. Respecto a la infancia la pescadilla se mordía la cola. Durante el siglo XIX y la primera mitad del XX las condiciones higiénicas, los cuidados médicos y la nutrición en Valdeperdices eran muy deficientes y muchos niños no pasaban del año y medio o los dos años. Las madres, para poder soportar el dolor de tanta pérdida, se distanciaban de ellos y esa distancia emocional les impedía darles el afecto necesario y cuidarlos convenientemente. Además, los llevaban de bebés con ellas al campo en verano –con unas temperaturas muy elevadas–, hambrientos, desnutridos, enfermos, sucios… En invierno los traían medio desnudos. Y a los cuatro años ya les mandaban tareas, tanto en casa como en el campo.
   Se ahogaron al menos tres niños en la fuente del pueblo. Puede que fueran más porque en bastantes partidas de defunción no se da la causa. Cabría preguntarse por qué las autoridades no arreglaron la fuente municipal inmediatamente después del primer accidente. Una de las razones sería la falta de dinero. Y cuando lo hubiera sería tan poco que se emplearía en algo más necesario. Después de todo, no iban a considerar una prioridad proteger la vida de los niños si podían morir de cualquier cosa en cualquier momento. Los traumatismos craneales de los niños a los cuatro y cinco años, porque estaban realizando tareas agrícolas a esa temprana edad, también pueden horrorizar a una mentalidad moderna. Se caían de la burra, los atropellaba el carro... Los padres, que encomendaban tales tareas a sus hijos,  hacían lo que podían y lo mejor que sabían en el mundo que habían heredado. La mano de obra infantil era necesaria.
  Las generaciones de los nacidos en Valdeperdices en las décadas de 1900 a 1930 hicieron un esfuerzo enorme de modernización. Quisieron un futuro mejor para sus hijos y se dejaron la piel para conseguirlo. Su empeño fue dejarles en herencia otro mundo menos mísero.
   Hasta un determinado momento, en Valdeperdices nada más habían estudiado, gratis, los que habían ido al seminario para curas y las muchachas que se habían metido monjas. La familia podía considerar un honor tener un hijo cura o una hija monja o tomarse el asunto de un modo cínico: enviaban a los hijos a estudiar a costa de la Iglesia para que hicieran la carrera y cuando les quedara un año para cantar misa o hacer los votos dijeran que no tenían vocación y se volvieran al pueblo.
   La idea de dar estudios a los hijos sin que mediara la Iglesia fue revolucionaria en la medida en que no solamente se perdía la mano de obra gratuita para trabajar en el campo sino que, encima, exigía un esfuerzo de inversión para el futuro a largo plazo que la economía familiar, de subsistencia, no podía permitirse más que haciendo verdaderos sacrificios de renuncia casi a todo.
   Los nacidos en las primeras décadas del XX fueron los primeros realmente alfabetizados en el pueblo. De los anteriores la mayor parte no aprendió a leer ni escribir. Y tuvieron mérito esos primeros alfabetizados puesto que se atrevieron a soñar, desde el agujero negro en el que  habían crecido, con un futuro mejor para sus descendientes, desafiando los privilegios de sus padres del Antiguo Régimen y enfrentándose a su concepción del mundo, la vida, las relaciones… Fueron niños explotados y se inventaron a sí mismos como padres –sin verdaderos modelos válidos– que hicieron lo que pudieron y supieron por cuidar y respetar a sus hijos desde algo parecido al amor familiar que ellos no habían conocido. El enorme esfuerzo de modernización de esas generaciones daría sus frutos porque de 1950 en adelante bastantes valdeperdiceños pudieron estudiar, hacer una carrera y tener una vida infinitamente mejor que la de sus padres.
  El respeto a la infancia llegó bastante tarde a Valdeperdices. Una de las razones de ese retraso seguramente fue que no hubo escuela hasta el XX. Aunque influirían más otros factores como la falta de higiene, la desnutrición, la ausencia de cuidados médicos, la pobreza... Cuando la mortalidad infantil fue muy elevada, los niños no eran respetados, no se les reconocían los mismos derechos que a las demás personas. Las únicas personas de pleno derecho eran las adultas. Ocurrió así en todo Occidente hasta el siglo XVIII. La sensibilización ante la dignidad de la infancia fue extendiéndose a medida que la cultura llegaba a más capas de la población y a Valdeperdices la cultura tardó en llegar. A los primeros valdeperdiceños que aprendieron a leer y escribir les enseñó el cura. Después los padres de los niños contratarían a Pedro Terrón. Ese hecho resulta significativo por dos razones: la primera, porque con la pobreza que reinaba entonces en Valdeperdices pagar a alguien para que enseñara a los niños era un salto cualitativo y la segunda porque nuestro pueblo estaba abandonado de la mano de Dios. Pedirían maestro y escuela pero tardaron en atender sus peticiones. Nuestros antepasados hicieron lo que pudieron teniendo en cuenta las circunstancias, poco buenas, que les habían tocado en suerte.                                                              


Luisa Román Rodrigo






EL VETIJO

Yo no he visto ninguno, pero es un artilugio interesante. Lo escribo con “v” porque me suena a veto o vedal, pero ni de eso estoy seguro, y era muy usado en el pueblo hasta los años 60 ó 70. Consistía en un palito de un tamaño parecido al de un dedo meñique de la mano y tenía atada una cueda de unos 40 cm. de larga a cada extremo.
¿Qué para qué servía un invento tan sencillo? Aquí está lo curioso: servía para que los corderos pudieran comer pero no pudieran mamar. Sencillamente fantástico.
El vetijo se colocaba dentro de la boca del cordero ––como si fuera el bocado de un caballo–– y se sujetaba con las cuerdas a su cuello para que no se cayera. Cuando el cordero iba al campo podía pastar tranquilamente, pero no podía aprovechar la cómoda leche materna que estaba destinada al preciado queso.
Yo,  siempre que oigo algún caso de corrupción en política (y ahora es cada día), me acuerdo del vetijo. A cada político deberíamos ponerle uno; eso le permitiría comer, pero no podrían “mamar”.

Pedro Berrocal, marzo de 2012.



LUCIANO BERROCAL MARTÍN, UN VALDEPERDICEÑO ILUSTRE.

Alguna vez he oído lamentos en el sentido de que en el pueblo no ha habido ninguna persona que haya destacado en algún ámbito relevante de la vida. Supongo que se referirían a deportistas, científicos, artistas, etc.
Yo, en principio, no estoy nada de acuerdo con la queja, ya que no hace falta ser famoso para ser importante. ¿O quizás  no es importante sacar adelante sin recursos un montón de hijos, como lo hicieron nuestros padres y abuelos? En cada familia y en cada casa hay muchos héroes, aunque su labor no sea muy conocida.
Aclarado esto, sí quiero dar a conocer la labor de un paisano que ha trascendido a nivel internacional: se trata de Luciano, nacido y criado en el pueblo hasta marchar de joven a los curas. Sus padres, Luciano y María, se fueron a vivir a Fresno de la Ribera y allí sigue parte de la familia.  Aunque sus apellidos coinciden exactamente con los míos, mi parentesco con él ya es de primos en tercera generación. Los familiares más cercanos del pueblo son sus tíos Juanito y Primitiva; de primos carnales, un montón: Pipe,Aurelia, Ramón, Ildefonso, Esperanza, Virgilio, Santiago, Jaime, Domitila y todos los hermanos de estos que viven fuera.
Luciano Berrocal Martín es, entre otras cosas,  Doctor en Sociología y Licenciado en Ciencias Económicas. Según mis informaciones ha sido profesor en la Universidad de Oxford y catedrático en la de Lovaina (Bélgica) y da conferencias y másteres por todo el mundo. En internet podéis encontrar muchas referencias suyas y algún vídeo.
Desconozco si ha tenido mucha relación con Valdeperdices o sus familiares. Yo solo lo recuerdo el día que cantó misa en la iglesia del pueblo ––fue salesiano por algún tiempo–– alrededor del año 69. A la puerta de la Sra. Primitiva hicieron, como homenaje, un arco con ramas de pino porque salió de allí hacia la iglesia y vino mucha gente de fuera.
 Aquel día invitó a la familia a comer al restaurante España de Zamora (yo fui porque me pasaron “las veces” mis abuelos Emilio y Amanda como nieto de mayor edad), nos llevaron en autocar y comimos nuestros primeros langostinos.
Creo que Luciano, si lee esto, nos hará una visita algún día. Muchos se lo agradeceríamos en memoria de lo que es su lugar de origen.
Pedro Berrocal Martín, marzo 2012.
 
UN TROCITO DE AMÉRICA EN EL SALÓN DE SANTIAGO

Hay canciones que marcan toda una vida. Las hay que para mal, pero éste no es mi caso. Entre los años 1961 y 64 ––yo tenía entre 4 y 7 años–– la única diversión semanal ocurría entre las 7 y las 11 de la noche de los festivos en el salón del Sr. Santiago y de la Sra. Balbina, allí frente a la iglesia.  Los primeros en llegar al salón éramos los niños y niñas que aprovechábamos el espacio vacío para correr; después llegaban las primeras mozas que bailaban entre ellas y, más tarde, los mozos y la gente mayor. Los hombres casados solían subir a la primera planta a echar la partida, mientras las mujeres se sentaban alrededor del salón para no perder descarte de todo lo que sucedía.
Todo aquel ambiente estaba amenizado por un tocadiscos de un solo altavoz que sonaba de maravilla y que era la envidia de los pueblos vecinos. Sonaban los éxitos de la copla de aquellos años, donde el rey era Manolo Escobar,  y algún otro ritmo más desenfadado. Pues bien, dentro de esa monotonía musical, de vez en cuando sonaba una canción totalmente diferente: era un tema instrumental donde el protagonismo lo llevaba una guitarra eléctrica con mucho eco. Yo, al oírla, dejaba de jugar a la tula (ocasionando el lógico cabreo de los otros niños) y me paraba a escucharla extasiado.
Aquella melodía siempre permaneció en mi memoria y cuando me hice mayor decidí buscarla para volverla a oír. Por supuesto no sabía ni el título ni el intérprete y la cosa no estaba fácil. Tarareé la canción en tiendas de música especializadas, pregunté en programas de radio, sofoqué a profesores de guitarra, pero nada. Después de casi 30 años de búsqueda intermitente, hace unos días llegó la solución: se trata de una canción de Bobby Darin titulada “Come September” que es el tema principal de la película de 1961 del mismo título protagonizada por Rock Hudson  y  Gina Lollobrigida. En España se tituló “Cuando llegue septiembre” y el disco que sonaba en Valdeperdices era probablemente una versión de Billy Vaughn.
Espero que a muchos de los que tenéis mi edad (o un poco mayores) os haga tanta ilusión como a mí volverla a escuchar. A los más jóvenes os pido que se la pongáis a vuestros padres. Es un trocito de nuestra niñez.

Para escucharla poned en google: Billy Vaughn come september you tube .También podéis llegar por Bobby Darin y se puede ver la película.

Pedro Berrocal, febrero 2012.






SAN PEDRO DE LA NAVE.

Cielo de tantos mares, aguas embalsadas que por tus piedras colocadas mano a mano, depositaste en mis genes, tu espíritu castellano. Alma máter que con tus hermanos compartiste el ansia desmesurada de intempestivas batallas, labraste surcos en tus brazos agrietados. Heridas que sanaste con sal, guerras que libraste sin deseos belicistas, armas que nunca empuñaste con dos manos.

Son en definitiva tus señas de identidad, tus fuentes “inesgotables” de humildad. Regatos que sin márgenes fluyen entre mares des-olados.

árboles que sin hojas alegres cantan ritmos ancestrales. Hijos todos nos, de ocres y de sienas, de tierra sombra tostada, rojo bermellón, verde vejiga, azul celeste, azul prusia, somos todos nos, adobes deslizados bajo pies encarnados y boinas prietas.

Tiñeron tu manto de azul, vistieron de sangre tus valles, cuevas de trabajos inmemoriales, memorias que sin duda se hacen ajenas.

Dani Berrocal










EL INSULTO MACHISTA POR ANTONOMASIA


Aquella valdeperdiceña vivió ochenta y seis años y nueve meses, de los cuales pasó algo menos de dos décadas como soltera, un poco más de tres como casada y tres y media como viuda.
         
  A los diecisiete quedó embarazada de soltera y en diciembre de 1865, ya con dieciocho, dio a luz a una niña a la que su novio, un mozo que le sacaba doce años, reconoció como suya y le dio el apellido. Siete meses más tarde la madre y el padre contrajeron matrimonio y la criatura fue legitimada. Después, hasta 1882, tendrían otros seis hijos más.

   En 1898 falleció el marido de una fiebre tifoidea y aunque aquel hombre dejara, por fin, de escupirle a la cara el asqueroso insulto que le había estado repitiendo hasta la saciedad durante los treinta y dos años de matrimonio, a ella aún seguiría martilleándole en la cabeza durante los treinta y cinco de viudedad que le restarían hasta su muerte. “Puta, puta, más que puta -le decía-, que lo mismo que te dejastes de mí te bieras dejao de otros”.

  Y a todas sus descendientes, cuando aún estaban solteras, aquella anciana –que pasó sesenta y siete años de los ochenta y seis de su vida aguantando la humillación de que aquel hombre que había sido su marido y padre de sus hijos, la insultara así— les aconsejaba una y otra vez: “No os dejéis, hijas, no os dejéis, que luego los maridos, los desagradecidos, os atracarán de putas tola vida”.
                                                                                
                                          Luisa Román Rodrigo


Como ejemplo de antepasados de Valdeperdices,  os presentamos aquí el árbol genealógico de dos mujeres que, aunque diferentes de carácter y forma de actuar, las dos compartieron una época de necesidades y penurias propias de la España de entonces: Manuela la "Pepinilla"  y la abuela "Teresiña". Como podréis observar, mucha gente de Valdeperdices descendemos de estas dos  mujeres.

Los datos han sido recabados  en los libros sobre Valdeperdices del Archivo Diocesano por Luisa Román. Agradecemos su trabajo y su diposición a compartirlo con todos nosotros

                     

LA HERENCIA
                   
   La pusieron Manuela aunque, al parecer, cuando en Valdeperdices y alrededores se hablaba de ella, y debía de hablarse mucho, todos usaban el apodo, la Pepinilla. Nació en 1839 y vivió sesenta y dos años. Todavía hoy en la memoria colectiva del pueblo se conserva el recuerdo, transmitido de padres a hijos, del fortísimo carácter de aquella mujer rica, avara, asmática, dura y resistente como las rocas. Su recuerdo ha perdurado hasta el presente a pesar de que ya hace unos cuantos años que fallecieron los últimos ancianos que la conocieron en vida.
Cuando nació la Pepinilla (Manuela Sastre Martín) habían pasado solamente tres años desde la desamortización, los valdeperdiceños habían dejado de pagar los diezmos a "los Benitos" de Zamora y el término lo había comprado el Señor de Villachica. Pero lo que podía haber representado para aquellos campesinos una liberación, al quitarles por fin el yugo con el que llevaban siglos uncidos como bueyes arando las tierras del señorío eclesiástico, supuso bien poco porque siguieron viviendo en unas casas y una tierra que no les pertenecían. Cambiaron los dueños y el nombre de los pagos: antes daban diezmos y primicias a la Iglesia y a partir de 1836 rentas al Señor de Villachica. Eso fue todo.
En este pueblo zamorano, incluso a pesar de su cercanía a la ciudad, la Historia casi siempre pasó de largo. Y es que en las ciénagas de miseria apenas se vive pues hay que dedicar las veinticuatro horas del día a sobrevivir. En algunas, el tiempo avanza con una tremenda dificultad; incluso parece detenerse, estancarse y oler a podrido. Valdeperdices hasta mediados del siglo XX no pudo salir del lodazal de la pobreza.
Durante la época que le tocó vivir a la Pepinilla, las mujeres parían cinco, siete, y hasta diez o más hijos. Eso si vivían lo suficiente. La mayor parte de esos niños fallecerían antes de los dos años, de manera que aquellas madres se pasaban buena parte de su vida fértil abonando con los cuerpecillos tiernos de sus bebés la tierra del cementerio, pariendo estiércol. Llevaban una vida durísima, pues trabajaban como mulas de sol a sol en la casa y en el campo mientras se tiraban nueve meses con el vientre abultado y un año con el niño a las costillas, otros nueve meses de embarazo y otro año con el segundo crío a la espalda, de nuevo con la barriga nueve meses y el año de cargar al tercero con el mantón ...y tanto desvelo para que luego el niño no superase el brote de la dentición o se lo llevaran una gastroenteritis, un sarampión o una gripe. Así una y otra vez hasta la menopausia, si no morían antes en un mal parto o de fiebre puerperal en el sobreparto. La mortalidad infantil no se reduciría hasta la segunda mitad del siglo XX. A finales del XIX y el primer cuarto del XX dos matrimonios tuvieron catorce y quince hijos respectivamente, de los catorce prosperaron seis y de los quince nada más llegaron a adultos tres. Y los hombres tampoco salían bien parados; de hecho, el porcentaje de viudas y viudos en algunas épocas fue parecido.
Las familias más pobres vivían permanentemente asomadas a un precipicio al que en cualquier momento podían caer los hijos, o incluso los progenitores. La mortalidad infantil era altísima, por falta de higiene, atención y cuidados médicos. Pero si a esos factores se unía el hambre, las posibilidades de que los niños pasaran de los dos años se reducían de un modo drástico. A causa de la desnutrición cualquier enfermedad, por leve que fuera, podía acabar con ellos. Así que heredar lo más posible, dentro de la escasez reinante, o encontrar un buen partido a la hora de contraer matrimonio era algo vital. Se trataba de una mera cuestión de supervivencia. Por eso defendían con uñas y dientes las herencias y enriquecerse en un lugar tan pobre y atrasado entonces, parecía algo imposible. Que esta mujer lo consiguiera pone de manifiesto que tuvo que ser inteligente y mostrar una prodigiosa capacidad de adaptación al medio.
En 1849, cuando la Pepinilla cumple diez años, en Valdeperdices hay dieciséis casas, de las cuales se hallan ocupadas catorce, con un total de sesenta habitantes, seguramente la mayoría, si no todos, analfabetos o casi. No llegará maestro nacional al pueblo hasta cincuenta y tantos años más tarde. Y hasta entonces solo algunos muchachos que hicieran de monaguillos y criados para el cura tendrían alguna posibilidad de aprender a leer y escribir y las cuatro reglas. Esa posibilidad seguramente no estuvo al alcance de ninguna muchacha hasta que no hubo escuela en el pueblo. De manera que la Pepinilla debió de ser analfabeta. Aunque por lo que se dice "sí debía de conocer los números y con toda seguridad sabía contar".
Los Valdeperdiceños de esa época no salieron del anonimato, no sobresalieron en nada, no hicieron nada importante por lo que merecieran ser recordados, no inventaron ni descubrieron nada que cambiara el curso de la Historia, no realizaron ninguna hazaña gloriosa, no innovaron nada, quizás ni siquiera en las tareas agrícolas. Solo, y no fue poco, ganaron la batalla a la muerte en un medio hostil, resistieron ante la miseria, el hambre y las enfermedades. Y de entre todos los resistentes destacó la Pepinilla.
Desde el fondo de ese pozo de penuria, escasez, abandono e ignorancia una mujer logró dar un salto casi imposible y enriquecerse. Y aunque lo hizo como lo hizo, hay que reconocerle el mérito. Tuvo que ser muy avispada para jugar a la perfección sus bazas con las mediocres cartas que le habían tocado en el reparto. Aunque, al parecer, ya sus padres, y antes sus abuelos, tanto paternos como matemos, le habían preparado el camino. Los abuelos paternos (Sastre-Pérez) y los matemos (Martín-Castaño), las dos familias más pudientes del pueblo, decidieron emparentarse por vía doble casando dos hijos de la primera con dos hijas de la segunda para mantener unidas las propiedades en la medida de lo posible. La Pepinilla tuvo, además, la suerte de que la hijuela de sus padres solo hubo de compartirla con una hermana, Jacoba. Habían sido cinco hermanos, pero los otros tres fallecieron de pequeños.
El siguiente paso era casarse con "un mozo de posibles" y en 1860, a los veintiún años, la Pepinilla contrajo matrimonio con Jacinto Rodrigo, un valdeperdiceño cuyo padre procedía de una familia medianamente pudiente de Almendra. De este matrimonio nacieron tres hijos aunque solo el primogénito, Felipe (1861) llegaría a adulto. El segundo se ahogó a los veintisiete meses en la fuente municipal y el tercero murió de una gastroenteritis a los seis años.
Cuentan que la Pepinilla tenía cuatro parejas de bueyes para labrar la gran extensión de tierra que traía y, además, trabajaban de forma permanente para ella cuatro hombres como criados y jornaleros, aunque luego para tareas concretas de la sementera contratara algunos más. Eso era algo completamente excepcional en un pueblo donde cada familia aspiraba, todo lo más, a una parejita de vacas o de mulas para trabajar un poco de tierra de la que sacarían, con un gran esfuerzo, numerosas fatiguicas y muchísimo sudor, lo básico para sobrevivir. Y en aquella economía de subsistencia la riqueza de aquella rácana parece que resultaba hasta obscena.
Aquella mujer no debió de tener mucha inteligencia emocional, no debió de ser un dechado de virtudes y por lo que cuentan debió de ganarse a pulso el odio de la gente, por egoísta, interesada, agarrada, usurera, despiadada y despótica. Los jornaleros que trabajaban para ella y todos los vecinos que le pedían en préstamo trigo, garbanzos o cualquier otra cosa empezaron a hablar de su avarícia, su tacañería, su antipatía y su mal genio.
"Al comer se pone una mano pegada a la mamola pa no desperdiciar un formigo", decía el primero. "Y cuando acaba la comida se coloca una aguja con la punta pan-iba, debajo la mamola, pa que se le clave si se queda traspuesta cuando le tienta el sueño y no darnos un segundo de descanso", añadía el segundo. "Es una desuellapobres. Presta a los necesitaos una ochava garbanzos o trigo pal pan de los hijos y si el año viene malo y no pueden devolverle el préstamo y los intereses a tiempo la hijaputa se queda con las tierras. Y lo hace sin tiembla, sin un ciñasco compasión. Os digo que esta víbora no tiene alma", seguía el tercero. "A piscos a piscos, está haciendo un capitalazo; pero no la envidio un pimiento porque es esclava el dinero, una agarrada, no vive más que pa trabajar y se pasa el día renegada con todo Dios", opinaba el cuarto. "Cobra pol trigo igual que don Santiago el cura, por cada carga nueve ochavas, y la cabrona, en pago, te las da con rasero y te las cobra con cogüelmo", explicaba otro.
Pero en las ciénagas de miseria, donde la vida pende de un hilo muy leve en todo momento, la moral es hasta cierto punto un lujo innecesario que uno no puede permitirse. Y lo mismo que la Pepinilla pecaría de egoísta pecarían sus convecinos de envidiosos.
Acumuló un gran capital, sí; pero todo su dinero no alcanzó para que su familia viviera en mejores condiciones que el resto de las familias de la época. De hecho por culpa de la racanería lo más seguro es que viviera peor. Además, se le murieron hijos como a otras mujeres menos afortunadas y a los ocho años de casada, en 1868, enviudó, también como otras personas del pueblo. Su marido falleció a los treinta y tres años, de "una fiebre perniciosa". Y también como otros viudos, la Pepinilla volvió a casarse enseguida. Según cuentan, para esta segunda ocasión "escogió otro mozo con posibles, pa juntar más tierra entodavía, esta vez en el término Palacios"
Con el segundo marido, Francisco Martín Román, la Pepinilla tuvo cuatro hijos, de los cuales solo dos, Jacinto (1870) y Pepa (1879), llegarían a adultos. Así pues, la herencia de aquel enorme patrimonio iba a fragmentarse poco puesto que sólo habría de repartirse entre tres: el único hijo del primer matrimonio y los dos del segundo.
El primogénito, Felipe, en marzo de 1886 tiene una hija de soltero con una moza llamada Felipa Hernández. Dos meses más tarde, en mayo, Felipe y Felipa se casaron. Y en junio, a un mes escaso de la boda, falleció él, mientras cargaba un carro de algarrobas, reventado por "una hernia estrangular", según consta en la partida de defunción. Así que Felipa quedó viuda y con una niña de tres meses. Aquella niña llevaba el nombre de su abuela paterna: Manuela.
Resulta extraño que Manuela Rodriga Hernández naciera fuera del matrimonio porque aquella enorme y monstruosa inmoralidad se daba en muy pocas ocasiones entonces en Valdeperdices. Los motivos por los cuales sucedió así ya se han olvidado y solamente queda aventurar hipótesis. Lo más probable es que la Pepinilla rechazase a Felipa como esposa para su hijo por tener menos capital. Aunque no se trataba en absoluto de una muerta de hambre. Se conserva, por ejemplo, el documento de la hijuela que le dejó su padre en 1894 y Felipa recibió 824'75 pesetas, que no estaba nada mal teniendo en cuenta que una cabra aparece tasada en diez pesetas, una oveja en siete y una gallina en dos. Además, esa hijuela no representaba más que una tercera parte de las posesiones familiares puesto que en el momento del reparto quedan vivos tres hermanos,
Se negase o no la Pepinilla a aceptar a Felipa por nuera, lo cierto es que a su nieta Manuela le dio siempre amparo. Aquella niñica huérfana de padre ablandó el corazón endurecido de la Pepinilla y durante los quince últimos años de su vida demostró que a pesar de la fama de cruel e insensible también era capaz de sentir compasión.
Felipa permaneció sola después de enviudar trece meses. En julio de 1887 contrajo matrimonio de nuevo. Su segundo marido, Antonio Martín, el Tonto, antes de casarse no había dado señales de trastorno mental, pero después de la boda empezó a darlas. Según cuentan, "los meses de verano se le alteraba la sangre más que el resto el año y era inaguantable. Se pasaba horas y horas vaciando, amenazando ... Encima, robaba haces de cebada o trigo, metía las vacas en los sembraos, los huertos y las cortinas de tol mundo ... Tenía atemorizada a la gente con los gritos y las toradas. El pueblo pidió a las autoridades que tomaran cartas en el asunto, que lo metieran en un manicomio o lo encerraran en la cárcel por ladrón; pero las autoridades no hizon caso ninguno y aquel loco seguía en Valdeperdices, unas temporadas algo más tranquilo y otras con la cabeza perdidica del todo".
Felipa y Antonio Martín el Tonto tuvieron cinco hijos, de los cuales solamente dos, Herminia (1892) y Secundino (1895) llegarían a adultos, se casarían y dejarían descendencia. Esos dos hijos convivieron poco tiempo con su padre. La que sufrió más las consecuencias de su locura fue Manuela. Según se cuenta, "era ella la que llevaba las vacas por la noche o de madrugada a comer las cortinas o los sembraos. Iba muertica miedo por si aparecía el dueño y la pillaba, pero le daba pánico lo que pudiera hacerle el loco del padrastro si no obedecía, conque cumplía las órdenes sin rechistar. Y siempre que podía iba a ver a su abuela la Pepinilla, pa que la acariñara, pa que le diera un cachico pan y pa que la cobijara de lo que le hacía el padrastro. Su abuela y su tía Pepa la vigilaban y la protegían lo que podían, aunque no pudieron evitar que el Tonto intentara abusar sexualmente de ella. Al parecer, el que consiguió asustarlo pa que no se le ocurriera volver a intentarlo fue Magín Román, un mozo siete años más joven que él que le arreó una buena somanta palos. Y parece que la paliza dio fruto porque, después, cuando el Tonto mandaba a la niña con las vacas a comer las cortinas de noche le recalcaba bien que entrara en todas menos en la de Magín. No se sabe por qué fue Magín quien le pegó pa que dejara en paz a la niñica; pero seguro que detrás de aquella paliza estaba la mano la Pepinilla".
En 1890, veinte años después de contraer matrimonio por segunda vez, la Pepinilla enviudó de nuevo. Francisco Martín murió a los cuarenta y cinco de "fiebre catarral crónica con tuberculosis pulmonar". Su hijo Jacinto tenía veinte años, su hija Pepa, once. Y la Pepinilla, con cincuenta y uno, ya no volvería a casarse.
Con frecuencia a un hijo del segundo matrimonio se le bautizaba con el nombre del primer marido. Eso fue lo que hizo la Pepinilla, pero le dio igual porque a su hijo Jacinto nada más lo llamó así la familia. Todo el pueblo lo conocía por el mote, el Parrao, "porque andaba con las piernas escarranchadas".
Jacinto el Parrao se casó en 1893 con Clara Martín Antón y tuvieron siete hijos, tres hembras y cuatro varones. En muy poco tiempo perdieron a los cuatro chicos, dos de ellos por la gripe de 1918. Llegaron a viejas las tres hijas: Dolores (1894), Ángela (1898) y Pascuala (1903). Las tres se casaron y tuvieron descendencia. A un nieto de Pascuala, mucho tiempo después, lo llamarían Parrao los compañeros en la escuela y bien que le dolía aquel mal nombre cruel basado en un defecto físico, que él no tenía en absoluto, de uno de sus ocho bisabuelos. En cualquier parte los niños pueden ser crueles, pero en los lugares pequeños las posibilidades de hacer daño utilizando el pasado familiar se multiplican.
Y, si la parte de la herencia de El Parrao habría de dividirse por tres, la correspondiente a Pepa, la hija menor de la Pepinilla, todavía se fragmentaría más pues tendría con su marido, José Prieto, “Joseote”, diez hijos. De ellos nueve llegarían a viejos: Victorina (1897), Pablo-Francisco (1899), Felipe (1901), Genoveva (1905) Leónides (1907), Adela (1909), Ana (1912), Flavio (1914) y Gervasio (1921).
Parecía que Manuela, la niña que había dejado huérfana Felipe, podría ser la gran afortunada en el reparto de la herencia de la Pepinilla. Ella recibiría íntegra la palie que le correspondía a su padre. Pero una serie de circunstancias jugó en su contra.
En agosto de 1897 todo Valdeperdices andaba patas arriba con las ventoleras del Tonto. Cuentan que se subía a Teso la Horca con una piedra de afilar y se pasaba el día y la noche aguzando una hoz y diciendo a gritos: "Pa Pititis, pa Pititis. ¿Lo sentís?, ¿lo sentís? ¡Que lo tengo que matar!, ¡que lo tengo que matar!". Llamaba Pititis a Joseote, el yerno de la Pepinilla. Se había obsesionado con él y tenía claro que debía asesinarlo con la hoz, para lo que había de llevarla bien afilada. La razón por la cual eligió a Joseote no está muy clara; pero parece que no estaba relacionada con la herencia de la Pepinilla, que entonces aún no se había repartido pues ella aún vivía. A Joseote lo llamaban así, con el aumentativo, porque "era un hombrón descomarcao, altísimo y mu fuerte y el Tonto lo amenazaba de contino pa demostrar que era más hombre que él".
Aquel agosto unos cuantos vecinos decidieron que había que hacer algo. Si le pegaban una paliza a lo mejor cogía un poco de miedo y luego dejaba al pueblo en paz. Salieron a por él y en las suertes de El Llamero el Tonto los retó: "El que tenga cojones que salte la güera". Uno de ellos saltó, el Tonto le clavó la hoz en el pecho, le alcanzó el pulmón izquierdo y al poco murió. Se llamaba Esteban Vacas. Dejó dos niñas pequeñas. y el miedo de su mujer, Filomena Román, era que también le matara las hijas. "Lo perseguían poi campo y ya se juntó to la gente y fueron todos a una pa matarlo a pedradas como al Cholerón de Villacampo". Horas más tarde en los solares cercanos al Chapazal lograron reducirlo, lo ataron a un negrillo y lo entregaron a la justicia. Estaría un tiempo en la cárcel de Zamora y luego lo trasladarían al penal de El Dueso en San toña. Regresaría a Valdeperdices, pasaría unos años, ya calmado, y después lo ingresarían en el psiquiátrico de Valladolid, donde fallecería en 1918.
Parece que durante el tiempo que pasó entre rejas todo el pueblo respiró aliviado al librarse del temor a sus venadas. Y en especial debieron de descansar Felipa, su mujer, y su hijastra, Manuela. Sobre todo ésta, a la que le había amargado toda la infancia con sus órdenes sin sentido.
En un principio Felipa pagó abogados para la defensa de su marido, lo visitó en la cárcel, le llevó ropa limpia y comida, le ayudó cuanto pudo ... Pero se conoce que la soledad llegó a pesarle demasiado y "se amontonó con un criao suyo llamado Marcelino, al que apodaban el Cirola". Tuvieron tres hijos que en las partidas de bautismo constan como "de padre desconocido". De ellos nada más sobrevivió a la infancia Vicenta (1902).
Cuando el Tonto salió de la cárcel y regresó al pueblo, El Cirola huyó a su pueblo de origen, Villalcampo. Sabiendo cómo se las gastaba con la hoz aquel trastornado, el criado y querido de Felipa cobró miedo, temió por su vida y se fue dejando a su amante y a su hija Vicenta en Valdeperdices.
La Pepinilla falleció de un ataque de asma en 1901. En esa fecha "el Tonto estaba en Santoña y Felipa ya se bía rejuntao con el Cirola". A la hora de repartir la herencia, el Parrao y Joseote hicieron una piña para engañar a su sobrina Manuela, que nada más contaba quince años y se vio sola a la hora de defender sus intereses. Heredó lo que sus tíos quisieron darle, en realidad cuatro migajas Tiempo más tarde se pelearían en público, en una solana, los dos cuñados y se acusarían mutuamente de ladrones por "berle robao a la sobrina lo que le correspondía". "Ladrón, que te quedaste s con la máquina de hacer las chichas que le bía tocao a ella", decía uno. "Más ladrón fuistes tú que te quedastes con la tierra el 6, que era suya", decía el otro. "Pos tú te quedastes con tal", añadía el primero. "Y tú con tal", sumaba el segundo ...
Manuela siempre dijo que "su abuela bía comprao pa ella la tierra el 6 y bía dicho a los hijos que ellos se quedaran con lo bueyes, pero que aquella finca tenía que ser pa la niña". Aquella tierra Manuela no la heredó. Como tampoco volvió a saber nada del dinero en metálico que tenía la Pepinilla. Un día alguien había visto a su abuela y a su tía Pepa contando billetes que iban guardando en una manga de una camisa y la manga estaba completamente llena. "De tal manga nunea más se supo, corrió burro".
Y en pago de heredar poco, buena parte de la herencia de la Pepinilla que tenía que haber pasado a su nieta Manuela la gastó Felipa para criar a los cuatro hijos de los tres hombres distintos y para salir adelante con aquel marido loco, con el amante ... La Pepinilla debía de estar revolviéndose en su tumba. Dice el refrán que si no quieres caldo toma tres tazas. Porque si en un primer momento la Pepinilla rechazó a Felipa por tener menos capital que su hijo Felipe, la nuera después le daría quebradero s de cabeza muchísimo mayores. El padrastro que dio a su nieta no pudo ser peor, cuando el marido estaba preso convivía con otro hombre ...
Manuela se casó en 1904 con Patrocinio Román y de los diez hijos que nacieron de ese matrimonio superaron siete la niñez: Feliciana (1906), Irene(l908), Amanda (1910), Ricardo (1913), Clementina (1915), Eloísa (1919) y Felipe (1927). Así que hubo que repartir lo poquito entre muchos.
Tiempo después estaban un día discutiendo una hija de Manuela con la suegra, estaban llamándose cosas poco caritativas una a la otra y la suegra zanjó la pelea diciendo: "Pepinillorra tenías que ser". La discusión la presenció otra hija de Manuela y al ver lo que le había escocido el insulto a su hermana pensó: "Del capital la Pepinilla no hemos visto una peseta ni vamos a verla jamás. Lo único que nos ha quedao de la bisabuela es que nos puedan llamar las suegras este mote como el mayor insulto del mundo. Aquí lo único que se hereda de fijo son los motes.¡ Me fastidio yo en la puñetera herencia las narices !"


Luisa Román Rodrigo

La Familia De La Tía Teresiña

Nuestros antepasados se fueron, nosotros estamos yéndonos, nuestros descendientes se irán. Y unos a otros vamos dejándonos en herencia, entre otras cosas, la vida, la memoria colectiva, la lengua, la cultura y la dignidad de sentirnos humanos.
A lo largo del tiempo los valdeperdiceños han protagonizado pocos hechos históricos de los que se estudian en los libros, no han descubierto ni inventado nada interesante para la humanidad, ni en general han alcanzado una gran fama por haber destacado en algo. Pero han hecho algo muy importante para ellos mismos, para la generación presente y para las venideras: resistir. Vencieron al hambre, a la miseria, a las enfermedades... Y en determinadas épocas de la Historia en un lugar como este esa victoria fue una  verdadera proeza.
De entre los resistentes en Valdeperdices destaca un nombre, Teresa Ballestero Vacas, porque vivió más años que sus contemporáneos y porque dejó abundante descendencia en el pueblo. Sirvan estos pocos datos sobre ella y sobre una parte de su gran familia como un pequeño homenaje a esos valdeperdiceños anónimos, humildes, duros y fuertes que, a pesar de las precarias condiciones y del atraso, aguantaron las penurias y nos pasaron el testigo.
Juliana Vacas, que había nacido en Monfarracinos en 1821, se casó dos veces, la segunda con Tomás Ballestero(s), un mozo de Arquillinos. Fruto de este segundo matrimonio nacieron dos hijos en Molacillos: Teresa (1845) y Eustaquio (1850), y una más en Arquillinos: Benita (1853). Los tres contraerían matrimonio en Valdeperdices: Teresa con Estanislao Barrocal Martín, en 1870, Eustaquio con Marcelina Sastre Martín, en 1878, y Benita con Isidoro Ramajo Román, en 1874. En cada una de estas tres parejas se daba un cierto grado de consanguinidad (3º con 4º, 3º igual y 4º igual). Eso significa que durante algún tiempo entre Valdeperdices y esos otros pueblos hubo  intercambio de gentes. Esa movilidad poblacional era bastante lógica y muy necesaria, pues entonces Valdeperdices contaba con pocos habitantes.
Todos ellos fallecerían en Valdeperdices: Juliana Vacas (1821-1887) de una úlcera cancerosa, su hijo Eustaquio (1850-1919) de nefritis, y su hija Benita (1853-1927) de enfisema pulmonar. Los tres fueron longevos para su época (sesenta y seis, sesenta y nueve y setenta y cuatro años). Pero hasta mediados del siglo XX la persona más longeva de la que se tiene constancia en el pueblo fue su hija Teresa, una mujer pequeña y menuda a la que llamaban Teresiña. Fue la primera persona de la que se sabe que pasó de los noventa en Valdeperdices. Vivió noventa y cuatro años, de 1845 a 1939. Algún anciano del pueblo recuerda que en las décadas de los años veinte y treinta cuando uno quería insultar a otro, llamándolo “viejo”, usaba la expresión: “Tienes más años que la tía Teresiña”. Entonces que alguien alcanzase los sesenta parecía bastante, que llegase a los setenta se consideraba mucho, que pasase de los ochenta era muchísimo y ya que rebasase los noventa se tenía por imposible, de manera que la tía Teresiña había logrado el gran milagro de sobrevivir muy por encima de lo nunca visto hasta entonces.
Y, con todo, la vida de aquella mujer no debió de ser especialmente fácil respecto a las de sus coetáneos. Si duró más sería solo porque era más resistente. De 1871 a 1892  sobrevivió a once partos, uno de ellos de gemelos y a los treinta y ocho años de edad. Y los tres últimos fueron a los cuarenta, cuarenta y tres y cuarenta y siete. Por otra parte, sus tres últimos años de vida coincidirían con los de la Guerra Civil. Además, de los doce hijos que trajo al mundo vio morir a siete, cinco de ellos párvulos. Aunque sufriría quizás, sobre todo, con la muerte de una de sus hijas, Juliana (1888-1924), por el modo en que ocurrió. Falleció de parto porque, al parecer, un aficionado  de médico al que llamaban Lorito y que vivía en el kilómetro 15 de la carretera de Alcañices intentó extraerle el niño y le preparó una buena carnicería. Debió de sacárselo a trozos. Según cuentan, el vientre de la fallecida siguió abultado y para meterla en el cajón en el que la llevarían al cementerio le pusieron una reja de arado encima. Juliana dejó cinco niños huérfanos, de trece, doce, nueve, siete y tres años.
Aparte del sufrimiento por la muerte de esos siete hijos que se fueron antes que ella, la tía Teresiña padecería por otra de sus hijas, Sofía (1879-1952), que se quedó ciega y cuando estuvo en edad de merecer nadie quiso casarse con ella. Se casaría ya mayor, a los cuarenta y ocho, en 1927, con su cuñado, Luis Gregorio Rodrigo, viudo de su hermana Juliana, tres años después de que falleciera ésta. Luis podía haber elegido a otra de sus cuñadas, Trinidad (1878), también soltera, para que se hiciera cargo de sus hijos; pero parece que Trinidad no debía de andar bien de salud pues moriría, con cincuenta, en 1929,  de “carcinoma gástrico”,  solo cinco años después que Juliana.
Todos los descendientes de la tía Teresiña proceden de cinco de sus hijos: Faustino-Agustín (1871-1937) casado en 1906 con Venancia Terrón, Mª Cruz (1872-1956) casada en 1896 con Isidro Gregorio, Benito-Bernardo (1874-1952) casado en 1899 con Mª de las Mercedes Rodrigo, Juana (1885-1964) casada en 1905 con Saturnino Gregorio y Juliana (1888-1924) casada en  1910 con Luis Gregorio.
La tía Teresiña vio nacer a sus  treinta y dos nietos, de los cuales catorce se casaron cuando ella vivía. Quince de sus nietos fallecieron antes que ella. Trece murieron párvulos. El nieto mayor, Sandalio, estaba casado con Lucía de la Iglesia Ballestero. Otro nieto adulto, Arsenio, estaba soltero, y cayó en la Guerra Civil. La tía Teresiña vería también morir a la viuda de Sandalio, Lucía, que se había casado en segundas nupcias con José Rodríguez Coria. Cuando ella regresaba de Almaraz de vender hortalizas, Coria estaba esperándola, escondido en un trigal, y la mató a golpes, con un estacón.
De los numerosos bisnietos que tuvo, la tía Teresiña conoció a treinta y siete, de los cuales vio morir a doce, todos párvulos. Ya no vería a ninguno de ellos casado porque cuando ella falleció, el bisnieto mayor, Alejandro Gregorio Martín, había cumplido quince años.
 Ninguno de sus hijos alcanzó su longevidad. La hija que más duró, Mª Cruz, vivió ochenta y cuatro (1872-1956). Hoy, sesenta y un año después de la muerte de la tía Teresiña, todavía vive una de sus nietas: Primitiva Barrocal Rodrigo (1921) y otra ha fallecido en 2012: Martina Gregorio Gregorio Berrocal (1913-2012). De sus nietos, por ahora  solamente dos han durado más tiempo que ella: Florencia Gregorio Barrocal (noventa y seis, 1912-2008) y Martina (cumpló noventa y ocho 1913-2012).  Dos bisnietos que ella vió nacer han muerto recientemente: Alejandro Gregorio Martín (1924-2010) y Gerardo Macías Barrocal (1927-2011). Varios de los bisnietos que ella vió nacer aún siguen con vida:, Segismundo Gregorio Martín (1927), Georfina Gregorio Martín (1931), Manuel Barrocal Román (1933), Anastasio Macías Barrocal (1933), Cesáreo Gregorio Román (1933), Delfín Román Gregorio (1933), Virtudes Barrocal Gregorio (1934), Juliana  Román Gregorio (1935), Ramón Macías Barrocal (1935), María Gregorio Martín (1936), Aurelia Macías Barrocal (1936) y  Marcelino Gregorio Román (1937). Además, viven varios bisnietos que ella ya no llegó a conocer, un montón de tataranietos, algunos choznos y algún que otro bichozno.
Por haber nacido en un lugar tan pequeño y con tanta endogamia, es bastante probable que hoy todos los valdeperdiceños vivos, aun sin ser descendientes directos,  llevemos en nuestros genes algo de la fortaleza de esta mujer.
(Todos los datos están sacados del Archivo Diocesano, de los libros parroquiales de Valdeperdices, y en ellos el apellido Ballestero(s) fluctúa, unas veces sin “s” y otras veces con “s”. En cambio el apellido Barrocal siempre aparece con “a” y no con “e” como debe ser en realidad).
Luisa Román Rodrigo







1 comentario:

  1. Hola Jose: En recuerdos del tío Fortu 3 las letras no están sobre fondo blanco y no se leen bien. No sé cuál es el problema. No sé si es problema nuestro o del blog. ¿Sabes cómo solucionarlo?
    Un abrazo.

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